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sobre Villalbilla
Municipio en crecimiento con varias urbanizaciones; conserva un lavadero histórico y entorno natural
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A primera hora, cuando la niebla todavía se queda pegada a los campos de cereal de la Cuenca del Henares, Villalbilla huele a pan recién hecho y a tierra húmeda. Las persianas de las casas bajas se levantan despacio. En la plaza Mayor suele haber alguien paseando al perro, otro apoyado en la puerta del bar esperando el primer café. No es un pueblo pequeño —Villalbilla ronda ya los dieciocho mil vecinos— pero aún conserva ese ritmo de lugar donde la gente se saluda por el nombre.
El yeso que da nombre
Villalbilla se asienta en una zona de yesos y margas claras. De ahí viene, según se suele explicar, el nombre del lugar: más por el color del terreno que por las casas. En los días secos de verano, cuando el sol cae de lleno sobre las laderas, el paisaje blanquea de una forma muy particular, casi polvorienta.
Desde los altos que rodean el casco antiguo —uno de los cerros que quedan junto al pueblo— la vista se abre hacia los campos de la vega del Henares. Hay manchas de pinar hacia la zona de Loeches y parcelas agrícolas que cambian de color según la estación. En julio los girasoles aparecen de golpe y el amarillo domina todo durante unas semanas.
En el centro queda la iglesia de la Asunción, levantada en el siglo XVI. La torre de ladrillo se ve desde casi cualquier calle. La historia local recuerda una gran riada en aquella época que afectó seriamente al asentamiento; son episodios que todavía aparecen en conversaciones con los vecinos mayores, mezclados con recuerdos familiares.
Caminos entre yesos y olivos
Alrededor de Villalbilla quedan varios caminos agrícolas que hoy se usan para pasear o salir en bici. Uno de ellos sigue el antiguo trazado del llamado Camino de la Isabela, una vía histórica que conectaba esta zona con Madrid y otros pueblos del entorno. En algún punto todavía puede verse una piedra kilométrica antigua, bastante gastada y medio comida por el musgo.
El terreno aquí es abierto y ondulado. Entre parcelas aparecen olivos viejos, algunos realmente retorcidos por el tiempo, y no es raro ver rapaces planeando sobre los campos cuando el aire empieza a calentarse a media mañana.
Hacia el oeste, ya en dirección a Alcalá de Henares, el paisaje empieza a conectarse con la historia romana de la zona. En el entorno se han documentado restos vinculados a la antigua Complutum, y hay rutas culturales que explican cómo se organizaba aquel territorio hace dos mil años. No todo está excavado ni visible, pero ayuda a entender que estos campos no han estado nunca del todo vacíos.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas principales giran en torno al Cristo de la Guía y suelen celebrarse a comienzos de mayo. Durante esos días el pueblo cambia bastante: vuelven familiares que viven en Madrid, las calles del centro se llenan por la tarde y la música se oye desde varios puntos a la vez.
El barrio de Los Hueros —que forma parte del municipio— mantiene también celebraciones propias. El Corpus Christi suele ser uno de los momentos más cuidados. Los vecinos preparan alfombras de serrín teñido y flores en algunas calles, un trabajo que empieza la noche anterior y que al amanecer todavía huele a madera fresca.
A primera hora de la mañana, cuando el sol entra bajo por las fachadas y aún queda gente barriendo los últimos restos de serrín, el ambiente tiene algo muy tranquilo, casi doméstico.
Lo que se come cuando llega el frío
En invierno aparece un plato que aquí llaman gazpacho de asadura. No tiene nada que ver con el gazpacho andaluz: es un guiso caliente hecho con pan, pimentón y vísceras de cerdo. Tradicionalmente se preparaba el día de la matanza y se comía en mesa grande, con cuchara y bastante pan al lado.
En Semana Santa muchas casas siguen haciendo torrijas. El olor a leche con canela suele empezar el jueves y dura varios días. Cada familia tiene su manera: algunos dejan el pan reposando toda la noche; otros prefieren freír antes, con el aceite más suave.
En mayo, cerca de San Isidro, aparecen rosquillas caseras en puestos y reuniones vecinales. Se comen de pie, hablando de política municipal o de cómo viene la cosecha ese año.
Cuándo acercarse y qué tener en cuenta
Villalbilla funciona mejor cuando el tiempo acompaña pero aún no aprieta el calor. La primavera suele ser buena época: el cereal está verde y el viento mueve los campos como si fueran agua.
A comienzos de mayo el ambiente es mucho más animado por las fiestas. Si buscas pasear con calma, quizá compense elegir otra semana.
Si vienes en coche, lo más cómodo suele ser dejarlo en alguna de las zonas amplias que hay en los bordes del casco urbano y entrar caminando hacia el centro. Las calles antiguas son estrechas y algunas cuestas todavía conservan el pavimento irregular.
Al caer la tarde, cuando la luz se vuelve más dorada y las sombras se alargan por la plaza, la torre de la iglesia cambia de color. Es un buen momento para sentarse un rato en un banco y ver cómo el pueblo baja la velocidad del día. Aquí, a esa hora, todo ocurre un poco más despacio.