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sobre Somosierra
El pueblo más alto de Madrid en el paso de montaña histórico; escenario de batallas napoleónicas
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El viento se oye antes de verlo todo. Sopla en el puerto y baja hasta las primeras casas. Mueve los cables, golpea alguna contraventana, arrastra olor a resina y a tierra húmeda. El turismo en Somosierra empieza muchas veces así: con el coche saliendo de la A‑1 y una parada breve en un pueblo pequeño, a más de 1.400 metros, donde la sierra se siente cerca.
Somosierra está justo en el paso natural que comunica Madrid con la meseta norte. Esa posición lo ha marcado siempre. Hoy la autopista pasa al lado, rápida y constante, pero el núcleo del pueblo queda unos metros aparte, recogido entre laderas cubiertas de pinos y robles.
Calles cortas y piedra oscura
El casco urbano se recorre despacio y en pocos minutos. Las calles siguen la pendiente del terreno y obligan a caminar con una ligera cuesta bajo los pies. Las fachadas son de piedra oscura, a veces casi negra cuando ha llovido. Muchas tienen portones de madera gruesa y tejados de teja curva que sobresalen para proteger de la nieve del invierno.
La iglesia de Nuestra Señora de la Concepción se levanta en el centro del pueblo. Es un edificio sobrio, de piedra, con una torre que se ve desde la carretera cuando uno se acerca al puerto. Dentro todo es sencillo: paredes claras, algunos retablos modestos y el eco de los pasos cuando no hay nadie más.
A media mañana suele oírse poco más que el viento y algún coche que atraviesa el pueblo camino del puerto.
El puerto y las laderas
Somosierra está pegado al puerto del mismo nombre, uno de los pasos históricos entre Castilla y Madrid. Si se sube unos minutos por la carretera vieja, el paisaje se abre. Aparecen lomas redondeadas, manchas de pinar y praderas donde el verde cambia mucho según la estación.
La luz aquí cambia rápido. Por la mañana las laderas del norte quedan en sombra. Al final de la tarde, cuando el sol cae hacia la meseta segoviana, las rocas y la hierba seca toman un tono ocre muy marcado.
Cerca del puerto hay varios caminos que salen hacia el monte. Algunos siguen antiguos trazados ganaderos. Otros se internan entre pinos jóvenes. No son recorridos largos si se parte desde el propio pueblo, pero sirven para entender bien el terreno: viento constante, suelo pedregoso y vistas amplias cuando el cielo está limpio.
Caminar con calma por los alrededores
Desde Somosierra salen senderos señalizados que se adentran en la Sierra Norte. Muchos discurren por pistas forestales o caminos antiguos. No tienen gran dificultad, aunque la altitud se nota si uno no está acostumbrado.
El suelo cambia bastante según la época del año. En invierno puede helarse incluso cuando no ha nevado. En primavera aparecen zonas embarradas después de varios días de lluvia. Conviene llevar botas con buena suela y algo de abrigo incluso cuando en Madrid capital hace calor.
Si se busca silencio, la mejor hora suele ser la primera de la mañana. A partir del mediodía es más habitual ver coches que paran en el puerto y gente que se acerca a caminar un rato.
Un pueblo pequeño, sin artificios
Somosierra tiene menos de un centenar de habitantes. Eso se nota enseguida. No hay muchas tiendas ni movimiento constante de gente. Las casas están agrupadas en pocas calles y, en cuanto uno se aleja cien metros, el paisaje vuelve a ser campo abierto.
Quien llegue esperando un pueblo lleno de actividad turística probablemente se lleve una impresión distinta. Aquí lo normal es parar un momento, estirar las piernas y mirar alrededor. El viento, las laderas y la carretera que sube al puerto explican mejor el lugar que cualquier cartel.
Si se pasa por la zona en invierno conviene calcular bien la hora de regreso. Al caer la tarde la temperatura baja rápido y la humedad del puerto se mete en los huesos. En verano, en cambio, el aire suele ser más fresco que en Madrid, incluso al mediodía. Esa diferencia se nota nada más bajar del coche.