Artículo completo
sobre Montejo de la Sierra
Hogar del famoso Hayedo de Montejo; Reserva de la Biosfera con un entorno natural único
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las siete de la mañana, cuando el sol apenas asoma por encima de la sierra, Montejo de la Sierra todavía está medio en silencio. Alguna puerta se abre, un coche pasa despacio camino de la carretera, y la luz cae inclinada sobre los tejados de pizarra. En el turismo por Montejo de la Sierra hay mucho de eso: momentos tranquilos, calles cortas y un paisaje que empieza casi en la última casa.
El primer contacto suele ser una calle estrecha pavimentada con piedra irregular, de esas que obligan a mirar al suelo de vez en cuando. La luz de la mañana resbala por las fachadas de granito y por la pizarra oscura de los tejados. No hay demasiado que recorrer: las calles principales se caminan en menos de media hora si uno va despacio. Aun así, el paseo deja una sensación más larga, como si el ritmo del pueblo obligara a bajar la velocidad.
El casco urbano, a paso lento
Entre algunas casas aparecen macetas con hortensias o matas de lavanda ya secas por el sol. Ese color apagado rompe el gris dominante de la piedra. En el centro del pueblo está la iglesia de San Pedro in Cátedra, un edificio antiguo reformado varias veces a lo largo de los siglos. Por dentro es sobria: muros gruesos, madera oscura, poca decoración.
Rodearla con calma permite fijarse en cosas pequeñas: vigas gastadas, bancos de piedra donde la gente se sienta un rato al sol, alguna conversación que se alarga más de lo previsto. A media mañana suele haber algo de movimiento en la plaza; antes o después vuelve la calma.
El Hayedo de Montejo
A pocos kilómetros del pueblo se encuentra el Hayedo de Montejo, una de las zonas más conocidas de la Sierra Norte. El bosque ocupa una ladera húmeda junto al Jarama, donde las hayas crecen mezcladas con robles y otras especies.
La entrada está regulada desde hace años y normalmente requiere reserva previa, sobre todo en otoño. Conviene mirarlo con tiempo porque los cupos diarios son limitados y los fines de semana se llenan rápido.
Caminar dentro del hayedo es más una cuestión de observar que de avanzar deprisa. La luz entra muy filtrada entre los troncos y el suelo suele estar cubierto de hojas, que crujen al pisarlas. En otoño el color cambia casi cada semana, del amarillo pálido al cobre oscuro.
Si prefieres evitar la mayor afluencia de gente, mejor buscar días entre semana o ir fuera del pico del otoño, cuando el bosque sigue siendo interesante pero el ambiente es mucho más tranquilo.
Caminos alrededor del pueblo
Desde el propio Montejo salen varias rutas señalizadas que atraviesan robledales y praderas abiertas. El río Jarama pasa cerca y en algunos tramos se escucha antes de verlo, sobre todo después de lluvias fuertes, cuando baja con más fuerza.
Los caminos no son especialmente duros, aunque hay pendientes cortas que pueden cansar si el terreno está húmedo. Tras varios días de lluvia la tierra se vuelve resbaladiza y conviene llevar calzado con buena suela.
Con algo de silencio no es raro ver movimiento entre los árboles. En esta zona viven corzos, ciervos y bastantes aves de bosque. A veces aparecen a cierta distancia del camino y desaparecen en segundos.
Lo que se come en la sierra
La cocina del pueblo sigue muy ligada a lo que se cría o se recoge por la zona. En temporada fría aparecen guisos contundentes y platos de cordero cocinados despacio. En otoño es fácil encontrar recetas con setas de los montes cercanos, aunque su presencia depende mucho de cómo haya sido el año de lluvias.
También son habituales los quesos elaborados con leche de cabra o de oveja en la comarca. No hay una oferta enorme ni especialmente moderna; aquí la comida suele ser sencilla y pensada para recuperar fuerzas después de caminar.
Fiestas y vida local
A finales de junio se celebra la festividad de San Pedro, vinculada a la iglesia del pueblo. Suelen organizarse actos religiosos y reuniones vecinales en la plaza, con música y bailes tradicionales que todavía mantienen cierto aire rural.
En agosto llega la fiesta de la Asunción, cuando el pueblo gana algo más de ambiente. Durante esos días se mezclan vecinos que viven fuera y gente que pasa unos días en la sierra.
A lo largo del otoño también se organizan actividades relacionadas con la naturaleza, muchas veces centradas en las setas o en la observación de aves migratorias. No todos los años son iguales y conviene informarse antes de ir.
Cuándo ir y algunas cosas a tener en cuenta
Cada estación cambia bastante el paisaje alrededor de Montejo.
El otoño atrae a más gente por el color del hayedo, especialmente entre octubre y noviembre. Si buscas tranquilidad, lo mejor es evitar fines de semana de buen tiempo.
La primavera trae prados muy verdes y temperaturas suaves, buenas para caminar. El invierno puede ser frío y las horas de luz son pocas, así que conviene calcular bien las rutas.
En verano las horas centrales del día pueden ser calurosas. Muchos senderos se disfrutan más temprano por la mañana, cuando el aire todavía está fresco y el monte suena a pájaros y a agua corriendo entre las piedras.
Montejo de la Sierra no gira alrededor de grandes monumentos. En realidad, el pueblo se entiende mejor caminando despacio, mirando el paisaje que lo rodea y aceptando que aquí las cosas pasan sin prisa. A veces basta con sentarse un rato, escuchar el viento entre los robles y dejar que el tiempo siga su curso.