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sobre Alcantarilla
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Te voy a contar un secreto: Alcantarilla es como ese vecino que vive en la misma calle que tú toda la vida y un día descubres que tiene una historia que contar. Está ahí, a siete kilómetros de Murcia, tan cerca que parece un apéndice de la capital, pero tiene un carácter que no se contagia de las grandes ciudades. Y no me refiero solo a la base aérea ni al polígono industrial (aunque, siendo honestos, es parte de su ADN).
La huerta que se negó a desaparecer
Coge el coche por la autovía y en diez minutos estás allí. El viaje es tan corto que da tiempo justo a poner una canción. Pero cuando bajas, notas algo distinto. Aquí el aire no huele a asfalto, huele a tierra mojada y a esa mezcla de campo que queda en la huerta murciana.
El pueblo tiene su aquel: en el siglo XIII el Segura se salió de madre y el asentamiento original se fue al garete. En vez de tirar la toalla, se mudaron a una colina más alta y siguieron adelante. Esa es la primera impresión: esta gente no se rinde fácilmente.
El Museo Etnológico de la Huerta lo demuestra. Está en una casa señorial del siglo XVIII y cuando entras te encuentras con la vida tal cual la vivían los de antes. Aperos de labranza, trajes tradicionales y fotos en blanco y negro de gente que trabajaba la tierra antes de que existiera Instagram. Es un sitio pequeño, pero te explica por qué este lugar sigue en pie.
Cuando los murales hablan más que los folletos
Aquí viene la sorpresa: Alcantarilla tiene más de 50 murales repartidos por las paredes. No es que hayan decorado cuatro fachadas; es que han convertido el casco urbano en un museo al aire libre. Hay un mural de Dale Grimshaw, que tiene su fama internacional, justo al lado del centro de salud. Imagínate ir a que te saquen sangre y encontrarte con eso.
La ruta de arte urbano es como un juego: vas por la calle, giras en una esquina y ahí está un rostro gigante mirándote. Algunos hablan de la huerta, otros de la historia, otros de cosas que no terminas de entender pero que se dejan mirar. No hay prisa, el pueblo se recorre fácil a pie. Eso sí, si vienes en agosto, lleva agua; aquí el asfalto se calienta tanto que podrías freír un huevo encima.
La noria que sigue dando la vuelta
En el centro hay una noria de once metros de diámetro que sigue funcionando. No es un decorado para turistas, es maquinaria real. Es como encontrar un teléfono de disco que, contra todo pronóstico, sigue haciendo llamadas. Los árabes la construyeron en el siglo XV y ahí sigue, girando. Es Monumento Histórico, claro, pero lo importante es que aún sube agua del río. Eso sí, ahora hay un motor eléctrico que le echa una mano. No todo va a ser romanticismo.
Junto a ella quedan 22 arcos del antiguo acueducto. Son como los dientes de un viejo que se niega a perder la sonrisa. Te puedes sentar en un banco de la plaza y ver pasar la tarde. No hay una audioguía que te dé la brasa, y se agradece: son piedras que han visto pasar siglos de gente como tú y como yo.
De brujas y otros malentendidos
Resulta que Alcantarilla tiene su historia con la caza de brujas del siglo XVIII. Sí, aquí también se quemaba gente, no solo en Salem. Pero mira qué cosas: ahora lo celebran con una fiesta infantil. El último fin de semana de mayo, durante las fiestas de la Virgen de la Salud, los niños participan en la "Caza y juicio de la Bruja". Es como una representación local que se toma con humor.
La Semana Santa también tiene su aquel. No es el despliegue de la capital, pero tiene algo diferente: la cercanía. Aquí no hay vallas que te separen del paso; te puedes colocar en cualquier esquina y ver el desfile casi rozándote. Y cuando termina, los costaleros se van al bar de siempre, como si acabaran de terminar la mudanza de un primo.
Lo que se come cuando nadie mira
Aquí no vienes por las vistas, vienes por el plato. Los paparajotes son el reclamo: hojas de limonero rebozadas con masa, fritas y azucaradas. Suena raro, ¿verdad? Pues están buenos. Es como comerse un trozo de jardín, pero en el buen sentido.
El zarangollo es otro clásico: calabacín, cebolla y huevo revueltos. Parece sencillo, pero aquí lo hacen como debe ser, despacio. Y el arroz con habichuelas… si vienes en invierno y hace fresco, te sienta como un abrazo de abuela.
En Navidad hacen las tortas de recao. No preguntes qué es el recao, mejor pruébalas. Son como esos dulces que tu madre dice que no te gustarán y luego te comes tres.
El truco está en saber por qué vienes
Aquí no hay catedrales ni castillos. Lo que hay es un pueblo que trabaja, que produce y que sigue siendo lo que es, a pesar de tener al lado a la gran urbe. Es como ese primo que no se ha ido del pueblo y tiene la vida más interesante que el que se fue a Londres.
Mi consejo: ven un sábado por la mañana. Empieza en el museo, sigue la ruta de murales, siéntate un rato junto a la noria, come algo en cualquier bar donde veas a la gente del lugar —si hay menú del día y terraza llena, es buena señal— y cuando el cuerpo pida, vuelve a casa. En cuatro horas lo has visto todo, pero te llevas una idea de lo que es realmente la huerta murciana. No es el sitio más llamativo de la región, pero es de los más sinceros.
Y si vienes en mayo, pilla el fin de semana de la bruja. Verás a los niños disfrazados y a los mayores riéndose de algo que hace trescientos años era una tragedia. Eso sí, no te pongas a hablar de "turismo rural" con los locales. Ellos no viven de eso, viven de la huerta, del polígono, de la base aérea. El turismo es algo que pasa, no algo que les define. Y en tiempos de pueblos que venden humo, eso es de agradecer.