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sobre Villanueva de Perales
Pueblo sencillo y acogedor; conserva tradiciones rurales y entorno natural
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Hay un momento en el que la M-501 deja de ser esa especie de autopista urbana con arcén y empieza a parecerse a lo que es: una carretera que atraviesa dehesa y monte bajo. El tráfico se rala, el asfalto se estrecha y de pronto ves un cartel que dice “Villanueva de Perales, 8 km”. Justo después, una gasolinera que parece cerrada pero casi siempre tiene movimiento. Ahí es cuando el turismo en Villanueva de Perales empieza a tener sentido: no es un destino al que llegues por casualidad absoluta, pero tampoco es uno de esos sitios que salen en todas las listas.
El pueblo que no quería depender del vecino
La historia de Villanueva de Perales se parece a esas discusiones familiares que acaban con uno mudándose a la casa de al lado. Durante mucho tiempo dependió de Perales de Milla, un asentamiento que hoy ya no existe como municipio. En algún momento del siglo XIX los vecinos decidieron organizarse por su cuenta y levantar su propio núcleo con iglesia y administración propias.
Sigue siendo un pueblo pequeño, de algo más de mil setecientos habitantes, donde el casco urbano se recorre rápido. Diez minutos si vas tranquilo. Calles con bastante pendiente, muros de granito y esa sensación de que el pueblo se colocó donde el terreno lo permitió, no donde habría sido más cómodo.
El ayuntamiento, por cierto, rompe bastante con el resto. Es una obra de Miguel Fisac de finales del siglo XX y tiene ese aire moderno que a muchos les descoloca la primera vez. No es que quede mal; es más bien como encontrar un móvil último modelo en la mesa de una casa de campo. Te hace mirar dos veces.
Donde pasan las cañadas reales
Si vienes hasta aquí, lo interesante suele estar alrededor del pueblo más que dentro. Por el término pasan dos cañadas reales importantes, la Segoviana y la Leonesa. Durante siglos fueron las grandes rutas de la trashumancia y todavía hoy se reconocen bien en el paisaje: caminos anchos, encajados entre encinas y cercas.
Ahora conviven varios usos. Algún rebaño todavía pasa de vez en cuando, pero lo habitual es cruzarse con gente caminando, ciclistas de fin de semana o vecinos que salen a dar una vuelta larga con el perro.
Si te fijas, también quedan rastros de épocas más recientes. En la zona de la Cañada Real Segoviana se conservan varios nidos de ametralladora de la Guerra Civil, medio ocultos entre la vegetación. No están señalizados de forma especial; aparecen de repente, como si alguien los hubiera dejado allí y nadie se hubiera preocupado mucho por moverlos.
Por el campo también se menciona a menudo el antiguo despoblado de Valdetablas. Hoy apenas quedan restos visibles —algún muro bajo, piedras dispersas— y bastante debate sobre cuándo se abandonó exactamente.
La fiesta del Cristo y el pueblo lleno
A comienzos de mayo suele celebrarse la fiesta del Cristo de la Campana, uno de esos momentos en los que el pueblo cambia completamente de ritmo. Llegan vecinos de localidades cercanas, familiares que viven en Madrid y bastante gente que vuelve solo ese fin de semana.
Hay encierros con novillos por una de las calles con más pendiente del casco urbano. No duran demasiado, pero el ambiente es intenso mientras pasa. Luego vienen la procesión, las reuniones en la plaza y comidas populares bastante sencillas —huevos con chorizo, por ejemplo— que aquí se viven como una tradición de toda la vida.
Los del pueblo bromean diciendo que “vienen hasta de los Madriles”, como si el viaje fuera larguísimo, cuando en realidad la capital está a poco más de cuarenta kilómetros.
La iglesia de San Sebastián
La iglesia de San Sebastián es el edificio que marca el centro del pueblo. No es grande ni especialmente llamativa, pero lleva ahí siglos y sigue cumpliendo su papel. Las campanas, que se dice que son antiguas, todavía marcan el ritmo de las horas.
La plaza que la rodea tiene ese ambiente tranquilo de los pueblos pequeños: casas de granito, algún banco donde siempre hay alguien sentado y, en invierno, olor a leña saliendo de alguna chimenea cercana.
Dentro todo es bastante sobrio. Cera, madera oscura y ese silencio que solo tienen las iglesias de pueblos donde entra poca gente a la vez.
¿Merece la pena parar en Villanueva de Perales?
Depende mucho de lo que esperes encontrar. Si vienes pensando en un pueblo lleno de tiendas para visitantes o terrazas pensadas para pasar la tarde entera, aquí no va por ahí la cosa. El ritmo es otro.
Ahora bien, si te gusta ese tipo de sitio donde puedes salir a caminar sin rumbo claro, cruzarte con dos o tres vecinos y acabar en un camino que lleva entre encinas durante kilómetros, entonces encaja bastante.
Mi consejo: acércate una mañana tranquila. Da una vuelta por la plaza, sube hasta el pinar que hay a las afueras —son pocos minutos pero la cuesta se nota— y luego sigue ruta por la Sierra Oeste. Villanueva de Perales funciona mejor como parada corta: lo ves sin prisa, entiendes cómo es el lugar y sigues camino con la sensación de haber pasado por un pueblo que vive más hacia dentro que hacia fuera.