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sobre San Lorenzo de El Escorial
Destino turístico mundial por su Monasterio; villa señorial rodeada de montes y bosques
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Hay ciudades que te reciben con un cartel y otras que te dan un bofetón de historia nada más bajarte del coche. San Lorenzo de El Escorial es de las segundas. Estás aparcando, aún con el cinturón puesto, y ahí lo tienes: un bloque enorme de granito dominándolo todo. El Monasterio no se anda con presentaciones: se impone, como ese compañero de instituto que ya medía metro ochenta en primero de ESO.
La piedra que lo cambió todo
Felipe II ganó una batalla en 1557 y decidió celebrarlo con lo que podría ser el encargo más exagerado de la historia: un monasterio, panteón, palacio, biblioteca y centro de estudios todo en uno. Lo mandó construir en la ladera del Guadarrama, donde el aire huele a pino y en invierno el frío baja de la sierra sin pedir permiso. Entre 1563 y 1584 levantaron un edificio en forma de parrilla: sí, la parrilla donde, según la tradición, murió San Lorenzo, patrón del pueblo.
Dentro hay de todo: patios, fuentes, pasillos interminables y un panteón donde están enterrados buena parte de los reyes de España. La biblioteca es otra historia: una sala larga, con frescos en el techo y estanterías llenas de volúmenes antiguos que parecen sacados de una película de época. Aunque no seas especialmente de museos, ese espacio suele impresionar.
Cuando el rey se cansó de madrugar
Carlos III, que tenía fama de madrugador y de ordenar lo que tocaba ordenar, segregó San Lorenzo del resto de la villa en el siglo XVIII y le dio vida propia. Para animar la vida cultural de la corte levantaron un teatro: el Real Coliseo. Es pequeño, muy recogido, y todavía se utiliza. Ver una obra allí tiene ese punto curioso de pensar que el lugar ya estaba funcionando cuando muchas ciudades españolas aún no tenían teatro estable.
En la ladera también aparecen dos edificios que suelen pasar más desapercibidos que el monasterio: la Casita del Príncipe y la del Infante. Son residencias de recreo del XVIII, diseñadas por Juan de Villanueva. Más que palacios son pabellones elegantes con jardines bastante cuidados. Detrás se abre el Bosque de la Herrería, un robledal amplio donde la gente del pueblo sale a caminar, montar en bici o simplemente a tomar el aire.
Lo que te encuentras al bajar del monasterio
Bajar del monasterio con hambre es bastante común. La zona tiene tradición de asados y platos contundentes, de los que piden pan y sobremesa larga. El cordero lechal suele aparecer en muchas cartas, y también platos de cuchara cuando aprieta el frío.
Por aquí también se ven mucho los judiones de la sierra, que llegan de la vertiente segoviana, y dulces que recuerdan a la repostería de convento. Nada revolucionario, pero ese tipo de comida que te deja claro que estás en la sierra y no en un barrio del centro de Madrid.
En otoño, si el año ha sido bueno de lluvias, empiezan a verse setas en los pinares cercanos. La gente del lugar las recoge con bastante respeto, aunque siempre aparece alguien que se lanza sin saber demasiado y luego vienen los sustos. Es parte del folklore otoñal de media sierra madrileña.
Paseos cuando te cansas de tanta piedra
San Lorenzo tiene una ventaja: el monasterio acapara toda la atención y el resto del pueblo respira más tranquilo. Mientras muchos visitantes hacen cola para entrar, puedes salir caminando hacia la Silla de Felipe II. Es un paseo sencillo entre pinos que termina en un mirador de granito desde donde se ve el monasterio entero, como una maqueta gigante.
La historia cuenta que Felipe II se sentaba allí a vigilar las obras. No está muy claro que fuera exactamente así, pero la vista explica por qué el sitio acabó siendo famoso.
Si te apetece caminar más, los caminos del entorno se meten rápido en el monte. El Bosque de la Herrería, por ejemplo, es de esos lugares donde el ruido del pueblo desaparece en cinco minutos. Y cuando cae la tarde, con la luz pegando en la piedra del monasterio, entiendes por qué eligieron este sitio y no otro.
Cuando el pueblo se quita la corbata
Durante buena parte del año San Lorenzo tiene ese aire serio de sitio histórico, pero hay momentos en que cambia el tono. El 10 de agosto, día de San Lorenzo, hay procesión y fuegos artificiales que resuenan contra las paredes del monasterio como un tambor enorme.
A lo largo del año también suelen organizarse conciertos, ferias de artesanía y actividades culturales en las plazas y calles del centro. Y en septiembre, la llamada Noche de las Velas convierte el casco urbano en algo distinto: balcones iluminados, menos luz eléctrica y gente paseando despacio. No es el típico plan ruidoso; más bien un ambiente tranquilo, casi de paseo nocturno.
El truco está en saber cuánto tiempo dedicarle
San Lorenzo de El Escorial funciona muy bien como excursión desde Madrid. Entre el monasterio, un paseo por el casco histórico y una caminata corta por el bosque puedes montar un día bastante completo sin correr.
¿Más tiempo? También se puede, sobre todo si te gusta caminar por la sierra. Pero mucha gente lo visita en una jornada y se vuelve con la sensación de haber visto algo que, por tamaño e historia, cuesta creer que esté a poco más de una hora de la capital. Y cuando te alejas por la carretera y el bloque de granito se va quedando atrás, entiendes por qué este sitio lleva siglos llamando la atención.