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sobre Navalagamella
Pueblo rodeado de encinares y fortines de la Guerra Civil; mirador natural hacia la sierra
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A unos 47 kilómetros de Madrid, cuando la carretera deja atrás las zonas más densas del área metropolitana, el terreno empieza a abrirse en encinas y lomas suaves. En ese cambio de paisaje aparece Navalagamella. El pueblo se asienta en una nava —un llano dentro de la sierra— a más de setecientos metros de altitud. El nombre no es casual: esa pequeña meseta ofrecía agua cercana y cierta protección natural, razones suficientes para que la zona se consolidara como asentamiento estable tras la repoblación medieval de esta parte de la actual Sierra Oeste.
Las casas de granito explican bien el territorio. La piedra está cerca y se ha usado durante siglos. No hay grandes fachadas ni plazas monumentales. El pueblo creció con una lógica sencilla: aprovechar lo que daba el terreno.
El momento en que Navalagamella fue villa
Durante la Edad Moderna el lugar ganó peso dentro del territorio. Como ocurrió en muchos pueblos castellanos, los vecinos reunieron dinero para comprar a la Corona el título de villa. Ese cambio administrativo significaba algo más que prestigio. Permitía gestionar justicia propia, celebrar mercado y reducir ciertas dependencias de otras jurisdicciones cercanas.
El documento que lo certifica se conserva en el archivo municipal. La operación refleja bien la ambición de comunidades rurales que, sin ser grandes centros urbanos, habían alcanzado suficiente población y actividad como para reclamar autonomía.
La iglesia y el núcleo antiguo
La iglesia de Nuestra Señora de la Estrella ocupa la parte alta del casco urbano. Su torre, visible desde los accesos al pueblo, funciona casi como referencia para orientarse. El edificio actual es resultado de varias etapas constructivas. El origen parece remontarse a finales de la Edad Media, con ampliaciones posteriores que fueron adaptando el templo a las necesidades de cada época.
Más que un interior especialmente rico, interesa cómo se relaciona con las calles que la rodean. El perímetro del templo define una pequeña plaza irregular donde el espacio se mide con cuidado. Las casas se arriman a los muros de granito y el conjunto conserva bastante bien la escala tradicional del pueblo.
Cerca de la calle Real se mantiene un arco gótico que formó parte de una antigua posada. Los caminos hacia El Escorial pasaban relativamente cerca, y durante siglos estos pueblos servían como paradas intermedias para arrieros y viajeros. El arco sobrevivió porque quedó integrado en una vivienda.
La Torre del Reloj completa ese pequeño recorrido por el centro. Su estructura mezcla mampostería y ladrillo, resultado de añadidos posteriores. Las campanas siguen marcando las horas y se oyen en buena parte del casco urbano.
El río Perales y los antiguos molinos
El río Perales atraviesa el término municipal antes de dirigirse hacia el valle del Tajo. Su caudal permitió durante mucho tiempo el funcionamiento de varios molinos harineros. Hoy quedan los edificios y algunos elementos de la maquinaria.
Existe un recorrido señalizado que sigue el curso del río y conecta varios de esos molinos. No son construcciones monumentales. Son edificios de trabajo, levantados con piedra local y pensados para aprovechar la fuerza del agua. Caminar por ese tramo del Perales ayuda a entender cómo funcionaba la economía rural de la zona hasta bien entrado el siglo pasado.
Algunos de los senderos coinciden con caminos antiguos que enlazaban pueblos de la sierra. Las piedras del firme, desgastadas por el paso continuado de animales de carga, todavía se reconocen en varios tramos.
Ermitas, escuelas y memoria local
Fuera del núcleo principal aparecen pequeñas construcciones que hablan de la vida cotidiana de otros tiempos. Una de ellas es la ermita del Santísimo Cristo de la Sangre, situada cerca de la Cañada Real Leonesa. La relación con la vía pecuaria no es casual. Las cañadas eran rutas ganaderas importantes y las ermitas solían ofrecer un lugar de descanso y recogimiento para pastores y caminantes.
Otra ermita, dedicada a San José, fue reconstruida después de la Guerra Civil. Mantiene la tipología sencilla que se repite en muchos pueblos de la Sierra Oeste: muros de mampostería, espadaña y una pequeña explanada delante.
El antiguo edificio de las escuelas conserva aún dos accesos separados. Durante mucho tiempo niños y niñas entraban por puertas distintas, una organización que hoy resulta llamativa pero que fue habitual en la enseñanza pública de finales del siglo XIX y buena parte del XX. El inmueble se utiliza ahora para actividades culturales.
Fiestas y cuestiones prácticas
La vida del pueblo sigue muy ligada a las celebraciones tradicionales. Las fiestas en honor a San Miguel Arcángel se celebran hacia finales de septiembre y concentran buena parte de la actividad local. En invierno se mantiene la costumbre de reunirse en la plaza para despedir el año con una hoguera mientras suenan las campanas de la torre.
Navalagamella se alcanza por carretera desde Madrid atravesando la Sierra Oeste. El coche sigue siendo la forma más sencilla de llegar. Conviene dejarlo en las zonas habilitadas a la entrada y recorrer el centro a pie.
El casco urbano se ve en poco tiempo. Si se añade el paseo por el río o los caminos cercanos, la visita se alarga con facilidad una mañana entera. Las calles empedradas y los senderos del Perales aconsejan calzado cómodo.
Navalagamella no basa su interés en grandes monumentos. Lo que permanece es otra cosa: la continuidad de un pueblo serrano que aún conserva molinos, ermitas, caminos ganaderos y una arquitectura de granito muy ligada al paisaje que lo rodea.