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sobre Colmenar del Arroyo
Pueblo con encanto conocido por sus frases poéticas en las paredes; conserva puentes románicos y arquitectura rural
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Las primeras frases aparecen antes de cruzar la plaza. "El silencio es el sonido de la luz" dice una pared blanca junto a la panadería. Más adelante, en una esquina: "Aquí duermen los ecos de los pastores". Así empieza muchas veces el turismo en Colmenar del Arroyo: leyendo paredes. El pueblo te recita antes de hablar. Y tú vas despacio, de esquina en esquina, mientras el olmo de la plaza —dicen que con varios siglos de tronco retorcido— proyecta una sombra que en invierno llega hasta el frontón.
Cuando las palabras se quedan en la pared
Llevan más de diez años apareciendo. Cien poemas, quizá más. Algunos los pintó un maestro jubilado con ayuda de los niños; otros los eligieron los dueños de cada casa. No hay plan claro ni recorrido marcado. Uno se cruza con "La dehesa es un mar de hierba que se mueve sin ir a ninguna parte" justo cuando decide tomar el desvío hacia Navalmoral. Otro, "Los molinos muelen viento y recuerdos", aparece junto al camino que baja al arroyo.
La gracia está en el azar: giras una esquina y encuentras un verso.
El fortín que vio la guerra desde dentro
A unos cuatro kilómetros del pueblo, entre pinares y jaras, el Blockhaus‑13 se asoma al valle como un ojo ciclópeo. Es un bloque de hormigón armado, macizo, de casi cuatro metros de altura, con troneras estrechas y un interior que huele a tierra húmeda y a tiempo parado.
Se levantó durante la Guerra Civil —hacia 1937, según suele contarse— para vigilar la antigua carretera de Extremadura. Forma parte de una línea de fortificaciones que todavía se reconoce en varios puntos de la zona, aunque este es de los pocos que se conservan tan enteros.
La visita dura lo que tardes en recorrerlo por dentro y quedarte un rato mirando el valle desde el parapeto. Una hora pasa rápido aquí. Lleva agua: alrededor no hay fuentes ni sombra continua.
La tarde que baja por la Dehesa
La senda verde empieza detrás del polideportivo. Son unos seis kilómetros bastante llanos, cómodos para caminar sin prisa. Pronto la tierra se vuelve rojiza y las encinas se mezclan con quejigos. En otoño la madera cruje bajo los pies y el aire trae olor a hongos y a brezo húmedo.
Si caminas en silencio a veces se oye primero el movimiento: algo que empuja entre la maleza, un chasquido seco. Los jabalíes suelen andar por estas dehesas al atardecer. La mayoría de las veces ni se dejan ver: se apartan antes.
A mitad de camino aparece una pequeña construcción de piedra que aquí llaman nevería. Durante siglos se usaron para guardar nieve prensada y hielo; esta todavía mantiene dentro un frescor inesperado incluso en días calurosos.
La senda termina en un mirador natural. Abajo serpentea el Alberche, plateado cuando cae la tarde, y alrededor se extienden montes de caza y dehesas abiertas.
Cuando el pueblo se enciende
En enero, alrededor del día de San Vicente Mártir, el pueblo cambia de ritmo. Las campanas empiezan a sonar muy temprano y el olor dulce del anís y de las torrijas se escapa de algunas cocinas.
La procesión cruza la plaza al mediodía: pasos de madera, vecinos caminando despacio sobre el empedrado y una banda que repite marchas que muchos aquí reconocen de memoria.
En septiembre llegan las fiestas del Cristo de la Cruz a Cuestas. La imagen baja desde la ermita del cerro acompañada por los quintos del año y un coro improvisado de voces que se suma desde las aceras.
Y la última noche del año la plaza se convierte en un brasero grande. La Hoguera de los Quintos reúne troncos, ramas y gente alrededor del fuego. Las brasas suelen durar hasta bien entrada la madrugada.
Cómo llegar y cuándo volver
Desde Madrid lo más habitual es tomar la M‑501 hasta la zona de San Martín de Valdeiglesias y después enlazar con carreteras locales que suben entre encinas, olivares y curvas tranquilas.
La primavera suele ser el momento más agradecido: los caminos están verdes y en las charcas del arroyo se oyen ranas al anochecer. Los meses centrales del verano cambian bastante el ambiente, sobre todo los fines de semana, cuando aparecen motos de campo y coches con bicicletas en el techo.
Para las sendas conviene llevar calzado cerrado. El terreno es pedregoso en algunos tramos y en verano no es raro cruzarse con culebras tomando el sol en mitad del camino.
Si llueve, la ruta de la Chorrera del Hornillo puede ponerse resbaladiza. El salto de agua —de varios metros— tiene sentido cuando baja con caudal, pero el barro engaña.
Cuando te vayas, justo antes de tomar la carretera, fíjate en la última frase pintada cerca de la salida del pueblo: "Partir es volver a encontrar lo que nunca se fue". Colmenar del Arroyo se queda un poco así en la cabeza: breve, persistente, con luz de sierra y olor a encina quemada.