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sobre Quijorna
Pueblo tranquilo conocido por sus hornos de cal históricos; escenario de la Batalla de Brunete
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El pueblo aparece de golpe, después de kilómetros de campos de trigo que parecen no tener fin. Un montículo granítico, algunas casas agrupadas y la torre de la iglesia marcando el punto más alto. Así es Quijorna: un asentamiento pequeño en medio de una llanura agrícola que, durante siglos, funcionó más como lugar de paso y control del territorio que como núcleo grande de población.
La geografía ayuda a entenderlo. A unos 570 metros de altitud, en el borde entre la meseta cerealista y las primeras elevaciones de la Sierra Oeste, el término controla un paso natural hacia el valle del Guadarrama. El lugar ya aparece citado en el Libro de la Montería de Alfonso XI, señal de que el entorno era conocido por sus montes y cotos de caza. La repoblación organizada llegaría más tarde, en el siglo XV, cuando la Corona castellana trató de consolidar estos territorios con población estable.
El señorío y la guerra
A finales del siglo XV, Quijorna pasó a manos de Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, cercanos a la corte de los Reyes Católicos. Como en otros puntos de la meseta madrileña, el señorío garantizaba el control de caminos, pastos y rentas agrícolas. Durante siglos el pueblo funcionó dentro de ese esquema señorial, con una economía basada sobre todo en cereal, ganadería y tránsito de rebaños.
La historia local cambia de escala en julio de 1937. La Batalla de Brunete convirtió todo este sector del oeste de Madrid en frente activo de la Guerra Civil, y Quijorna quedó en medio. Durante días hubo combates intensos en el entorno. Cuando terminó la ofensiva, gran parte del caserío estaba destruido. El pueblo que se ve hoy responde en buena medida a la reconstrucción posterior a la guerra, aunque el trazado básico de calles mantiene la estructura anterior.
En el término todavía se conservan varios restos de fortificaciones de aquella época —búnkeres y refugios excavados o construidos en hormigón— repartidos por campos y pequeñas elevaciones. Algunos aparecen cerca de antiguas vías pecuarias y caminos agrícolas. No siempre están señalizados y muchos se confunden con el terreno, cubiertos de encinas o matorral.
La iglesia en lo alto del cerro
La iglesia de San Esteban Protomártir ocupa el punto dominante del pueblo. El edificio actual se levantó entre finales del siglo XV y el XVI, probablemente sobre una ermita anterior dedicada a San Juan Evangelista. La torre, de granito, se reconoce desde lejos porque sobresale sobre el caserío.
El interior es sobrio. Conserva un retablo barroco de factura madrileña, sin grandes dimensiones pero bien resuelto en la talla. En dependencias de la parroquia se guardan también pequeños exvotos de plata donados por vecinos entre los siglos XVII y XIX, piezas modestas que hablan más de la religiosidad cotidiana que del arte monumental.
Junto a la iglesia se encuentra la antigua casa rectoral. En la fachada aún puede verse un escudo vinculado al linaje de los Cabrera. Es uno de los pocos edificios del entorno inmediato que parece haber atravesado el siglo XX sin transformaciones tan profundas como el resto del caserío.
Un antiguo horno de cal
A cierta distancia del núcleo urbano se conservan restos de un antiguo horno de cal, probablemente activo entre los siglos XVI y XVIII. Es una estructura circular, parcialmente enterrada, con la boca orientada hacia el exterior para la carga de piedra y combustible.
La tradición local sostiene que la cal producida en estos hornos se utilizó en las obras del monasterio de El Escorial, algo que también se cuenta en otros pueblos de la zona donde existieron explotaciones similares. Lo seguro es que durante siglos la cal fue un material esencial para la construcción en toda la comarca, y estos hornos formaban parte de la economía rural.
Hoy el lugar se distingue más por la forma del terreno que por la estructura en sí, bastante cubierta por vegetación.
Caminos y paisaje alrededor del pueblo
El entorno de Quijorna se entiende caminando. El paisaje es el de la campiña del oeste madrileño: parcelas de cereal, algunas manchas de encina y olivo disperso, arroyos estacionales y vías pecuarias anchas que atraviesan el término.
Una de ellas es la Cañada Real Segoviana, que cruza estas tierras de este a oeste. Durante siglos fue utilizada por rebaños trashumantes que bajaban desde la sierra hacia zonas más templadas. Aún hoy se conserva el trazado amplio característico de estas rutas ganaderas.
También hay senderos locales que recorren el entorno agrícola y se acercan a pequeños arroyos y zonas de vegetación más densa. Son recorridos sencillos, más interesantes por el paisaje abierto y el silencio del campo que por la dificultad del terreno.
Para situarse antes de ir
Quijorna está en la Sierra Oeste de la Comunidad de Madrid, a unos cuarenta kilómetros de la capital. El acceso habitual es por carretera desde Brunete y los municipios cercanos del corredor del Guadarrama.
El pueblo se recorre rápido. Lo interesante está más en entender su posición en el territorio —entre campiña y sierra, entre caminos ganaderos y escenarios de guerra— que en acumular monumentos. Merece la pena dedicar algo de tiempo a caminar por los alrededores y fijarse en el paisaje: es ahí donde se entiende por qué el pueblo está exactamente donde está.