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sobre Olmeda de las Fuentes
Conocido como el pueblo de los pintores por su luz y casas blancas; ambiente bohemio y artístico
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A mediodía, en la plaza, el sol cae casi vertical sobre las piedras y las fachadas claras. La cal devuelve la luz con un brillo seco y, cuando sopla algo de aire desde los campos, llega un olor mezclado de tierra removida y cereal. Apenas pasa un coche. Los pasos suenan en el empedrado y durante unos segundos todo queda en silencio otra vez. A poco más de una hora de Madrid, en la cuenca del Henares, el pueblo sigue teniendo ese ritmo lento de los lugares donde el campo está a dos minutos de cualquier puerta.
El caserío y la plaza
Las casas de adobe y tapial se alinean con una sencillez que no es pobreza, sino otra forma de entender lo necesario. Algunas conservan rejas pesadas, de hierro oscuro, y en ciertas fachadas todavía aparecen piedras labradas o escudos gastados por los años. Nada parece recién puesto.
Las calles son estrechas y con pequeñas curvas, como si hubieran ido creciendo a medida que el pueblo lo necesitaba. En el centro queda la iglesia parroquial de San Pedro, levantada en el siglo XVI con piedra caliza de tono gris claro. El campanario, sencillo, se ve desde casi cualquier esquina del casco urbano y marca el perfil del pueblo cuando uno llega por carretera.
A primera hora de la mañana hay más movimiento: alguna puerta que se abre, una furgoneta que pasa despacio, voces bajas en la plaza. Después vuelve la calma.
Caminos entre campos
Al salir del núcleo urbano empiezan enseguida los caminos de tierra. Algunos están señalizados y llevan hacia antiguas fuentes o pequeños manantiales que todavía aparecen entre bancales y laderas suaves. No todos llevan agua todo el año, pero el entorno sigue teniendo esa huella agrícola muy visible.
Por los alrededores aún se reconocen eras y restos de construcciones vinculadas al trabajo del cereal. Son muros bajos de piedra o estructuras medio deshechas que casi se confunden con el terreno. Desde estos caminos se abren horizontes amplios: parcelas de trigo o cebada que cambian de color según la estación.
Si caminas al atardecer, la luz baja deja los campos en tonos dorados y el sonido dominante pasa a ser el del viento moviendo el grano o los insectos en verano.
También es fácil ver aves sobre los cultivos: aguiluchos patrullando a poca altura o pequeñas rapaces posadas en postes y cercas. Llevar prismáticos no sobra.
La vida en la plaza
Hay momentos en que la plaza está casi vacía. Solo el roce de las hojas en los árboles y alguna conversación que sale de una ventana abierta. Es buen sitio para fijarse en detalles: puertas de madera muy gastada, cerraduras antiguas, los hierros de las rejas que ya tienen un tono rojizo.
Cuando coincide alguna fiesta local —tradicionalmente en torno a San Pedro o en romerías cercanas— el ambiente cambia bastante. Aparecen mesas, música, gente hablando alto. Durante unas horas el pueblo deja de ser silencioso.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores: los campos están verdes y el aire todavía es fresco. A principios de otoño también se disfruta mucho, con los tonos ocres después de la cosecha.
En verano conviene evitar las horas centrales del día. El paisaje es muy abierto y apenas hay sombra fuera del casco urbano. Agua, gorra y calzado cómodo ayudan bastante si vas a recorrer caminos.
Tras varios días de lluvia algunos senderos se vuelven pegajosos o resbaladizos, algo habitual en zonas de tierra arcillosa. Si tienes pensado alejarte del pueblo, preguntar a algún vecino por el estado de los caminos suele ahorrar vueltas innecesarias.
Cómo llegar desde Madrid
Desde Madrid se llega normalmente por la A‑2 en dirección Guadalajara y, después, por carreteras secundarias que se adentran en la campiña del Henares. Los últimos kilómetros ya discurren entre campos abiertos.
Lo más práctico es ir temprano si quieres caminar por los alrededores y volver antes del anochecer. Aparcar en los accesos del pueblo suele ser más sencillo que intentar meterse con el coche por las calles más estrechas del centro.