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sobre Valdepiélagos
El único 'Ecomunicipio' de Madrid; pueblo tranquilo comprometido con el medio ambiente
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Hay pueblos que funcionan como cuando apagas las notificaciones del móvil. Todo sigue ahí, pero de repente el ruido baja mucho. Con Valdepiélagos me pasó algo parecido la primera vez: sales de Madrid, conduces un rato por la A-1, y de pronto estás en un sitio donde nadie parece tener prisa por terminar la mañana.
Es uno de esos pueblos pequeños de la Cuenca del Medio Jarama que no aparece en las listas virales. Apenas supera los seiscientos vecinos. Aquí no hay grandes reclamos ni calles pensadas para hacer fotos cada diez metros. Lo que hay es vida de pueblo: casas bajas, campo alrededor y ese silencio que solo se rompe cuando pasa un coche o cuando alguien habla desde una puerta a otra.
Un paseo rápido por el casco
El centro se recorre rápido. Diez o quince minutos andando, sin mapa y sin pensar demasiado por dónde vas.
La referencia clara es la iglesia de la Asunción de Nuestra Señora. Suele situarse su origen hacia el siglo XVI, aunque el edificio ha tenido arreglos con el tiempo. No es una iglesia monumental. Es más bien sobria, con una torre cuadrada que parece construida para durar antes que para impresionar.
Alrededor aparecen varias casas de piedra y ladrillo. Algunas conservan detalles antiguos en puertas o ventanas. Otras se han reformado con el tiempo, como pasa en casi todos los pueblos que siguen vivos. No es un conjunto histórico congelado; es un lugar donde la gente sigue viviendo.
Caminos agrícolas (y mucho barro)
Cuando sales del casco urbano empiezan los caminos agrícolas. Son pistas sencillas, de las que usan los tractores para moverse entre parcelas.
El paisaje es bastante abierto: campos de cultivo, encinas dispersas y horizontes largos. No esperes grandes desniveles ni bosques frondosos; esto es campo llano del norte de Madrid.
Se camina fácil, aunque después de lluvias el terreno puede ponerse bastante embarrado – te lo digo por experiencia propia y unas zapatillas que aún llevan las marcas.
Mientras andas se oyen pájaros, viento y, de vez en cuando, maquinaria trabajando en el campo. Ese es el ambiente aquí: más agrícola que turístico.
Comer algo sencillo (y ajustar los horarios)
En el pueblo hay algunos sitios donde comer algo sencillo. La cocina suele moverse en lo que uno espera en esta parte de Madrid: platos contundentes, legumbres y carne.
Conviene no llegar con horarios demasiado rígidos – sabes cómo son estos pueblos pequeños: a veces se come antes de lo que harías en ciudad (sobre todo los domingos), y otras veces toca esperar porque están terminando otro servicio.
Mi consejo aquí es sencillo: ven con la idea de pasar unas horas tranquilas y comer bien pero sin complicaciones gastronómicas.
Cuándo ir (y qué calzado llevar)
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El campo cambia bastante entre una estación y otra – verlo verde en abril tiene su punto – y el sol no aprieta tanto.
En verano el calor aparece a media mañana. Si vas a salir a los caminos, madrugar ayuda mucho porque a mediodía no hay sombra donde refugiarse.
En invierno el viento se nota más porque el terreno es bastante abierto; lleva algo para cubrirte si eres friolero.
Sea cual sea la época: lleva agua si piensas caminar un rato (las distancias engañan) y calzado cómodo que no te importe manchar si ha llovido recientemente.
Cómo llegar desde Madrid
Desde Madrid lo normal es salir hacia el norte por la A-1 hasta Torrelaguna o Talamanca del Jarama y luego tomar las carreteras comarcales hacia Valdepiélagos. El trayecto suele rondar la hora en coche según tráfico – menos si sales temprano un sábado por la mañana.
Al llegar, lo mejor es aparcar con calma en alguna calle cercana al centro y moverte andando todo el día; todo está a cinco minutos máximo.
Valdepiélagos funciona bien como escapada corta: das una vuelta tranquila al pueblo, sales un rato a los caminos del campo alrededor, respiras aire limpio durante unas horas… Y vuelves a casa con esa sensación agradable de haber desconectado sin necesidad de hacer cientos de kilómetros. A veces eso es todo lo que hace falta un fin de semana cualquiera