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sobre Pelayos de la Presa
Junto al pantano de San Juan; destaca por su monasterio cisterciense y zonas de baño
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Las nueve de la mañana de un sábado de julio y el aire ya pesa. Desde el puente de la carretera M‑501 se ve el agua del embalse de San Juan, quieta a ratos y rizada en otros, con los bordes de pinos que recuerdan que esto sigue siendo sierra aunque Madrid quede a poco más de una hora. Abajo, en la playa artificial —esa franja de arena que llegó en camiones hace años—, los primeros madrileños despliegan toallas de colores fuertes. Alguien ha traído un altavoz; la música se mezcla con el zumbido de las motos de agua que empiezan a moverse lejos de la orilla.
El pueblo que mira al pantano
Pelayos de la Presa vive de cara al agua. Desde muchas calles el embalse aparece entre los pinos, como una lámina azul que se abre entre cerros redondeados. Las casas se agarran a la ladera, blancas o en tonos crema, con tejados de teja que en invierno se oscurecen con la lluvia.
La plaza mayor es pequeña. Tiene un quiosco de música que hoy se usa más como punto de encuentro que como escenario. A media mañana siempre hay movimiento: gente que baja a comprar el pan, vecinos que comentan cómo está el nivel del pantano, ciclistas que paran un momento antes de seguir carretera arriba.
El término municipal no es grande, pero mezcla dos paisajes muy distintos: los pinares que suben hacia la sierra y las orillas del embalse, donde el aire suele ser más húmedo y huele a agua estancada y resina caliente en verano. La población estable ronda los tres mil vecinos, aunque en los meses de calor la cifra crece bastante. Entonces aparecen coches aparcados donde cabe uno más, niños corriendo en chanclas y terrazas que se llenan cuando cae la tarde.
Lo que duerme bajo el agua
Cuando se construyó el embalse de San Juan, a mediados del siglo XX, el agua cubrió parte del antiguo valle: un puente, molinos y una pequeña ermita que muchos mayores del lugar todavía recuerdan. Cuando el nivel baja mucho —suele ocurrir algunos otoños— hay quien dice distinguir restos de aquellas estructuras asomando entre el barro y las piedras.
Muy cerca está el monasterio de Santa María de Valdeiglesias, fundado en el siglo XII. Los monjes cistercienses organizaron buena parte de la vida económica de esta zona durante siglos: ganado, cultivos y oficios ligados a la lana y las pieles. El nombre de la comarca, de hecho, viene de ese monasterio y de las antiguas iglesias que dependían de él.
Con el paso del tiempo el lugar se fue despoblando y repoblando varias veces, algo bastante común en la sierra madrileña. Lo que hoy es Pelayos creció poco a poco alrededor de esos caminos antiguos que bajaban hacia el río.
Un sábado cualquiera
A mediodía el calor aprieta y la playa se llena. Familias que han bajado desde Madrid con neveras portátiles, sombrillas clavadas en la arena y bolsas de hielo que duran lo que duran. Algunos alquilan kayaks o tablas y cruzan el embalse despacio, dejando una estela que se borra en segundos.
En la orilla, el olor a crema solar se mezcla con el de los pinos calentados por el sol. Si sopla algo de viento, también llega el sonido hueco de las jarcias de los veleros pequeños golpeando los mástiles.
Arriba, en el pueblo, el ritmo es otro. En la calle Real a veces se ve a vecinos sacando una silla a la puerta cuando cae la sombra. Un perro duerme pegado a la pared más fresca. En la tienda del pueblo la compra se hace sin prisa: pan, hielo, algo para la cena. La conversación suele acabar en lo mismo: si el agua está fría, si este año hay más gente que el anterior.
Cuando el sol se va
A última hora de la tarde la luz cambia rápido. El embalse pasa de azul claro a un tono más oscuro, casi metálico. Las barcas de pesca vuelven despacio hacia los embarcaderos y el sonido de los motores pequeños se queda flotando un rato sobre el agua.
En la playa la gente recoge toallas, neveras y sombrillas. Quedan huellas en la arena y el olor húmedo que deja el día cuando baja el calor. En el pueblo empiezan a llenarse las mesas de las terrazas y los niños siguen jugando en la calle mientras aún queda luz.
Las noches de verano aquí suelen refrescar. El aire baja desde la sierra y atraviesa los pinares antes de llegar al pueblo. Huele a resina, a tierra seca que empieza a enfriarse.
Cómo ir y cuándo escaparse
Llegar a Pelayos de la Presa desde Madrid es sencillo: la A‑5 primero y luego la M‑501, que se adentra en la Sierra Oeste y acaba bajando hacia el embalse con curvas suaves entre pinos.
Si puedes elegir, evita los fines de semana de julio y agosto. El acceso a la playa se llena, el aparcamiento se complica y el ambiente cambia bastante. Entre semana, sobre todo por la mañana temprano o al caer la tarde, el lugar se parece más a un pueblo de sierra que a una escapada masiva.
Tradicionalmente a finales de primavera se celebra la romería de San Blas, uno de los momentos en que más vecinos se juntan en la calle. Fuera de esas fechas, el invierno tiene otro ritmo: menos gente, más silencio y senderos alrededor del embalse que se pueden recorrer sin cruzarse con casi nadie.
Pelayos de la Presa no funciona como un sitio de monumentos alineados. Aquí todo gira alrededor del agua: el color que tiene según la hora, el ruido de las lanchas en verano, el olor a pino cuando el sol empieza a caer. Y esa sensación rara de estar en la sierra, con playa delante.