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sobre Cadalso de los Vidrios
Villa histórica rodeada de viñedos y pinares; famosa por su palacio y sus vinos de garnacha
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Hay pueblos que parecen inventados para que los madrileños digamos "tengo una casa en la sierra" sin que nadie sepa muy bien dónde. Cadalso de los Vidrios es ese tipo de sitio: lo conoces de oídas, pero cuando te preguntan dónde queda exactamente, te agarras a lo primero que se te ocurre: "está después de Robledo… bueno, ya casi por San Martín de Valdeiglesias".
Llegas por la M‑501, esa carretera larga que parece que no va a ninguna parte hasta que, de repente, empiezan a aparecer casas y te das cuenta de que ya estás entrando en el pueblo. Son unos 75 kilómetros desde Madrid que se hacen tranquilos… salvo que te toque ir detrás de un camión cargado de granito, que por aquí no es raro. Entre encinas, cantera y alguna curva, la sierra oeste va apareciendo poco a poco.
El pueblo que alimentó la botica de los reyes
Una cosa que sorprende en Cadalso es lo poco que intenta venderse. Paseas por el centro y no ves tiendas de recuerdos ni carteles pensados para la foto rápida. La historia del pueblo va por otro lado.
Durante siglos hubo aquí tradición vidriera. De hecho, suele contarse que desde Cadalso salían piezas de vidrio que acababan en la Real Botica del monasterio de El Escorial. Frascos, recipientes de laboratorio… cosas poco vistosas pero muy necesarias en su momento. La actividad desapareció hace mucho, pero el nombre del pueblo sigue recordándolo.
El casco antiguo está construido en cuesta, como casi todo en esta parte de la sierra. Calles que suben, otras que bajan, coches buscando hueco donde pueden. La iglesia de la Asunción aparece en lo alto, vigilando un poco todo. Es un edificio del siglo XVI que sigue marcando el ritmo del centro del pueblo, con la plaza cerca y vecinos que pasan y saludan.
El granito que salió de estas canteras
Aquí viene una de esas historias que muchos escuchan por primera vez cuando llegan: el granito de Cadalso se utilizó en parte de la Sagrada Familia de Barcelona. No es algo que el pueblo esté recordando a cada paso, pero forma parte de la memoria local.
Hay un pequeño monumento dedicado a los canteros, un oficio que durante décadas dio trabajo a mucha gente de la zona. Y aunque las canteras ya no tienen la actividad de otros tiempos, todavía se ven camiones cargados de piedra saliendo hacia la carretera.
Caminos sencillos por el monte cercano
Si te apetece caminar un rato sin demasiada complicación, por los alrededores hay varias rutas cortas.
La llamada Ruta de la Peña suele rondar los cuatro kilómetros entre ida y vuelta y sigue el arroyo Boquerón. No es una caminata de grandes miradores ni cumbres espectaculares. Es más bien ese tipo de paseo donde lo que manda es el sonido del agua, los robles y el silencio. A ratos te cruzas con ganado suelto que te mira como preguntando qué haces por allí.
Otra opción es la Senda de las Viñas. El nombre hace pensar en un paisaje lleno de viñedos, aunque en algunos tramos hoy domina más el pinar y el monte bajo. Aun así, la ruta sirve para entender mejor el entorno: campo abierto, olor a romero cuando aprieta el sol y bastante tranquilidad incluso en fines de semana.
El hornazo del Lunes de Pascua
Si te coincide venir en primavera, hay una tradición local bastante conocida: el hornazo del Lunes de Pascua. Ese día mucha gente del pueblo suele subir a la Peña Muñana, una elevación cercana donde se juntan familias y grupos de amigos a pasar el día.
El hornazo es un bollo dulce que lleva dentro un huevo cocido entero. Sobre el papel suena extraño, pero cuando lo pruebas entiendes por qué lleva tantos años haciéndose. Cada casa tiene su versión y siempre aparece la típica conversación de “este lleva más manteca” o “a este le han puesto más anís”.
No es una fiesta montada para turistas. Es más bien una comida popular al aire libre: cada uno lleva lo suyo, se comparte lo que sobra y el día se va pasando sin demasiada prisa.
¿Merece la pena acercarse?
Cadalso de los Vidrios no es un pueblo que te deje con la boca abierta a los cinco minutos. No hay un castillo de postal ni un mirador lleno de gente haciéndose fotos. Lo que tiene es otra cosa: ritmo tranquilo y bastante vida de pueblo real.
La gente se saluda por la calle, los críos siguen jugando en la plaza y siempre hay alguien charlando en un banco como si el reloj no tuviera mucha importancia.
Si vienes esperando un sitio lleno de reclamos turísticos, quizá se te quede corto. Pero si te apetece pasar unas horas sin ruido, caminar un poco por el monte cercano y luego sentarte en una terraza sencilla con un vino de la zona, Cadalso funciona muy bien.
Mi consejo: ven una mañana, da un paseo por alguna de las rutas cortas y luego vuelve al centro a comer algo sin demasiadas expectativas sofisticadas. Aquí las cosas suelen ser bastante directas: platos de los de siempre, vino de la comarca y conversación tranquila.
Y al volver a Madrid, cuando dejes atrás las encinas y vuelvas a la M‑501, seguramente pensarás algo como: “pues oye, se estaba bien allí”. Que, para una escapada cerca de la ciudad, ya es decir bastante.