Artículo completo
sobre Navacerrada
Pueblo emblemático de la sierra y estación de esquí; arquitectura de montaña y gran ambiente turístico
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las chimeneas de Navacerrada echan humo antes de que amanezca. A primera hora, cuando el aire corta en la cara, el pueblo huele a leña quemada y a pan recién hecho. Las farolas aún siguen encendidas y, si ha nevado durante la noche, la nieve cruje bajo los pies en las aceras que suben hacia la iglesia. Es el momento en el que muchos madrileños todavía duermen en sus casas de fin de semana y por la calle apenas pasa nadie más que quien abre el horno o levanta la persiana del primer comercio del día.
Desde el Puerto de Navacerrada, arriba en la divisoria de la sierra, Madrid aparece a veces como una mancha blanquecina en el horizonte cuando el cielo está limpio. El aire aquí es seco y frío, de ese que te hace respirar hondo casi sin darte cuenta. Abajo, el pueblo se agarra a la ladera con casas de granito gris, tejados inclinados y balcones de madera oscura. Son construcciones pensadas para el invierno: muros gruesos, poca floritura, pizarra y piedra que aguantan bien los temporales que entran desde el norte.
El olor del pinar
Uno de los paseos más habituales sale por la parte alta del pueblo y se acerca al embalse de Navacerrada. El camino atraviesa primero zonas de robledal y después pinar de pino silvestre, ese que deja el suelo cubierto de agujas largas que amortiguan los pasos. En otoño, todo se llena de hojas secas y el ruido al caminar es constante, un crujido suave que acompaña durante todo el trayecto.
Antes de ver el agua suele oírse. El viento mueve las copas de los pinos y el sonido se mezcla con el murmullo del embalse cuando el nivel está alto. El color cambia mucho según el día: a veces verde oscuro, otras casi gris, con la sierra reflejada de forma irregular.
Si te acercas a la orilla con calma, es fácil ver aves pequeñas moviéndose entre las piedras o volando a ras del agua. Mucha gente lleva prismáticos y se sienta un rato simplemente a mirar. Aquí el tiempo corre distinto: incluso los perros de los excursionistas terminan caminando más despacio.
Conviene venir entre semana o temprano. Los fines de semana la zona recibe bastante tráfico de coches y senderistas, sobre todo cuando hace buen tiempo.
Cuando llega la nieve
En invierno todo gira alrededor de la nieve. El puerto concentra gran parte del movimiento, con gente que sube a esquiar o simplemente a tocar nieve y volver a bajar el mismo día. Los fines de semana el ambiente se vuelve más ruidoso y las carreteras de acceso pueden colapsarse con facilidad.
Aun así, el pueblo mantiene su ritmo. Los vecinos cruzan la plaza con botas de montaña o con los esquís al hombro, y el olor a chocolate caliente y a queso fundido sale por las puertas cada vez que alguien entra o sale.
La estación del puerto es pequeña comparada con otras de montaña, pero mucha gente de Madrid aprendió a esquiar aquí. El telesilla sube despacio y desde arriba se ve cómo el pinar va quedando abajo, extendido como una alfombra verde oscuro salpicada de nieve.
Si no esquías, caminar por la nieve a primera hora tiene algo especial. A veces todavía no ha pasado la máquina pisapistas y la superficie está intacta. Las primeras huellas del día suelen quedarse allí hasta que el sol empieza a ablandarlo todo.
Lo que se come cuando aprieta el frío
En Navacerrada la cocina de invierno manda. Los platos calientes aparecen en casi todas las cartas cuando bajan las temperaturas: cocidos contundentes, guisos de cuchara, carnes a la brasa. No hay demasiados secretos, pero sí mucha costumbre serrana de cocinar despacio.
El cocido, cuando lo preparan, suele servirse en varios vuelcos como en Madrid, aunque aquí el caldo suele ser más oscuro y la ración más generosa. Después de una mañana de frío o de nieve entra sin esfuerzo.
En la zona del puerto es habitual ver parrillas encendidas cuando hace buen tiempo. El olor a carne y a encina quemándose se mezcla con el del pinar. En otoño también aparecen setas en muchas cocinas de la sierra, sobre todo níscalos cuando la temporada viene húmeda.
La hora en que el pueblo se calma
Al caer la tarde, la luz baja por la ladera de la Maliciosa y las fachadas de granito toman un tono rosado muy suave. Las ventanas empiezan a encenderse poco a poco y el humo vuelve a salir de las chimeneas.
En la plaza, cuando hay nieve, los niños improvisan trineos con lo que encuentran: tablas, plásticos, a veces simples bolsas. El frío se mete en las manos enseguida y el olor a leña vuelve a llenar todo.
Navacerrada cambia mucho cuando se van los coches del día. Las calles quedan casi vacías, el viento se oye entre los pinos y la sierra recupera ese silencio que cuesta encontrar a solo unos kilómetros de Madrid.
Cuándo ir:
El invierno trae nieve algunos años y mucho ambiente en el puerto. El otoño suele ser buen momento para caminar por el pinar y ver setas si la temporada ha sido húmeda. En primavera la sierra se llena de piornos en flor en las zonas altas. Si buscas algo de calma, mejor evitar fines de semana largos y días de nieve reciente: el acceso desde Madrid se llena rápido.