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sobre Guadalix de la Sierra
Pueblo serrano famoso por la película Bienvenido Mister Marshall; situado junto al embalse de Pedrezuela
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás el último semáforo de la M-607, en el que el coche parece respirar. Como si de repente le hubieran quitado una mochila de 20 kilos de encima. Ese suele ser el momento en el que sabes que estás llegando a Guadalix de la Sierra. No hay gran arco de bienvenida ni nada teatral: solo campo abierto, olor a tierra cuando ha llovido y la sensación de que el reloj empieza a ir un poco más despacio.
El pueblo que se hizo famoso por una cebolla
Lo primero que te cuenta cualquiera de Guadalix es lo de las cebollas. Y no es exageración: durante años, en muchos mercados de Madrid, ver “Cebolla de Guadalix” en una caja era casi una garantía de que aquello iba a salir bueno. Forma parte de la huerta tradicional de la zona.
Lo curioso es que llegas al pueblo y no encuentras un puesto de cebollas en cada esquina. Esto no funciona así. Aquí todavía se estila lo de preguntar. Hablas con alguien en la plaza, o con la persona que atiende una tienda de toda la vida, y acabas con instrucciones bastante concretas: un portón, un garaje abierto, unas cajas de madera con tierra todavía pegada. Muy poco glamur y bastante más auténtico que cualquier mercado bonito de Instagram.
Suele organizarse una feria dedicada a la cebolla hacia finales de septiembre, cuando varios productores venden directamente y el pueblo se anima bastante. En pleno agosto, en cambio, el ambiente puede ser más raro: fiestas patronales, gente que vuelve unos días al pueblo… y otros que aprovechan para escaparse a la playa. Cosas del calendario rural.
El embalse que se tragó una ermita
El embalse de Pedrezuela queda a un paso y es uno de esos lugares que los madrileños usan mucho para respirar un poco de aire abierto. En verano verás pescadores, gente caminando por los caminos de tierra o simplemente sentada mirando el agua.
La historia que se repite por aquí es que, cuando se construyó la presa en los años 60, el agua terminó cubriendo una antigua ermita del cerro de los Alcores. Hay quien dice que, cuando el nivel baja mucho, todavía se intuyen restos. Yo he escuchado la historia varias veces y nunca he conocido a nadie que la haya visto con sus propios ojos, así que queda un poco en ese terreno entre recuerdo y leyenda local.
Si te gusta caminar, desde el entorno del pueblo salen rutas que suben hacia el Cerro de San Pedro. Calcula unos cuantos kilómetros de subida constante —según el camino que tomes, alrededor de 6— pero las vistas merecen el esfuerzo. Desde arriba el embalse se ve enorme, casi como un lago metido en mitad de la sierra madrileña. Lleva agua y algo para cubrirte del sol: por el camino no hay dónde resguardarse y el viento arriba a veces pega fuerte.
Donde Berlanga rodó y los madrileños desconectan
Guadalix también tiene su pequeño momento de cine. Parte de ¡Bienvenido, Mr. Marshall! se rodó aquí a principios de los años 50. Si has visto la película, recordarás ese pueblo vestido de fiesta esperando a los americanos que nunca llegan. Varias de esas escenas se grabaron en la plaza, alrededor de la iglesia.
La Iglesia de San Juan Bautista tiene origen en el siglo XVI, aunque lo que vemos hoy es en gran parte una reconstrucción posterior a la Guerra Civil. La original quedó muy dañada porque esta zona formó parte del frente de Madrid. La reconstrucción fue bastante sobria, sin grandes adornos. No es un edificio monumental, pero tiene ese aire de iglesia de pueblo que ha visto pasar bastantes generaciones.
Hoy el papel de Guadalix es otro: muchos madrileños lo usan como escapada rápida. Está lo suficientemente cerca como para venir en coche sin pensarlo demasiado, pero lo bastante lejos como para notar que la ciudad ya no manda.
Las patatas que saben a lo que sabían las patatas
La vega del río Guadalix sigue teniendo huertas y parcelas pequeñas. Pasear por esa zona es casi una clase rápida de agricultura de la sierra: patatas, cebollas, algunas hortalizas de temporada y gente trabajando la tierra como se ha hecho siempre por aquí.
Las patatas de la zona no ganan concursos de belleza. Son pequeñas, irregulares, con tierra pegada. Pero cuando las pruebas entiendes por qué la gente del pueblo presume de ellas. Tienen ese sabor que te hace pensar que las patatas fritas de bolsa vienen de otro planeta.
En los bares del pueblo la cosa suele ir por el lado sencillo: queso de cabra de la sierra, pan tostado, platos de cuchara cuando hace frío. Nada de inventos raros. Y en invierno, si tienes suerte, aparece algún guiso de cordero que recuerda bastante a lo que se cocina al otro lado de la sierra, en Segovia. Al final aquí las montañas separan, pero también mezclan costumbres.
Consejo de amigo
Guadalix de la Sierra no es un lugar para pasar tres días corriendo de monumento en monumento. Es más bien ese sitio al que vas cuando necesitas desconectar pero no te apetece meterte cuatro horas de coche.
Mi consejo: ven un sábado por la mañana, temprano. Da una vuelta por el centro, pregunta por las cebollas si te pica la curiosidad, y luego acércate al embalse con un bocadillo. Paseo tranquilo, un rato mirando el agua y vuelta al pueblo.
Por la tarde, café en la plaza mientras los mayores juegan a las cartas como si fueran los dueños del mundo. Y hacia las seis o las siete, carretera otra vez.
Con eso ya te haces una idea bastante clara de cómo se vive aquí. Y, para ser honestos, tampoco hace falta mucho más.