Artículo completo
sobre Alcalá de Henares
Ciudad Patrimonio de la Humanidad y cuna de Cervantes; destaca por su histórica universidad y su impresionante casco antiguo
Ocultar artículo Leer artículo completo
El turismo en Alcalá de Henares es un poco como descubrir que ese compañero tranquilo de la facultad viene de una familia con cinco siglos de historia y una casa llena de escudos en la fachada. Caminas por la calle Mayor, levantas la vista y piensas: “Vale, aquí han pasado más cosas de las que parece”.
La ciudad tiene ese punto raro de sitio histórico que sigue funcionando como ciudad normal. No es un decorado ni un museo al aire libre. Hay estudiantes, vecinos haciendo recados y, entre medias, edificios que llevan ahí desde antes de que España fuese exactamente lo que hoy llamamos España.
Y luego está la costrada. Ese dulce que parece inocente hasta que intentas cortarlo y entiendes que aquí las cosas se hacen con carácter.
Donde Cervantes se cayó de la cuna
La casa donde nació Cervantes está en una esquina de la calle Mayor. Normalmente lo notas antes de verla: hay gente mirando mapas, grupos pequeños esperando para entrar y algún guía levantando la voz.
Si te acercas a primera hora de la tarde entre semana, suele haber bastante menos gente. El museo además suele tener entrada gratuita, y se recorre sin prisa en media hora larga. Tiempo suficiente para curiosear las estancias y recordar —o fingir recordar— algún capítulo del Quijote.
La habitación donde dicen que nació el escritor es pequeña, casi sorprendentemente. Cuesta imaginar que de ahí saliera el tipo que escribió uno de los libros más influyentes de la lengua. Su padre, por cierto, trabajaba como cirujano-barbero, algo bastante común en la época: lo mismo te curaba una herida que te sacaba una muela.
La calle que nunca termina
La calle Mayor es uno de esos sitios que parecen más largos de lo que son. Tiene algo más de cuatrocientos metros de soportales, y cuando vas andando bajo los arcos da la sensación de que el pasillo no se acaba nunca.
Hoy es territorio de estudiantes, sobre todo durante el curso. Se refugian del sol en verano y del frío en invierno, que en Alcalá puede ser bastante serio cuando cae la niebla del Henares.
Los negocios van cambiando con los años, como pasa en cualquier ciudad universitaria, pero la calle mantiene ese aire de lugar vivido. Gente que se conoce, camareros que reconocen caras, conversaciones a media voz bajo los soportales.
El teatro donde el tiempo se atasca
El Corral de Comedias aparece casi de golpe en una plaza pequeña. Desde fuera no parece gran cosa, pero cuando entras entiendes por qué todo el mundo habla de él.
Es uno de los corrales de comedias más antiguos que siguen en uso en Europa. La puerta es baja y el interior tiene ese tamaño humano de los edificios del siglo XVII. Si mides bastante, es fácil que tengas que agachar un poco la cabeza al pasar.
Lo interesante es que no se ha quedado como pieza de museo. Sigue habiendo funciones y visitas, y cuando te sientas dentro resulta fácil imaginar cómo sería aquello hace siglos: gente apretada, bancos duros y el público comentando la obra casi tanto como los actores.
La universidad que se fue pero se quedó
El Colegio de San Ildefonso domina la plaza de San Diego con una fachada que impresiona incluso si no eres muy de arquitectura. La universidad que fundó el cardenal Cisneros nació aquí, aunque en el siglo XIX la institución se trasladó a Madrid.
Los edificios, sin embargo, siguen en Alcalá y hoy forman parte de la universidad actual. El Paraninfo, donde cada 23 de abril se entrega el Premio Cervantes, es una de esas salas que obligan a bajar la voz sin que nadie te lo pida.
Fuera, en la plaza, el ambiente cambia bastante según el día. Entre semana ves estudiantes entrando y saliendo de clase. Los fines de semana aparecen grupos charlando, gente sentada en el suelo y ese aire universitario que lleva siglos repitiéndose en el mismo sitio.
Lo que te comes cuando nadie mira
La costrada es probablemente el dulce más asociado a Alcalá. Capas de hojaldre, crema y merengue que parecen sencillas hasta que intentas comerlas sin acabar lleno de azúcar. No suele salir bien.
También aparecen bastante las rosquillas, sobre todo en ciertas épocas del año. Son más densas que otras rosquillas que se ven por Madrid y suelen llevar un toque de limón.
Y luego están los caracoles a la madrileña, que dividen bastante a la gente. Si te animas, ya sabes cómo funciona: palillo, paciencia y manos pringadas. Es comida de barra, de ir charlando mientras el plato se vacía poco a poco.
Aquí los platos de cuchara siguen teniendo peso. Guisos, cosas que llenan y te dejan listo para seguir caminando un buen rato.
Mi truco personal
Si quieres ver Alcalá con menos ruido, prueba un domingo por la mañana. Las tiendas están cerradas y la calle Mayor cambia mucho sin el trajín habitual.
Siéntate un rato en la plaza de Cervantes y mira hacia las torres. Las cigüeñas llevan años usando esos campanarios como si fueran bloques de pisos. A veces se pelean por el sitio y montan más espectáculo que cualquier visita guiada.
Luego puedes acercarte a alguna de las barras que rodean la plaza, pedir un café con leche y dejar pasar el rato. No hace falta más. Alcalá funciona bien así: caminando un poco, sentándote otro poco y mirando alrededor.