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sobre El Berrueco
Puerta de la Sierra Norte junto al embalse del Atazar; destaca por su picota y entorno granítico
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¿Sabes cuando sales a dar una vuelta en coche sin plan y acabas en un sitio que parece puesto ahí por casualidad? Turismo en El Berrueco tiene un poco de eso. La primera vez llegué así, dando vueltas por la Sierra Norte, y el pueblo apareció de golpe, como esas áreas de descanso en carretera que no esperabas pero agradeces. A unos 50 kilómetros de Madrid, pequeño, tranquilo y rodeado de granito por todas partes.
El nombre viene de los “berruecos”, esas rocas redondeadas que salen entre pinares y robles. Si has visto las piedras enormes que quedan en un campo después de ararlo, algo así, pero multiplicado y colocado como si alguien hubiera jugado a dejarlas caer desde arriba. La erosión lleva millones de años haciendo su trabajo y el resultado parece un parque de esculturas hecho sin permiso.
La vegetación es la típica de esta parte de la sierra: encinas sueltas, pasto y matorral bajo. Nada exuberante, más bien sobrio. Como una casa antigua con pocos muebles pero bien puestos. Lo curioso es cómo cambia el ambiente según el día: con sol parece seco y abierto; después de lluvia huele a tierra como cuando entras en un garaje de pueblo con el suelo húmedo.
Un legado sencillo pero con carácter
La iglesia de San Andrés Apóstol marca el centro del pueblo. No es de esas que te dejan mirando hacia arriba cinco minutos. Es más bien como un reloj antiguo: sencilla, sólida y ahí desde hace siglos haciendo su función. Construida en piedra, con añadidos de distintas épocas, tiene ese aspecto de edificio que ha ido creciendo poco a poco según hacía falta.
El casco urbano es compacto. Casas de granito, balcones de hierro, calles estrechas que a ratos parecen más pasillos que calles. Caminar por ahí recuerda un poco a cuando paseas por un pueblo en invierno entre semana: todo tranquilo, alguna puerta abierta, y poco ruido más allá de tus propios pasos.
Si te alejas un poco del centro empiezan a aparecer los berruecos de verdad. Rocas redondeadas, algunas tan grandes que parecen coches aparcados uno encima de otro. A los críos les llaman la atención enseguida porque son como un parque natural para trepar, aunque conviene mirar bien dónde pisas. Cerca está la Dehesa, una zona abierta de encinas donde a veces se ven rapaces planeando. Cuando el suelo está húmedo, el olor a campo es de los que se te quedan un rato en la nariz.
Caminatas sin complicaciones
El entorno se presta bastante a caminar sin volverte loco con mapas. Desde las últimas casas salen caminos que se meten en el monte o rodean las zonas de roca. Existe una ruta conocida como la Ruta de los Berruecos que pasa por varios de estos afloramientos.
No son senderos de alta montaña. Más bien caminos de los que podrías hacer hablando con alguien sin quedarte sin aire, como cuando das una vuelta larga después de comer. En bici también se ven bastante, sobre todo gente que sube desde otros pueblos de la zona. El terreno empieza suave y se complica un poco si te alejas más.
En la parte gastronómica manda lo de siempre por aquí: cordero asado, quesos de la zona y, cuando el otoño viene con lluvia, setas que aparecen casi de un día para otro. Es comida de sierra, contundente, de la que te deja con ganas de sentarte un rato antes de volver al coche.
Plan sencillo para unas horas
Si llegas con poco tiempo, el recorrido es fácil de organizar. Das una vuelta por el casco antiguo, te acercas a la iglesia y callejeas un rato entre las casas de granito. En media hora ya tienes una idea clara del tamaño del pueblo.
Después merece la pena salir andando hacia las rocas cercanas. Están lo bastante cerca como para que el paseo sea corto, pero cambian bastante el paisaje. Desde algunos puntos se abre el horizonte hacia el embalse cercano y la sierra alrededor.
Terminar en la Dehesa funciona bien para bajar el ritmo antes de irte. Es ese tipo de sitio donde te sientas un momento en una piedra y te das cuenta de que llevas cinco minutos mirando al cielo sin hacer nada.
Errores frecuentes al visitar
Venir en pleno verano a las horas centrales puede hacerse largo. Los caminos abiertos reciben el sol de lleno y caminar se vuelve parecido a cruzar un aparcamiento enorme en agosto.
También pasa mucho que la gente se queda solo en las dos o tres calles del centro. Y claro, así el pueblo parece muy poca cosa. El Berrueco gana cuando sales un poco hacia los caminos y las zonas de roca. Es como ver solo el portal de un edificio y pensar que ya conoces la casa.
Cómo llegar sin complicaciones
Desde Madrid lo normal es subir por la A-1 y salir hacia la carretera que conecta con el pueblo. En coche se llega rápido. Aparcar no suele ser complicado fuera de días muy concurridos.
La visita corta se hace en poco tiempo, algo más de media hora si solo paseas por el centro. Pero si añades un paseo por los caminos o enlazas con otros pueblos de la Sierra Norte, el plan se puede alargar fácilmente una mañana entera sin sensación de ir con prisa.