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sobre Villamantilla
Pequeño municipio tranquilo rodeado de campo; ideal para el senderismo sencillo
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A esa hora en que el sol empieza a tocar las fachadas, la calle Mayor de Villamantilla todavía está medio vacía. Se oye alguna persiana subir y el roce de una escoba contra el suelo. La luz entra baja, casi horizontal, y resbala por las paredes claras y los zócalos de piedra. El turismo en Villamantilla no tiene mucho que ver con prisas ni con itinerarios largos. Aquí todo ocurre despacio y bastante a la vista.
El pueblo está en la Sierra Oeste de Madrid, a algo más de quinientos metros de altura. No es grande —apenas supera el millar y medio de habitantes— y el trazado se ha movido poco con los años. Calles cortas, casas pegadas unas a otras, patios que no se ven desde fuera. A media mañana suele haber algo más de movimiento en la plaza, donde algunos vecinos se sientan a hablar mientras las campanas marcan la hora.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia parroquial de San Juan Bautista queda cerca del centro. No es un edificio que se vea desde lejos, pero al acercarse aparecen los detalles: piedra algo oscurecida por el tiempo, una puerta pesada, el interior fresco incluso en verano. El templo tiene origen antiguo y ha pasado por varias reformas, algo que se nota en los elementos mezclados y en ciertas piezas del retablo.
Dentro suele haber silencio. Solo pasos y, a veces, el eco de la puerta al cerrarse.
Calles cortas y sombra en las plazas
El casco urbano se recorre rápido, aunque merece hacerlo sin prisa. Algunas fachadas conservan capas de cal y adobe. Otras muestran piedra irregular. Los balcones de hierro aparecen de repente en calles estrechas donde el sol entra solo unas horas al día.
De vez en cuando las calles desembocan en pequeñas plazas con árboles. Los olmos o plátanos dan sombra en verano y cambian mucho el ambiente del lugar. A primera hora de la tarde, cuando el calor aprieta en la Sierra Oeste, estas zonas se quedan casi vacías.
Caminos entre encinas
A pocos minutos andando empiezan los caminos de tierra. Salen del borde del pueblo y se abren hacia dehesas con encinas dispersas. El suelo es claro y seco en verano; en invierno puede tener barro en algunos tramos.
No hay demasiada señalización. Aun así, los recorridos son fáciles de seguir si se mantiene el pueblo a la vista al volver. En una o dos horas se puede caminar por lomas suaves y campos que cambian según la estación: cereal verde en primavera, tonos amarillos al empezar el verano.
Conviene evitar las horas centrales cuando hace calor. La sombra es escasa fuera del casco urbano.
Comida de casa y sobremesas largas
La cocina del pueblo sigue siendo sencilla. Platos de cuchara cuando aprieta el frío, carnes asadas en reuniones familiares, productos del cerdo cuando llega la temporada. Son recetas que pasan de una casa a otra más por costumbre que por intención de conservar nada.
En muchas mesas aparece también la clásica tarta de galleta. Capas blandas de galleta, crema dulce y chocolate por encima. Suele salir al final, cuando la conversación ya va despacio y nadie tiene prisa por levantarse.
Fiestas que siguen el calendario
Las celebraciones principales giran en torno a San Juan Bautista, hacia finales de junio. Durante esos días hay procesiones y actos que organizan los propios vecinos. En agosto llegan las fiestas de verano, con más movimiento en las calles y actividades que cambian según el año.
En noviembre todavía se mantiene, en algunas casas, la tradición de la matanza. No es un evento público. Más bien una costumbre familiar que se repite cuando llega el frío.
Un paseo breve por Villamantilla
Villamantilla se entiende rápido. Desde la plaza se puede caminar por la calle Mayor, acercarse a la iglesia y seguir alguna calle secundaria antes de salir hacia los caminos del campo. En un par de horas hay tiempo suficiente para verlo con calma.
Al mediodía el pueblo se recoge. Las calles quedan casi vacías y el sonido más constante suele ser el de alguna puerta cerrándose. Hacia el atardecer vuelve a aparecer gente en la plaza. La luz se vuelve más suave y las encinas de alrededor empiezan a oscurecer el horizonte. Es, probablemente, el momento más tranquilo para caminar por aquí.