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sobre Los Molinos
Municipio serrano tranquilo famoso por la floración del cambroño; ideal para el senderismo
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Hay pueblos de la sierra a los que vas con plan serio. Mochila, ruta larga y cara de explorador. Y luego está el turismo en Los Molinos, que funciona de otra manera. Es más bien como cuando quedas para tomar un café y acabas pasando media tarde sin darte cuenta.
Está a unos cincuenta kilómetros de Madrid. Lo justo para sentir que has salido de la ciudad. Pero no tanto como para organizar una expedición. En cuanto dejas atrás la carretera principal, el paisaje cambia. Menos asfalto, más granito. Encinas, aire frío por la mañana y ese silencio que en Madrid casi se olvida.
El pueblo que nació de un ruido
El nombre no tiene misterio. Durante siglos hubo molinos movidos por el río Guadarrama. El agua bajaba con fuerza y muchos vecinos vivían de moler trigo.
Cuesta imaginarlo hoy. Ahora el río pasa tranquilo. Pero durante mucho tiempo debió de sonar como una máquina trabajando todo el día. Algo así como tener un electrodoméstico gigante funcionando sin parar.
El origen del pueblo suele situarse en la Edad Media. Mucho después, ya en el siglo XVII, consiguió el rango de villa. El cambio grande llegó a finales del XIX con el ferrocarril. Madrid quedaba a un viaje razonable y empezó a venir gente a pasar el verano.
No lo llamaban turismo rural, claro. Venían a tomar el aire de la sierra. Y a comer mejor que en la ciudad, que eso también cuenta.
La iglesia que todo el mundo confunde
En la plaza está la parroquia de la Purísima Concepción. Es de finales del siglo XVI. Por fuera es sobria. Granito, líneas simples y poco adorno.
Por dentro es lo que esperas de una iglesia de pueblo. Olor a cera, algo de penumbra y silencio. Nada espectacular, pero tiene ese aire de edificio que lleva siglos viendo pasar gente.
Muchos visitantes fotografían otra iglesia. Es la de San José, blanca y muy visible. Desde lejos llama más la atención. Pero la parroquia histórica es la de la plaza.
Si pasas por el centro, la verás enseguida. Das una vuelta por el quiosco de música y ya estás allí.
Búnkeres en mitad de la sierra
La zona tuvo importancia durante la Guerra Civil. El frente pasó cerca y se construyeron varias fortificaciones. Algunas todavía siguen en pie.
Por la carretera de la Virgen del Espino quedan restos de búnkeres de hormigón. Son pequeños y algo toscos. Pero cuando entras entiendes rápido para qué estaban allí.
No es una visita larga. Llegas, miras dentro y sigues caminando. Aun así dejan una sensación rara. Piensas en la gente que pasó horas ahí metida, mirando el monte por una rendija.
La ruta se puede hacer andando o en bici. Eso sí, la vuelta tiene cuesta.
La bajada de la Virgen del Espino
A mediados de septiembre el pueblo cambia de ritmo. La Virgen del Espino baja desde su ermita hasta la iglesia del centro.
Es una procesión larga. Literalmente atraviesa el monte y entra en el casco urbano. Mucha gente acompaña el recorrido caminando.
Ese día el pueblo se llena. Hay música, trajes de fiesta y bastante movimiento en la plaza. Al terminar, lo habitual es quedarse charlando y alargar la mañana.
Lo que se come en la sierra
La cocina aquí es la de toda la vida en la sierra madrileña. Platos contundentes y raciones generosas.
Migas, judiones, carne a la brasa. Comida pensada para cuando hace frío o has pasado la mañana caminando.
Hay una regla sencilla para elegir sitio. Mira dónde aparcan los coches los fines de semana. Si ves muchos de Madrid y humo saliendo de una chimenea, vas bien encaminado.
Cómo organizar la visita
Llegar desde Madrid es fácil por carretera. En menos de una hora estás en el pueblo si el tráfico acompaña.
Al entrar verás varias zonas donde dejar el coche. Mi consejo es no complicarse. Aparca pronto y sigue a pie. Las calles se estrechan bastante cuando te acercas al centro.
El plan más sencillo funciona bien. Llegar a media mañana, subir hacia la ermita del Espino y caminar un rato por los senderos cercanos. Luego bajas al pueblo, comes con calma y das una vuelta por la plaza.
A media tarde mucha gente ya está de vuelta hacia Madrid. Tú también puedes hacerlo. Y acabarás diciendo lo típico: que has estado en la sierra. Aunque, en realidad, solo hayas pasado unas horas respirando aire frío y mirando montes. A veces con eso basta.