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sobre El Boalo
Municipio formado por tres núcleos al pie de la Pedriza; excelente base para explorar el Parque Nacional
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Hay un punto en la M-607, después de dejar atrás Colmenar Viejo, donde el coche empieza a subir de verdad y el aire cambia. No es que Madrid desaparezca de golpe, pero se nota algo distinto: más pino, menos ruido. Ese es el momento en que sabes que estás entrando en El Boalo.
La primera vez que vine pensaba que visitaba un solo pueblo y resulta que son tres. El Boalo, Cerceda y Mataelpino. Están tan pegados que en el mapa parecen barrios del mismo sitio, pero cada uno tiene su plaza, su iglesia y su manera de hacer las cosas. Entre los tres ocupan bastante terreno de sierra, y cuando te pones a caminar entiendes por qué aquí la gente habla de distancias de otra forma.
A mí me pasó lo típico: llegué buscando “el centro”. Di vueltas un buen rato hasta darme cuenta de que no hay uno solo. Vas saltando de un núcleo a otro, a veces andando, a veces en coche, como cuando en un barrio grande cambias de zona para comprar el pan.
Granito por todas partes
Si hay algo que marca el paisaje aquí es el granito. Está en las casas, en las tapias, en los bancos de la plaza y en medio de los prados, como si alguien hubiera dejado caer bloques gigantes desde el cielo.
Las canteras de la zona de Cerceda llevan mucho tiempo funcionando y todavía forman parte de la economía local. De vez en cuando te cruzas con camiones cargados de piedra bajando por la carretera. Más de una obra grande en Madrid ha salido de aquí —eso es algo que los vecinos suelen comentar con cierta mezcla de orgullo y resignación—.
Cerca de las antiguas explotaciones hay recorridos que pasan por restos de canteras y por construcciones levantadas con la propia piedra del terreno. Algunas casas semienterradas recuerdan a refugios muy básicos, pensados con lógica más que con estética: muro de granito, losa encima y listo. No serán de revista, pero aguantan décadas sin pestañear.
Cuando caminas por esa zona tienes bastante silencio alrededor. A mí me pasó una mañana: un par de horas andando y apenas me crucé con nadie salvo un vecino mayor que me miró con esa cara de “otro de ciudad estrenando zapatillas”.
Cuando el pueblo se llena de ovejas (o de una bola gigante)
En otoño suele celebrarse una jornada ligada a la trashumancia. Ese día el ganado atraviesa el pueblo y durante un rato las calles se convierten en una cañada improvisada. Si llegas con prisa, mala idea: las ovejas pasan cuando pasan y el tráfico se adapta. La escena tiene algo curioso, sobre todo pensando que estás a menos de una hora de Madrid.
La otra tradición que llama la atención está en Mataelpino: el boloencierro. La idea es tan simple como suena. En lugar de toros, una gran bola de granito rueda cuesta abajo mientras los participantes corren delante.
Visto desde fuera parece un disparate, y la primera reacción suele ser reírse. Luego ves el tamaño de la piedra y ya no hace tanta gracia. Un vecino me lo explicó con bastante claridad: es más controlado que un encierro tradicional, pero también tiene ese punto absurdo que hace que medio pueblo esté mirando.
Carne de sierra y queso de cabra
Aquí la comida no va de fotos bonitas. Va de sentarse y comer con calma.
La carne de la sierra tiene fama desde hace tiempo, sobre todo los chuletones. Son de esos que llegan a la mesa con una grasa amarillenta que ya te avisa de por dónde van los tiros. Y sí, aquí la pregunta de “¿muy hecho o poco hecho?” a veces provoca miradas raras. Hay bastante consenso sobre cómo debe salir esa carne.
El queso de cabra es otro clásico de la zona. Se elabora de manera bastante directa, con leche de rebaños que pastan por las dehesas cercanas. Cuando alguien del pueblo te habla de ese queso no lo hace como quien vende un producto, sino como quien habla de algo que lleva viendo toda la vida.
También es fácil encontrar miel de la sierra. La de brezo suele ser la que más mencionan por aquí, con ese sabor un poco más fuerte que la miel clara que solemos tener en casa.
La ruta que conecta los tres pueblos
Si quieres entender cómo encajan El Boalo, Cerceda y Mataelpino, lo mejor es caminar entre ellos. Hay un recorrido bastante conocido —la llamada Ruta de las Villas— que enlaza los tres núcleos y pasa por miradores y caminos entre prados.
No es un paseo largo ni técnico, más bien un trayecto tranquilo que te deja ver cómo cambia el paisaje entre un pueblo y otro. En el camino aparecen también las iglesias: San Sebastián en El Boalo, Santa María la Blanca en Cerceda y Santa Águeda en Mataelpino. En pocos kilómetros tienes varios siglos de historia bastante bien concentrados.
Subiendo hacia alguno de los miradores de la zona se abre el valle y aparece la sierra al fondo. Es de esos sitios donde te paras un minuto sin darte cuenta.
Un día, caminando por allí, me crucé con una señora que iba hacia Cerceda para misa. Le pregunté si siempre hacía ese camino y me dijo algo que resume bastante bien el ambiente: aquí cada pueblo tiene su vida, pero cuando llegan las fiestas se junta todo el mundo.
Antes de irme pasé por el cementerio y vi la tumba de Carmen Martín Gaite, que vivió en esta zona durante años. Está sin grandes adornos, bastante discreta. Viéndolo entiendes un poco por qué alguien elegiría este rincón: sierra cerca, pueblos pequeños alrededor y Madrid lo suficientemente cerca como para ir y volver en el día.
Mi consejo de amigo: ven cuando el tiempo está fresco y la sierra empieza a oler a otoño. Camina entre los tres pueblos, siéntate a comer con calma y deja el reloj en el coche. Aquí las cosas funcionan mejor a otro ritmo.