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sobre El Vellón
Pueblo serrano con una atalaya árabe vigilante; entorno de monte bajo y encinas
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A las ocho de la mañana, el aire en El Vellón todavía está frío y huele a pan recién hecho mezclado con humedad de encina. En la plaza apenas hay movimiento. Algún vecino cruza con bolsas de la compra y las persianas de muchas casas siguen medio bajadas. Desde una mesa al sol se ve cómo la niebla se levanta despacio sobre la dehesa que rodea el pueblo. El día empieza sin prisa, como suele pasar en esta parte de la Sierra Norte.
El vellón que dio nombre
El nombre del pueblo tiene que ver con la lana. Durante siglos el vellón fue parte de la economía local: rebaños moviéndose por estas laderas y pastores que bajaban después hacia los mercados de Madrid. Hoy no es raro seguir oyendo cencerros en los alrededores.
Uno de los caminos más usados para caminar es el que sigue el trazado del canal. El sendero es ancho y fácil de seguir, y mucha gente lo recorre a pie o en bici. Atraviesa manchas de encina y quejigo, y en otoño el suelo se cubre de hojas que cambian a tonos cobrizos. Antes de ver las ovejas suele oírse el tintineo de los cencerros entre los árboles.
La atalaya sobre el valle
A unos pocos kilómetros del casco urbano, un camino de tierra se desvía de la carretera y sube hacia un cerro cubierto de pinos y jaras. Arriba aparece la atalaya de El Vellón, una torre cilíndrica de mampostería que formaba parte del sistema defensivo andalusí que vigilaba el valle del Jarama.
La torre no se puede visitar por dentro, pero el alto donde se levanta funciona como mirador natural. Desde allí el monte se abre en todas direcciones: encinas, claros de pasto y, más lejos, las suaves ondulaciones que separan El Vellón de otros pueblos de la zona. Cuando sopla algo de viento, el olor del tomillo aplastado en el camino sube con facilidad.
Conviene llevar calzado cómodo si se sube hasta aquí. El terreno es sencillo, pero el último tramo tiene piedra suelta.
Plaza, picota y campanas
De vuelta en el pueblo, la plaza Mayor conserva una picota de piedra que recuerda que El Vellón tuvo jurisdicción propia hace siglos. La superficie está pulida por el tiempo y por generaciones de chavales que han trepado por ella mientras jugaban.
Frente a la plaza se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida entre finales de la Edad Media y comienzos de la época moderna. El interior es sobrio: una sola nave, arcos sencillos y techumbre de madera. Cuando hay silencio se oyen crujir las vigas, algo que pasa a menudo en iglesias de este tipo.
Por las mañanas suele estar abierta, aunque depende del día. Si está cerrada, a veces algún vecino de alrededor tiene la llave.
Otoño, cordero y días cortos
El otoño suele ser el momento más agradable para acercarse. La luz es limpia y baja, y las fachadas de granito gris parecen más claras al final de la tarde. En la plaza, los fresnos dejan caer hojas que crujen al pisarlas.
Los fines de semana de octubre y noviembre llega bastante gente desde Madrid. Muchos vienen a comer y dar un paseo corto por los alrededores. Tradicionalmente aquí se ha criado cordero, así que no es raro verlo en las cartas de los bares del pueblo cuando empieza el frío.
Si buscas tranquilidad, mejor venir entre semana o a primera hora del sábado.
Cómo llegar y cuándo volverse
Desde Madrid se llega en menos de una hora por la A‑1 y el desvío hacia la M‑122. El último tramo atraviesa pinares y pequeñas dehesas, con curvas suaves y bastante tráfico los domingos por la tarde, cuando todo el mundo vuelve a la capital.
Antes de irte, merece la pena caminar un poco por los caminos que salen hacia el campo. A pocos minutos del casco urbano el ruido desaparece y sólo se oye el viento moviendo las hojas de las encinas. Cerca de la carretera que va hacia El Espartal hay una fuente donde muchos vecinos paran a llenar botellas; el agua sale fría incluso en verano. No es mala idea llevar una vacía en el coche.