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sobre Aldea del Fresno
Conocida como la playa de Madrid por sus zonas de baño en el río Alberche; entorno natural de ribera muy visitado
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Aldea del Fresno se entiende mejor mirando el mapa. El municipio queda donde el Alberche y el Perales empiezan a abrirse en valle, ya lejos de las gargantas de la sierra. El río baja todavía con fuerza desde Gredos, pero aquí se ensancha y forma orillas de arena que en verano atraen a muchos madrileños que buscan agua cerca de la capital. Esa relación con los ríos explica casi todo: el asentamiento, los cultivos de vega y buena parte de la vida cotidiana del pueblo.
El topónimo apunta también al paisaje antiguo. Los fresnos eran árboles habituales en las riberas húmedas del centro peninsular, y la pequeña aldea que acabó formándose tomó de ellos el nombre.
Un señorío ligado a la tierra
Como muchos pueblos del suroeste madrileño, Aldea del Fresno aparece en la documentación medieval vinculada a procesos de repoblación y a la organización de tierras dependientes de concejos mayores. Con el tiempo pasó a manos señoriales; distintas familias nobiliarias controlaron estas tierras, atraídas sobre todo por los pastos, el agua y la caza de los montes cercanos.
La iglesia parroquial de San Pedro ocupa una posición dominante sobre el casco urbano. El edificio actual es relativamente reciente si se compara con otras parroquias de la zona, resultado de reformas y reconstrucciones acumuladas con el paso de los siglos. La torre es el elemento más visible desde lejos. Dentro se conserva un retablo de gusto neoclásico y varias imágenes ligadas a la devoción local que todavía salen en procesión durante las fiestas del patrón.
Desde el entorno de la iglesia se abre una buena vista del valle del Alberche, algo que ayuda a entender la lógica del asentamiento: el pueblo creció cerca del agua pero ligeramente elevado, fuera de las crecidas.
La noria del Perales
Siguiendo el curso del río Perales, a poca distancia del casco urbano, se encuentra una antigua noria de riego. Este tipo de ingenios hidráulicos fueron comunes en las vegas del centro y del sur peninsular durante siglos, aunque hoy quedan pocos en funcionamiento.
La estructura actual mantiene el mecanismo tradicional de rueda y cangilones que elevaban el agua para llevarla a las huertas cercanas. No siempre está en movimiento, pero permite imaginar cómo se organizaba el regadío antes de los sistemas modernos. A su alrededor todavía se reconocen parcelas que durante mucho tiempo se dedicaron a cultivos de vega.
Los montes que rodean el valle aparecen mencionados en textos medievales de caza, donde abundaban especies como el jabalí. Hoy siguen siendo habituales en la zona.
El rastro del antiguo ferrocarril
A finales del siglo XIX el ferrocarril llegó a esta parte del Alberche mediante una línea que conectaba Madrid con el oeste de la provincia de Toledo. El apeadero más cercano quedaba a unos kilómetros del núcleo urbano, pero durante décadas marcó el ritmo de desplazamientos y mercancías.
La línea desapareció a mediados del siglo XX. El trazado se reconoce todavía como camino ancho de tierra que algunos vecinos utilizan para pasear o montar en bicicleta. De vez en cuando reaparece la idea de transformarlo en vía verde, aunque el proyecto lleva años moviéndose entre propuestas y trámites.
Ríos, huertas y cocina
El Alberche y el Perales condicionan la manera de comer en esta zona. Las vegas han permitido durante mucho tiempo pequeños cultivos de huerta y cereal, mientras que los montes cercanos sostienen ganadería.
El cordero asado es una preparación habitual en celebraciones familiares y reuniones de fin de semana, normalmente cocinado con leña de encina. Los guisos de legumbres siguen presentes en muchas casas, sobre todo en los meses fríos, y en Semana Santa es común encontrar platos de bacalao ligados a la tradición de vigilia.
En los montes cercanos también hay actividad apícola. La miel suele venderse de forma directa, con producciones pequeñas ligadas a cada apicultor.
Pasear por el pueblo y acercarse al río
El casco urbano de Aldea del Fresno se recorre sin dificultad en poco tiempo. La iglesia, algunas calles del centro y el entorno del río concentran la mayor parte del interés.
Desde el pueblo salen caminos sencillos hacia las riberas del Alberche. En verano mucha gente se acerca a las zonas de baño natural que se forman en sus orillas. El agua suele estar fría incluso en los días más calurosos y el terreno alterna arena con tramos de canto rodado, así que conviene llevar calzado cómodo.
Desde Madrid se llega por carretera en algo más de una hora, dependiendo del tráfico. Lo más práctico es moverse en coche, aunque una vez en el pueblo casi todo queda a distancia de paseo.