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sobre Manzanares el Real
Icono de la sierra con su castillo de cuento junto al embalse; puerta de entrada a La Pedriza
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Las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves dan las ocho cuando el sol todavía no ha entrado del todo en el valle. Desde el mirador del castillo, la niebla flota sobre el embalse de Santillana como una manta suelta de lana. Abajo, en el pueblo, huele a pan recién hecho y a leña encendida en alguna chimenea temprana. Es uno de esos momentos en que el turismo en Manzanares el Real todavía no se nota, antes de que los coches de Madrid empiecen a subir por la M‑608 buscando aire de sierra.
Cuando las piedras cuentan
El Castillo de los Mendoza no es un castillo de cuento, aunque desde lejos lo parezca. Es de piedra gris, compacto, levantado para durar más que para adornar el paisaje. Lo mandó construir la familia Mendoza a finales del siglo XV, en una época en que esta parte de la sierra era territorio de poder y de paso.
Dentro se entiende mejor. El patio de armas tiene un silencio raro, como si las paredes gruesas —de varios metros— se tragaran el ruido del exterior. Cuando sopla viento solo se oye el golpe seco de las banderas contra los mástiles.
En la planta baja suele haber paneles y maquetas que explican cómo se levantó el edificio. No es una visita espectacular, pero ayuda a entender la lógica del lugar: piedra sobre piedra, contrafuertes enormes y ventanas pequeñas para defenderse más que para mirar el paisaje.
Subir a la torre principal requiere algo de paciencia: los escalones de piedra están gastados y la subida es estrecha. Arriba se abre el horizonte. Hacia un lado aparece La Pedriza con sus bloques de granito apilados de forma casi improbable; hacia el otro, el embalse de Santillana, de un verde azulado que cambia mucho según la hora del día. Los fines de semana suele concentrarse bastante gente en el castillo, sobre todo a media mañana. Entre semana o a última hora de la tarde se recorre con más calma.
Comer con hambre de sierra
En Manzanares el Real la comida suele ser de plato grande y fuego lento, muy ligada a la tradición ganadera de la zona.
La carne a la brasa aparece en muchas cartas del pueblo, normalmente en piezas grandes que llegan a la mesa todavía chisporroteando. No es raro que proceda de ganado criado en la sierra o en comarcas cercanas. También siguen apareciendo platos de cuchara cuando refresca: callos a la madrileña, sopa de ajo servida en cazuela de barro o guisos contundentes que piden pan para rebañar.
En otoño y primavera se ven bastante las setas de la sierra en revueltos o salteadas con ajo. Los níscalos, cuando la temporada viene buena, dejan ese olor a tierra húmeda que se queda en los dedos.
Algo curioso del pueblo es que muchos comedores están repartidos por calles secundarias, no todos alrededor de la plaza. A veces conviene caminar un poco y mirar las pizarras de las puertas. El ambiente suele ser bastante local, sobre todo entre semana.
Cuando el rebaño cruza el pueblo
En otoño todavía ocurre algo que recuerda cómo ha funcionado este territorio durante siglos: el paso de los rebaños trashumantes. Algunos años las ovejas atraviesan el centro del pueblo siguiendo las cañadas tradicionales que bajan desde la sierra hacia zonas más templadas.
El sonido llega antes de que se vean: cencerros, ladridos de perros y el murmullo continuo del rebaño avanzando despacio por la calle Real. Durante un rato el tráfico se detiene y el asfalto vuelve a parecer camino.
Huele a lana mojada y a polvo levantado por cientos de pezuñas. Los pastores mantienen muchos gestos antiguos —la capa gruesa, el bastón largo— aunque hoy también llevan móviles en el bolsillo y localizadores para el ganado.
En primavera suele celebrarse la romería de la Virgen de la Peña Sacra. Mucha gente sube andando hasta el santuario por senderos que bordean el río y luego trepan hacia la peña. Se mezclan mochilas de montaña con trajes tradicionales, bocadillos envueltos en papel de aluminio y rosarios que asoman por los bolsillos.
El valle que cambia de color
La Pedriza empieza prácticamente al lado del pueblo. Es un paisaje de granito que parece detenido a medio derrumbar: bloques redondeados, paredes pulidas por el viento, pasillos estrechos entre rocas.
Las piedras cambian mucho según la luz. A primera hora de la mañana el granito se vuelve dorado. Al mediodía tira más a gris claro. Cuando cae la tarde aparece un tono rosado que dura apenas unos minutos.
Una de las caminatas más habituales sube hacia el Yelmo, una de las formaciones más conocidas de la zona. El recorrido es largo pero bastante claro, entre pinos, jaras y madroños. En los tramos de sombra huele a resina y a tomillo pisado. La parte final obliga a trepar un poco entre rocas, así que conviene llevar calzado con buena suela.
En días despejados, desde arriba se alcanza a ver Madrid como una franja gris muy lejana. El embalse queda debajo, casi inmóvil, y el pueblo aparece reducido a un puñado de tejados claros.
Conviene madrugar si vas a caminar por aquí, sobre todo en fines de semana de buen tiempo. La Pedriza atrae a mucha gente y el acceso al parque tiene limitaciones de vehículos cuando se llena.
Cómo perderse y encontrarse
Manzanares el Real cambia mucho según la hora y el día de la semana.
Entre semana el ritmo es lento. Se oyen conversaciones apoyadas en las puertas, el golpe de alguna persiana al levantarse y el motor ocasional de un coche que atraviesa el centro. Los fines de semana, en cambio, llegan senderistas, grupos de montaña y familias que pasan el día en la sierra.
Si quieres caminar con algo de silencio, lo mejor es venir temprano o elegir días laborables en otoño o invierno. Aparcar resulta bastante más sencillo y los senderos se recorren sin esa sensación de fila continua.
En octubre el amanecer llega hacia las siete y media. A esa hora las cigüeñas siguen quietas en los nidos del campanario y el aire tiene ese olor mezclado de humedad, hojas caídas y humo de leña.
El pueblo despierta despacio. Y antes de que empiece el ruido del día, todavía se oye el agua del río y algún cencerro lejano que baja desde la sierra.