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sobre Galapagar
Extenso municipio serrano con gran valor ecológico; cruce de caminos históricos y cañadas reales
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De pastores a directivos en 750 años
Turismo en Galapagar es un poco como quedar con ese amigo de la universidad que se fue a vivir “al pueblo para estar tranquilo” y ahora resulta que tiene mejor casa que tú y tarda menos en llegar a Madrid que muchos barrios de la capital.
La historia del lugar suele remontarse a la repoblación medieval, cuando llegaron colonos desde la zona de Segovia bajo el impulso de Alfonso X. A partir de ahí fue creciendo como villa ganadera, de paso entre la sierra y la llanura. Hoy ronda los treinta y tantos mil habitantes y el paisaje humano ha cambiado bastante: chalets, urbanizaciones, gente que teletrabaja y coches entrando y saliendo hacia Madrid cada mañana.
Lo curioso es que, pese a todo eso, Galapagar sigue teniendo algo de pueblo. El tipo de sitio donde te cruzas varias veces con la misma gente en la plaza sin haber quedado, donde las conversaciones se alargan en la puerta de cualquier comercio y donde aparcar no siempre es una misión imposible, algo que en esta parte de Madrid ya es medio milagro.
Además, para un municipio de este tamaño tiene infraestructuras que sorprenden, como un velódromo cubierto bastante conocido entre los aficionados al ciclismo de pista.
La calzada que sigue ahí siglos después
Uno de los paseos más conocidos en Galapagar es el tramo de calzada romana que se conserva en los alrededores. Se suele situar su origen en época imperial, probablemente entre los siglos II y III. No es la típica vía monumental que aparece en los libros de historia: aquí lo que ves es un camino de piedra integrado en el monte, rodeado de encinas y pinos.
Caminar por ahí tiene algo curioso. Vas avanzando y piensas que por ese mismo trazado pasó gente hace casi dos mil años. Luego te adelanta una familia con mochilas y un perro, y el contraste te devuelve al presente.
El entorno forma parte del Parque Regional del Curso Medio del Guadarrama, así que alrededor hay bastantes senderos sencillos que la gente de la zona usa para caminar o salir en bici.
Galapagar también tiene un pequeño capítulo literario: Jacinto Benavente, premio Nobel de Literatura, vivió aquí durante años y está enterrado en el municipio. Hay un monumento dedicado a él que muchos vecinos utilizan como punto de referencia cuando quedan en el centro.
Un calendario cultural que no esperas en un municipio de la sierra
Otra cosa que sorprende es la actividad cultural. A lo largo del año suelen organizarse ciclos y festivales, entre ellos uno dedicado al jazz que ya lleva tiempo celebrándose y que atrae a bastante público de la zona noroeste de Madrid.
Luego están las ferias gastronómicas, muy centradas en la cocina de guiso. Hay jornadas dedicadas al rabo de toro y otras que giran alrededor de los platos de cuchara. Si te pasas por el pueblo esos días lo notas enseguida: el olor a guiso sale de las cocinas y la conversación en la calle acaba girando alrededor de quién lo hace mejor.
En septiembre, durante las fiestas patronales, la devoción al Cristo de las Mercedes saca a mucha gente a la calle. Es uno de esos momentos en los que el municipio deja de parecer un lugar dormitorio y recupera ambiente de pueblo.
Pasear entre puentes antiguos
Una ruta bastante agradecida es la de los puentes históricos que cruzan los arroyos de la zona. No es un recorrido famoso ni masificado, lo cual se agradece.
Entre ellos está el llamado Puente de Juan de Herrera, que suele fecharse a finales del siglo XVI y que durante siglos formó parte de los caminos que conectaban con El Escorial. Es de piedra, sólido, con esa arquitectura sobria que aparece mucho en las obras vinculadas a la época de Felipe II.
El paseo por esta zona no tiene grandes artificios: sendero, agua cuando ha llovido, y bastante silencio si vas entre semana. En otoño, además, el suelo se llena de hojas y el camino cambia completamente de aspecto.
Cómo visitar Galapagar sin llevarte una idea equivocada
Aquí va la parte honesta. Si vienes buscando un casco histórico medieval intacto, de calles estrechas y piedra por todas partes, lo mismo te quedas un poco frío. Gran parte del municipio creció en las últimas décadas y eso se nota.
Ahora bien, si te apetece ver cómo se vive en la sierra madrileña cuando no es fin de semana ni destino de excursión masiva, Galapagar tiene su gracia.
Mi consejo de colega: ven por la mañana, date una vuelta por el centro, y luego sal a caminar por alguno de los senderos que rodean el municipio. En pocas horas puedes combinar paseo urbano con monte.
Si te gusta curiosear rarezas, busca el Canto del Peso. Es una gran roca granítica con marcas talladas cuya función no está del todo clara. Hay quien habla de usos rituales antiguos, otros de señales de límite territorial. Lo que sí es seguro es que desde allí hay buenas vistas del entorno.
Galapagar no intenta deslumbrar. No tiene un casco histórico monumental ni vive del turismo de fin de semana. Es más bien un sitio donde la vida cotidiana sigue su ritmo mientras, alrededor, la sierra y Madrid se van mezclando.
Y eso, curiosamente, es lo que lo hace interesante. Porque cuando te vas, tienes la sensación de haber visto un lugar donde la gente vive de verdad, no un decorado preparado para la foto.