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sobre El Molar
Puerta de la sierra conocida por sus cuevas de vino; gastronomía castellana y tradición vinícola
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Hay un momento, justo cuando dejas la A‑1 y te desvías hacia El Molar, en que el paisaje cambia de golpe. No es una metáfora. Pasas del ruido de la autovía a campos abiertos y lomas suaves en cuestión de minutos. Me recuerda a cuando sales del supermercado y, de repente, te llega el olor de una panadería cercana: no sabes exactamente qué ha cambiado, pero notas que el ambiente es otro.
El turismo en El Molar tiene bastante que ver con eso. Está a un salto de Madrid, pero en cuanto te bajas del coche el ritmo ya es distinto.
Las cuevas‑bodega que agujerean el cerro
Lo primero que llama la atención son los agujeros en la ladera. Muchos. Decenas y decenas. Si los ves desde lejos parece que alguien hubiera estado jugando a hacer túneles en la montaña.
Son las cuevas‑bodega, excavadas por los propios vecinos hace más de un siglo para guardar el vino y mantenerlo a temperatura estable todo el año. Durante mucho tiempo formaron parte del día a día del pueblo. Hoy algunas siguen teniendo uso, otras están cerradas y unas cuantas se han reconvertido en merenderos o garajes. Sí, aquí todavía hay gente que aparca el coche dentro de una cueva.
Pasear por esa zona es de esos planes tranquilos que se hacen sin prisa. Senderos de tierra rojiza, olivos dispersos y puertas excavadas en la roca que van apareciendo una detrás de otra. Cada vez que ves una abierta te entra la curiosidad de asomarte, como cuando ves la puerta entreabierta de un trastero antiguo.
Un poco más arriba quedan los restos de una atalaya andalusí. No esperes una torre intacta ni nada monumental: son ruinas, pero ayudan a entender que este cerro llevaba siglos vigilando el paso por el valle del Jarama.
Lo que se come aquí (y por qué vienes con hambre)
Voy a ser honesto: venir a El Molar con la idea de comer ligero es una estrategia bastante optimista.
Uno de los platos que más se repiten en la zona son las gachas. Si nunca las has probado, imagina algo a medio camino entre una crema espesa y unas migas muy suaves, hechas con harina, ajo y pimentón. Es cocina de campo, de la que llenaba el estómago cuando había jornadas largas.
Luego está el chuletón a la brasa, que aparece en muchas cartas por aquí. Es ese tipo de plato que llega a la mesa ocupando más espacio del que esperabas. Carne gruesa, hueso grande, brasas fuertes. No tiene mucho misterio, pero cuando está bien hecho entiendes por qué tanta gente sube hasta aquí con la comida en mente.
Y para el final suelen aparecer dulces sencillos: rosquillas caseras o pastas secas, cosas de las que podrías comerte tres sin darte cuenta mientras hablas.
La Virgen del Remolino y esa cuesta al cerro
En El Molar la Virgen del Remolino tiene un papel bastante especial. Los vecinos le tienen un cariño sincero; durante las fiestas grandes la llevan en procesión hasta su ermita, clavada en un cerro a las afueras.
La subida no es larga, pero tiene su pendiente. Ese tipo de cuesta que al principio parece fácil y a mitad de camino te hace pensar si has entrenado lo suficiente este año.
Arriba se ve todo: tejados apiñados abajo, campos alrededor y esa línea del valle extendiéndose hacia Guadalajara. Es uno de esos sitios donde te quedas un rato apoyado en la barandilla sin hacer mucho más.
La iglesia del pueblo también tiene su historia propia –la Guerra Civil le pasó factura– y según cuentan aquí fueron los propios vecinos quienes se encargaron poco a poco de levantarla otra vez.
Cómo organizar tu visita sin complicarte
El Molar no es enorme; eso es parte precisamente parte del plan. En una mañana puedes recorrerlo casi entero: casco urbano primero (que tampoco da para perderse), luego acercarte al barrio cuevero e incluso subir hasta lo alto donde está tanto atalaya como ermita. Si vienes desde Madrid cualquier fin semana mejor madrugar algo porque luego por tarde-noche vuelta A-1 puede ponerse densísima. A veces montan pequeños puestos o mercadillos cerca plaza mayor días señalados festivos locales… merece curiosearlos si coincide tu visita allí entonces. Y sobre todo déjate rato simplemente pasear calles tranquilas viendo cómo vida sigue ritmo propio mientras capital queda literalmente media hora distancia carretera solamente