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sobre Paracuellos de Jarama
Municipio mirador sobre el aeropuerto y Madrid; combina zonas residenciales con historia
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Hay sitios a los que llegas por despiste. Paracuellos de Jarama es uno de esos. Vas camino del aeropuerto, miras a la derecha, ves casas en lo alto del páramo y piensas: “ahí arriba vive gente”. Un día subes por curiosidad… y descubres que el pueblo tiene más miga de la que parecía desde la autovía.
El pueblo que Madrid se fue comiendo poco a poco
Paracuellos es de esos lugares donde lo viejo y lo reciente conviven sin mucho drama. Aparcas y lo primero que ves son bloques relativamente modernos y algún supermercado de barrio. No es la imagen romántica que algunos esperan cuando oyen “pueblo de Madrid”. A más de uno eso le hace dar media vuelta.
Pero si tiras hacia la calle Mayor la cosa cambia un poco. El casco antiguo es pequeño, se recorre en nada, y ahí aparece la iglesia de San Vicente.
La iglesia es sobria, blanca, de esas que parecen más grandes por dentro que por fuera. El edificio actual suele situarse en el siglo XVIII, aunque el lugar lleva siglos con templo. Cuando entras huele a cera y a madera vieja, ese olor que tienen muchas parroquias de la meseta. La luz entra con timidez por las ventanas, así que el interior siempre tiene ese punto de penumbra tranquila.
No es un monumento que justifique un viaje largo por sí solo, pero encaja bien con el ambiente del casco antiguo.
Las lagunas de Belvis, el giro inesperado
Lo curioso de Paracuellos no está tanto en el centro como en lo que lo rodea.
Bajando hacia el valle del Jarama aparecen las lagunas de Belvis. El origen es bastante prosaico: antiguas extracciones de áridos que, con los años, se llenaron de agua. Lo que quedó es una cadena de lagunas y carrizales que hoy funciona como pequeño refugio para aves.
El camino hasta la zona de las lagunas atraviesa campo abierto. Trigo, tierra removida, algún olor a establo cuando sopla el viento en cierta dirección. Y de repente aparece el agua. Si te gusta mirar pájaros o simplemente caminar sin ruido de coches, el sitio tiene gracia.
A veces se ven flamencos, algo que siempre sorprende cuando estás a pocos kilómetros de Madrid. Y mientras estás allí escuchas otro sonido muy del siglo XXI: los aviones pasando bajos rumbo a Barajas. Naturaleza y tráfico aéreo compartiendo paisaje.
Comer bien aquí sigue siendo bastante sencillo
Paracuellos mantiene algo que en muchos pueblos cercanos a Madrid se ha ido diluyendo: sitios donde la gente del propio pueblo sigue comiendo los fines de semana.
El plato que suele aparecer en muchas mesas es el cordero lechal. Asado sencillo, sin demasiados adornos. De los que salen con la piel crujiente y la carne que se separa sola del hueso.
La forma más fácil de acertar es fijarse en lo que hace la gente de allí. Te das una vuelta por la plaza o por las calles cercanas, miras dónde hay mesas largas y familias reunidas, y entras. Ese método rara vez falla.
Un plan corto que tiene sentido
Paracuellos funciona mejor como escapada breve que como destino de fin de semana entero. Es más bien un alto en el camino.
Llegas por la mañana desde Madrid, das una vuelta por el casco antiguo, te asomas a los miradores que dan al valle del Jarama —cuando el día está despejado se ve medio corredor del Henares— y luego bajas hacia las lagunas para caminar un rato.
Después comes con calma y, si el cuerpo lo pide, alargas la sobremesa. Mucha gente del propio pueblo hace exactamente eso los domingos.
En verano el calor aprieta bastante porque aquí arriba el sol cae sin obstáculos. En invierno el paisaje se queda más seco y pelado. Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar por la zona.
Y al final te das cuenta de que Paracuellos de Jarama no juega a impresionar. Está ahí, en lo alto del páramo, mirando al valle y escuchando aviones. A veces eso ya es suficiente.