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sobre Torrelodones
Municipio residencial de prestigio dominado por su atalaya árabe junto a la A-6
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Torrelodones se alcanza rápido desde Madrid. Llegas por la M‑503 y lo primero que ves son centros comerciales y tráfico. La impresión inicial es la de un municipio dormitorio más. Luego subes un poco y aparece la atalaya sobre el valle del Guadarrama. Esa torre explica casi todo.
Cómo no perder el tiempo
Aparca por la zona de la avenida de la Constitución. Suele haber sitio y te evitas vueltas por calles estrechas del casco antiguo, que no están pensadas para coches grandes.
La subida a la Atalaya son unos veinte minutos andando. El primer tramo es de hormigón y luego pasa a sendero. Ve por la mañana. A mediodía el sol pega fuerte, sobre todo en verano.
La torre a veces está abierta y a veces no. No tiene un horario claro y depende de cómo esté el cierre. Si no se puede entrar, quédate fuera: desde la ladera ya se ve bien el encinar, la autovía de La Coruña y, cuando el día está limpio, la silueta de Madrid bastante lejos.
Lo que hay y lo que no
El casco histórico se ve rápido. Media hora, quizá algo más si paras.
La iglesia de la Asunción es sencilla. El campanario parece más antiguo de lo que realmente es. Cerca queda la fuente del Caño, un antiguo lavadero donde durante siglos se hacía la colada.
Arriba, en lo alto del monte, está el Canto del Pico. Es un palacete de principios del siglo XX construido con piezas traídas de otros edificios históricos. Lleva años cerrado y normalmente solo se ve desde fuera.
No esperes un pueblo serrano de postal. Torrelodones es mezcla de urbanizaciones, carreteras y monte. Hay bares de toda la vida donde el fin de semana salen callos o cocido, pero tampoco es un lugar al que se venga solo a comer.
La historia que suele quedar en segundo plano
La atalaya es de origen andalusí. Formaba parte de la red de torres que vigilaban los pasos hacia la sierra. Desde aquí se controlaba el valle y se enviaban señales a otras torres de la zona.
Con el avance cristiano la torre siguió usándose como punto de vigilancia. Mucho después, durante la Guerra Civil, el cerro volvió a tener uso militar como observatorio. Todavía se aprecian marcas en la piedra, aunque no siempre está claro de qué época son.
El nombre de Torrelodones parece venir del almez, un árbol que antiguamente era común por esta zona. Hoy quedan pocos. El topónimo aparece en documentos medievales con grafías parecidas a “Torre de Lodones”.
Rutas para quemar el cocido
El paseo más habitual es el que sube a la Atalaya. Entre ida y vuelta ronda los tres kilómetros. No tiene dificultad técnica, pero el terreno es pedregoso en algunos tramos.
Alrededor del municipio hay varios caminos por encinar y roca granítica. Se usan mucho para caminar o para bici de montaña. No hay grandes desniveles, pero conviene llevar calzado con suela firme.
También se puede bajar hacia el valle del Guadarrama por pistas forestales que salen del entorno del casco urbano. Son recorridos tranquilos si vas sin prisa y con agua.
Consejo de sobreviviente
Torrelodones funciona mejor como parada corta que como excursión de día entero. Sube a la atalaya, da un paseo por el casco y sigue camino hacia la sierra.
Si puedes, ven entre semana. Los fines de semana llega mucha gente de Madrid y aparcar se complica más de lo que parece.
Y trae buen calzado. El suelo es granito suelto y castiga los tobillos más de lo que parece en el mapa.