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sobre Algete
Municipio residencial con vistas a la sierra; posee un interesante patrimonio religioso y espacios naturales protegidos
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El primer domingo que fui a Algete me crucé con un señor que llevaba un gallo bajo el brazo. Literal. Como si fuera un perro pequeño. Me miró y me dijo: “¿Vienes de Madrid? Aquí no hay playa ni catedral, pero tenemos lo nuestro”. Y algo de razón tenía. El turismo en Algete no funciona como en esos pueblos que ves repetidos en Instagram. Esto es más bien como ese vecino tranquilo del barrio que, cuando te paras a hablar cinco minutos, resulta que tiene media vida para contar.
El pueblo que Madrid se tragó pero no digirió
A unos 30 kilómetros de la capital, Algete es el típico sitio que muchos madrileños miran desde la carretera y piensan: “otra urbanización dormitorio”. Pero bajas del coche y ves que la historia aquí empezó bastante antes de que existieran las rotondas y los supermercados de las afueras.
Por la zona se han encontrado restos de villas romanas, y el propio nombre del pueblo tiene varias teorías. Algunos lo relacionan con el árabe, otros con raíces más antiguas ligadas al campo cultivado. Es de esas historias que cambian un poco según quién te la cuente, como cuando tu abuela repite una anécdota familiar y cada año aparece un detalle nuevo.
También se cuenta que en tiempos de Felipe II la villa cambió de manos por una buena suma de ducados. Dicho así suena extraño hoy: como si un rey hubiera decidido vender un pueblo entero de un plumazo. Cosas del Antiguo Régimen.
Cuando la historia se cruza con el presente
La iglesia de la Asunción es uno de esos edificios que, a primera vista, podrían pasar desapercibidos si vienes con prisa. La típica iglesia de pueblo castellano que parece haber estado siempre ahí. Pero cuando empiezas a leer un poco sobre ella descubres que su historia está ligada a movimientos de poder entre la Iglesia y la Corona en tiempos de Felipe II.
Por dentro tiene ese aire de los templos que han visto siglos pasar: reformas, ampliaciones, generaciones enteras entrando y saliendo por la misma puerta.
Y luego están las historias más raras del pueblo. A principios del siglo XX hubo un alcalde que también toreaba: Remigio Frutos, conocido como “El Algeteño”. Gobernar el municipio y vestirse de luces en la plaza no es una combinación que se vea todos los días. En mi pueblo el alcalde era fontanero, así que imagina la diferencia.
Un pueblo grande, pero con ritmo tranquilo
Con más de 20.000 habitantes, Algete ya no es un pueblo pequeño en sentido estricto. Aun así conserva esa sensación de sitio donde las cosas van un punto más despacio que en Madrid. De esos lugares donde, cuando cae la noche, el silencio vuelve rápido.
Los vecinos suelen comentar que es un municipio bastante tranquilo para vivir. No es raro ver coches aparcados sin demasiado drama y a gente charlando en la calle cuando el tiempo acompaña.
A las afueras está la Dehesa de Cobeña, que funciona como el pulmón natural de la zona. Muchos vienen a caminar, correr o simplemente a despejarse un rato. Los senderos no están señalizados como si fuera un parque nacional, pero se recorren fácil. Y desde algunos puntos, si el día está claro, se adivina Madrid en el horizonte, con las torres asomando a lo lejos.
Fiestas que siguen sonando a pueblo
El calendario festivo de Algete tiene varios momentos en los que el ambiente cambia bastante.
A mediados de septiembre suelen celebrarse las fiestas del Santísimo Cristo de la Esperanza, que es cuando el pueblo se llena más y la procesión reúne a medio municipio. En agosto también hay movimiento por San Roque, y a finales de mayo se celebran otras fiestas patronales que muchos vecinos viven con la misma intensidad.
No esperes grandes producciones ni artistas de gira nacional. Aquí lo normal es encontrar orquestas de verbena, puestos en la calle, toros de fuego y esa mezcla de generaciones que aparece en las fiestas de pueblo: los críos corriendo, los adolescentes dando vueltas a la plaza y los mayores mirando todo desde una silla plegable.
Mi consejo de amigo
Si te acercas desde Madrid, ven un sábado por la mañana. Aparcar suele ser sencillo cerca del centro, y en poco rato puedes recorrer el casco urbano sin prisas.
Pasea por la plaza, acércate a la iglesia si está abierta y luego tira hacia la zona de la dehesa para caminar un rato. En una mañana tranquila te haces una idea bastante clara del lugar.
Y para comer, aplica la regla más vieja del mundo: entra donde veas gente del pueblo. Si hay varias mesas con gente hablando alto y alguien con gorra apoyado en la barra, vas bien. Pide algo sencillo, lo que esté saliendo ese día, y tómalo con calma.
Algete no es un sitio al que vengas buscando grandes monumentos. Es más bien como cuando encuentras una canción antigua en la radio del coche: no cambia tu vida, pero te alegra haberla escuchado. Y durante un rato te olvidas del ruido de Madrid.