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sobre Villamanta
Pueblo con restos romanos sobre la antigua Mantua; tradición agrícola y ganadera
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Villamanta aparece en la documentación con bastante más frecuencia de la que uno esperaría para un municipio pequeño de la actual Sierra Oeste de Madrid. En papeles del Antiguo Régimen ya se mencionan sus dehesas y los pleitos por pastos, señal de que el territorio tenía valor mucho antes de que la carretera lo conectara con la capital. Hoy vive a algo más de una hora de Madrid y ronda los tres mil habitantes, pero su historia se lee mejor si se mira el paisaje que lo rodea: la vega del Alberche por un lado y, al fondo, las primeras dehesas que anuncian la sierra.
Una posible huella romana
A veces se ha relacionado Villamanta con la antigua Mantua Carpetanorum, citada por autores romanos. La identificación no está demostrada, aunque en el término han aparecido restos que apuntan a presencia romana en la zona.
Uno de los indicios más curiosos está reutilizado en una vivienda del casco urbano: una lápida romana empotrada en la fachada. La inscripción está bastante gastada, pero suele interpretarse como una dedicatoria relacionada con un soldado de la Legio VII Gemina. No está expuesta como pieza arqueológica sino integrada en el propio muro, algo bastante habitual en pueblos donde durante siglos las piedras antiguas se reutilizaban sin demasiadas preguntas.
La ubicación del pueblo ayuda a entender por qué hubo asentamientos aquí. Villamanta se sitúa en una pequeña elevación sobre la vega del Alberche, en una zona de tránsito entre la campiña cerealista y los montes más abiertos de encina y alcornoque. Además, por el término pasa la Cañada Real Segoviana, una de las grandes rutas ganaderas de la Meseta. El trazado todavía se reconoce y en algunos tramos se utiliza como camino para caminar o ir en bicicleta.
La iglesia de Santa Catalina
El edificio más visible del pueblo es la iglesia de Santa Catalina. Su construcción se prolongó durante bastante tiempo —entre los siglos XVI y XVII— y esa duración explica que el conjunto mezcle elementos renacentistas con añadidos posteriores.
La torre, robusta y casi sin ornamentación, tiene más aspecto de estructura defensiva que de campanario elegante. En pueblos situados en rutas de paso no era raro que las torres de las iglesias cumplieran también funciones de vigilancia.
En el interior hay varios retablos barrocos de escala modesta. En algunas visitas parroquiales antiguas se menciona también la presencia de reliquias atribuidas a San Dámaso, el papa hispano del siglo IV. No siempre están accesibles y la información sobre su procedencia es escasa, así que conviene tomarlo como una tradición local más que como un dato completamente documentado.
A pocos metros se conserva el edificio que fue hospital de pobres y viandantes. Estas instituciones eran comunes en localidades atravesadas por caminos importantes: daban refugio básico a viajeros, pastores o arrieros que pasaban la noche. El inmueble ha tenido distintos usos con el tiempo, pero su volumen original aún se reconoce.
El paisaje alrededor
La economía del pueblo sigue muy vinculada al campo. En los alrededores predominan las parcelas de cereal —trigo y cebada sobre todo— intercaladas con olivares y manchas de encina. Hacia el oeste el terreno se vuelve más abierto y empieza a recordar la dehesa que caracteriza buena parte de esta comarca madrileña.
Esa mezcla de cultivos y monte bajo explica también la cocina tradicional de la zona: platos contundentes pensados para jornadas de trabajo largas. El cordero, los guisos de legumbres y las rosquillas de anís aparecen con frecuencia en recetarios domésticos de la comarca, aunque cada casa tiene su forma de hacerlos.
Un recuerdo del antiguo ferrocarril
Durante buena parte del siglo XX el pueblo estuvo conectado con Madrid por la línea ferroviaria que iba hacia Almorox. El tren dejó de funcionar hace décadas, pero todavía quedan rastros del trazado y algunos edificios vinculados a aquella infraestructura.
En muchos municipios del suroeste madrileño esa línea marcó durante años el ritmo de la vida cotidiana: transporte de grano, desplazamientos a la capital y llegada de mercancías. Cuando desapareció, la carretera pasó a ser la única conexión práctica.
Cómo recorrer Villamanta
El casco urbano es pequeño y se recorre caminando sin dificultad. La plaza principal funciona como punto de partida natural para subir hasta la iglesia y asomarse después hacia la vega.
Si apetece alargar el paseo, varios caminos salen del pueblo hacia el campo y enlazan con tramos de la Cañada Real Segoviana. Son recorridos sencillos que permiten entender bien el paisaje agrícola de esta parte de la Sierra Oeste.
Villamanta no es un lugar de grandes monumentos. Tiene más que ver con el territorio que lo rodea y con esas capas de historia cotidiana —romana, ganadera, agrícola— que han ido quedando en el paisaje. Si uno camina despacio, aparecen.