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sobre Collado Mediano
Municipio serrano en un entorno privilegiado; ideal para el veraneo y actividades al aire libre
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Las primeras luces del día tocan la sierra y el pueblo parece suspirar. Desde la ventana del tren de cercanías —que lleva décadas parándose aquí— se ve cómo el humo de alguna chimenea se mezcla con la niebla que baja del Guadarrama. Collado Mediano amanece despacio, con el olor a pino que entra por las rendijas cuando se abren las puertas del vagón.
Así empieza muchas veces el turismo en Collado Mediano: llegando en tren, con la sierra todavía medio dormida.
El tiempo que se quedó en la estación
La estación conserva ese ritmo lento de los pueblos de sierra que crecieron alrededor del tren. Los andenes siguen teniendo algo de otro siglo: baldosas gastadas, bancos de madera, viajeros que esperan mirando hacia la curva por donde aparece el convoy.
Durante buena parte del siglo pasado, cuando el calor apretaba en Madrid, muchas familias subían aquí a pasar el verano. Llegaban con maletas pesadas y la idea de dormir con manta incluso en agosto. Todavía quedan algunas casas de veraneo de aquella época en las calles cercanas a la estación: chalés con jardines grandes, verjas de hierro y pinos que ya han crecido más que la casa.
Hoy el tren sigue siendo una forma bastante cómoda de llegar si vienes desde Madrid. Te deja a pocos minutos andando del centro y evita el problema de aparcar en fines de semana movidos.
La mansio que dormía entre los pinos
A las afueras del pueblo, entre pinares y matorral de jaras, está el yacimiento de Miaccum. Se considera una antigua parada de la red de calzadas romanas, un lugar donde los viajeros cambiaban caballos, descansaban y seguían camino por la sierra.
Lo que se ve hoy son los cimientos de varias estancias, patios y algunos tramos de suelo bien conservados. Cuando el sol cae por la tarde, la piedra guarda todavía el calor y el lugar queda en silencio, con el viento moviendo las copas de los pinos alrededor.
A veces se organizan visitas o actividades escolares, porque es uno de los yacimientos romanos más conocidos de la zona del Guadarrama. Conviene comprobar antes si está abierto o si hay algún tipo de visita guiada ese día.
Cruces de mayo y noches de enero
En Collado Mediano las fiestas siguen teniendo bastante de tradición local. El 3 de mayo, por ejemplo, es habitual ver a los niños con la cruz de mayo hecha con flores y ramas de pino. Suelen subirla hasta la zona de la ermita del cementerio antiguo mientras cantan coplas que muchos aprendieron en el colegio.
En enero llega San Ildefonso, cuando el frío ya está bien asentado en la sierra. Las cuadrillas recorren las calles con instrumentos sencillos y cantos populares. En algunos portales todavía aparece alguna botella de aguardiente casero para templar el cuerpo. Si te toca probarlo, mejor hacerlo con calma: suele llevar hierbas fuertes de la sierra.
El ancla de la plaza
En la plaza principal hay un objeto que sorprende a quien no lo espera: un ancla grande de hierro, lejos de cualquier puerto.
Se colocó hace décadas y está relacionada con la presencia de personal de la Armada en la zona en aquellos años. Con el tiempo se ha quedado como un pequeño símbolo del pueblo. Los niños la trepan como si fuera una escultura para jugar, mientras los mayores la usan más bien como punto de encuentro: “nos vemos en el ancla”.
Cuándo venir y cuándo volver
Collado Mediano cambia bastante según el momento del año. En agosto el ambiente es más bullicioso, con muchas segundas residencias abiertas y bastante movimiento en las calles.
Si buscas el pueblo más tranquilo, suele funcionar mejor finales de primavera o el principio del otoño. En junio los tilos perfuman algunas calles y por las tardes todavía corre aire fresco desde la sierra. En octubre el monte empieza a oler a tierra húmeda y a pino, y los pinares cercanos se llenan de gente que sale a caminar o a buscar setas cuando la temporada viene buena.
Conviene traer calzado cómodo. Las aceras son de granito y las cuestas aparecen cuando menos te lo esperas. Si subes hasta el cerro del Calvario, donde quedó una ermita a medio levantar, se abre una vista amplia del valle: tejados dispersos, manchas de pinar y, al fondo, la línea del tren cruzando la sierra.
Al caer la tarde el pueblo se queda más callado. Primero se apagan las calles pequeñas, luego la plaza. Y cuando el tren vuelve a pasar, con ese ruido metálico que rebota entre los pinos, Collado Mediano recupera algo de su ritmo antiguo: el de un lugar donde el tiempo no corre tanto como en la ciudad.