Artículo completo
sobre Bustarviejo
Pueblo serrano en un valle privilegiado; combina naturaleza exuberante con un interesante patrimonio industrial histórico
Ocultar artículo Leer artículo completo
Cuando alguien de Madrid te dice "me voy a la sierra", casi nunca se refiere a esto. Bustarviejo es de esos sitios que sabes que están ahí arriba, en algún mapa mental después de Miraflores, pero al que pocos llegan. La carretera se pone seria, el coche empieza a tragar curvas y de repente el aire huele a pino y a tierra húmeda, no a asfalto caliente. Aparece pegado a la ladera, con ese aspecto de pueblo que no vive del turista de fin de semana, pero que tampoco pone mala cara si llegas a dar una vuelta y pedir un plato combinado.
La torre que vigila desde la mina vieja
Para entender Bustarviejo hay que hablar de lo que hay bajo el monte. Esto fue, durante mucho tiempo, un pueblo de pastores hasta que alguien encontró plata en las tripas del Mondalindo. La mina ya no funciona, pero dejó su postal más famosa: la Torre de la Mina.
Está a un paseo corto del pueblo, por una pista ancha donde solo te cruzas con algún corredor o una familia con perro. La torre es de piedra, robusta, y parece un faro terrestre plantado en medio del valle. Subir hasta su base es la forma más rápida de ver el pueblo desde fuera: un amasijo ordenado de casas de granito, calles que suben como si les costara trabajo y, siempre detrás, la mole del Mondalindo ocupando medio cielo.
El Mondalindo: la montaña con nombre de culebrón
Suena a villano de telenovela latina, pero el Mondalindo es simplemente el jefe aquí. Pasa los 1.800 metros y es esa cumbre que ves desde media Sierra Norte marcando territorio.
La ruta normal sale cerca de los restos mineros y va ganando metros sin prisa pero sin pausa. No hace falta ser un experto, pero tampoco vengas con unas zapatillas de lona pensando en un paseo campestre. Es una caminata seria: primero entre pinos, luego por zonas abiertas donde el viento pega fuerte y finalmente por alguna pedrera donde ya solo piensas en llegar arriba.
La recompensa es esa vista panorámica que te hace sentir pequeño. Hacia el norte, más sierra; hacia el sur, el terreno cae hacia Madrid. En días muy claros puedes llegar a distinguir la ciudad como una mancha difusa en el horizonte, algo así como recordarte lo lejos que estás del ruido.
Una ermita metida en la piedra
Hay un rincón aquí que no cuadra con la imagen típica de pueblo serrano: la ermita del Cristo de la Peña. Parte está literalmente excavada en la roca viva. Parece cosa de película medieval.
Se llega siguiendo un Vía Crucis empedrado que sale del pueblo. La subida es corta pero constante, entre encinas y rocas sueltas. La ermita en sí no es grande ni espectacular arquitectónicamente hablando; su gracia está en lo improbable del sitio y en ese silencio denso que solo se rompe con alguna romería o con el viento.
Comer como si hiciera frío (incluso en julio)
La cocina aquí va acorde al clima: contundente y sin florituras. Espera raciones generosas, platos que llenan y sabores directos. En invierno manda el cocido y los guisos legumbres; en cualquier época encontrarás carnes a la brasa o chuletones para compartir.
Es ese tipo de comida después de la cual necesitas moverte sí o sí. Si tienes suerte y coincides con temporada setera o cinegética (y alguien está dispuesto a compartir), puede haber platos más singulares sobre la mesa.
Cuándo plantarte por allí
Bustarviejo tiene dos modos muy distintos:
- Verano: Aquí se agradece. El calor madrileño se queda abajo y las tardes son frescas.
- Invierno: Esto ya es sierra pura. Frío seco, cielos azules como un anuncio y posibilidad real (y hermosa) de ver nieve en las cumbres cercanas. A primeros septiembre están las fiestas del Cristo (los Remedios), momento en el que el pueblo recupera parte del bullicio minero antiguo con verbenas y gente por todas partes.
Mi plan si fuera tú
Desde Madrid funciona así: subes por la mañana (la carretera tiene su miga), aparcas cerca del ayuntamiento o la plaza y das una vuelta por las calles principales –que son cuesta arriba o cuesta abajo– hasta pillarle el punto al lugar. Luego eliges: o paseas hasta la Torre para tener las mejores fotos o te calzas las botas e intentas llegar hasta alguna vaguada del Mondalindo. Comida caliente después (no busques alta cocina; busca buen producto), café mirando a las montañas desde algún banco público… Y bajada tranquila. Bustarviejo no va a cambiarte la vida ni te va sorprender cada cinco minutos. Pero cumple perfectamente su papel: es ese pueblo serrano donde desconectar durante unas horas sin complicaciones ni masificaciones absurdas. A veces eso es justo lo único necesario