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sobre Molina de Segura
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Las campanas de la iglesia de San Roque dan las ocho cuando el sol apenas empieza a despejar el Valle del Segura. Desde el cerro del Castillo, donde los restos de la muralla vigilan el paso del río, se observa cómo la luz revela los campos de cítricos que rodean Molina de Segura. Es el momento en que el aire huele a pan recién horneado y todavía conserva el frescor de la noche antes de que el calor apriete.
Desde aquí arriba, el casco antiguo se dibuja como un laberinto de tejados de teja árabe y calles que serpentean buscando la pendiente. Las casas se apiñan para protegerse del sol, con sus muros de tapial que guardan la temperatura de las horas centrales. En invierno, la ladera se vuelve plateada con la escarcha que baja desde la Sierra de la Espada, un recordatorio de que estamos a quinientos metros de altitud.
La huella del agua y la industria
El MUDEM abre sus puertas a las diez. El museo ocupa lo que queda de la antigua fortificación islámica y su torre de nueve lados es una rareza en la Región. Desde lo alto, el paisaje es un contraste evidente: aquí conviven los restos del hisn del siglo XI con las chimeneas de las fábricas que marcaron el ritmo económico de la zona durante décadas.
La ruta de las chimeneas permite recorrer el casco urbano marcando los puntos donde antes rugían las máquinas. Algunas estructuras se mantienen en pie, oxidadas, como testigos de una época reciente. En la calle de la Virgen, un antiguo molino de harina ha sido reconvertido en viviendas, aunque conserva la rueda hidráulica clavada en la fachada. Es habitual escuchar a los vecinos recordar las historias de sus abuelos sobre el trabajo en estos molinos antes de la riada del 51.
El sabor de la tierra
A mediodía, el aroma a pimentón tostado se mezcla con el de los naranjos en flor. En las barras del centro, las migas ruleras se sirven con chorizo local. Es un plato que marca el calendario: en verano se acompaña con melón, en invierno con uvas. La olla de cerdo con alubias blancas aparece en los menús cuando el termómetro baja de los quince grados, mientras que el mondongo viudo —ese arroz con patata que a menudo sorprende al visitante— es una constante en las cartas.
Si preguntas por el arroz a la huertana, descubrirás que cada casa tiene su propia versión. La verdura cambia según el mes: habas en marzo, judías verdes en junio, cardo en diciembre. Es un plato que sabe a trabajo de campo, a esas madrugadas en las que los regantes abren las compuertas y el agua corre por las acequias como lo ha hecho durante siglos.
La vida en la laguna
La laguna de Campotéjar queda a quince minutos en coche. En primavera, los tamarices se llenan de malvasía cabeciblanca, una especie que se identifica por la nuca blanca del macho. Conviene llevar prismáticos y paciencia: la observación suele ser más productiva al amanecer, cuando la bruma sobre el agua crea espejos sobre la sierra.
El sendero es plano, de unos tres kilómetros, y permite desviarse hacia la rambla del Cigarrón. Aquí crecen los espartales que dieron sustento a generaciones de molinenses. Algunos talleres familiares persisten en el barrio de las Capuchinas, donde todavía se puede percibir el olor a esparto mojado, una textura que definía la artesanía local antes de la mecanización.
El pulso de las fiestas
En septiembre, la Virgen de la Consolación baja de su ermita y el pueblo entra en un ciclo de nueve días de actividad. Antes, el segundo fin de semana del mes, el B-Side traslada la música al polígono industrial, un escenario inusual entre naves. En octubre, el teatro de calle toma plazas y esquinas; es común ver a los vecinos sacar las sillas a la puerta de casa para seguir las representaciones. En Torrealta, el Vía Crucis de Semana Santa sube hasta la sierra con antorchas. La representación se extiende durante cuatro horas y culmina con la crucifixión al amanecer del Viernes Santo, una tradición que se vive desde dentro de las cofradías locales.
Notas para la visita
El AVE llega a Murcia en cincuenta minutos desde Madrid; desde allí, la línea 41 de autobús conecta con Molina en unos veinte minutos. Si viajas en coche, la A-30 es la ruta directa, pero la antigua N-301 permite atravesar los campos de cítricos que tiñen la vega de verde y amarillo.
Conviene evitar julio y agosto por el calor seco del valle. Octubre y noviembre son meses más amables para caminar sin prisa. En enero y febrero, la sierra suele aparecer nevada y los días despejados permiten divisar el mar a lo lejos. En Molina no busques grandes hoteles; encontrarás casas de comidas que cierran después del servicio de tarde y bares donde el café se sirve en vaso de cristal. Es un lugar donde la historia se siente en los escalones desgastados y donde el futuro industrial convive con la huerta de siempre.