Artículo completo
sobre Alhama de Murcia (Murcia)
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las ocho de la mañana, el sol calienta las piedras del castillo y el aire huele a romero y a pan recién hecho que sube desde el barrio bajo. Desde aquí arriba, la huerta murciana se extiende en parcelas rectangulares: los limoneros de un verde pálido, los naranjos más oscuros y, entre medias, el brillo metálico de los invernaderos. Alhama de Murcia despierta despacio, como si el peso de los siglos le obligara a moverse con parsimonia.
El agua bajo el suelo
Los baños romanos permanecen a la sombra de un algarrobo centenario. El agua sigue manando a 37 grados, la misma temperatura que encontraban los legionarios del siglo I al sumergirse tras las guardias. Hoy, un museo de cristal protege las losas de mosaico, pero el olor a azufre se mantiene intacto. El recinto se divide en dos: el área medicinal, donde los vecinos aún recuerdan a sus abuelos buscando alivio para sus reumas, y la zona recreativa, con sus hipocaustos visibles y el rastro de una arquitectura pensada para la reunión.
El guarda suele abrir sobre las diez. Si llegas antes, verás cómo la niebla del agua caliente se mezcla con el vapor del primer café de la mañana que llega desde las casas cercanas. Es el momento en que el pueblo aún no se ha puesto el disfraz de día, cuando los perros callejeros deciden si dormirán bajo el puente o en la plaza de abastos.
La cicatriz de la Iglesia de la Encarnación
La Iglesia Mayor de la Encarnación muestra una grieta vertical que recorre toda su fachada. Es la herida del terremoto de 1884, cuando la tierra tembló durante cuatro días y dejó la torre al borde del desplome. Una inscripción de mármol negro en el interior lo relata con sequedad: "El año 1884 siendo Rey de España D. Alfonso XII esta Iglesia fue destruida por el terremoto y reedificada con su auxilio".
Dentro huele a cera y a piedra fría. La luz entra por el rosetón y dibuja círculos en el suelo de mármol que se desplazan como un reloj de sol lento. La sacristán, si está, te dirá que la imagen de la Virgen que preside el altar mayor fue la única que no se cayó durante el seísmo. Lo cuenta como quien habla del tiempo, mientras acomoda las flores para el próximo oficio.
El castillo y el trazado de la ladera
El castillo árabe se alza en el punto más alto, donde el viento silba entre los merlones. Desde aquí se entiende la estructura de Alhama: la parte vieja escalonada en la ladera, con sus calles estrechas que sirven de desagüe natural para el agua de lluvia; y la parte nueva extendiéndose hacia la Vega Media, con sus chalets y rotondas. En los muros de tapial se distinguen aún los encajes de yeso que los alarifes musulmanes usaban para que las paredes respiraran.
Bajando por la calle de la Inquisición se llega a San Lázaro, la ermita más antigua del municipio. Documentada en 1390, tiene la particularidad de estar dedicada al santo de los leprosos en un lugar que nunca albergó leprosería. La piedra tostada por el sol guarda el frescor en el interior, donde las velas de los devotos han dejado en las paredes un patrón de humo negro que parece un mapa de territorios inexplorados.
La vida en las pedanías y el ciclo del año
En agosto, Alhama se vacía hacia el Mar Menor o se refugia en El Berro, la pedanía del interior. Allí, durante las fiestas de la Virgen de los Dolores, el pueblo multiplica su población. Los que regresan buscan la certeza de un paisaje que resiste: los pinos del Santuario, el río Alhama formando pozas entre los cantos rodados y el olor a tomillo que se adhiere a la ropa.
El Auto de los Reyes Magos se representa en enero, cuando el aire corta y los actores deben soplar antes de entrar a escena para que no se les vea el aliento. Llevan más de 150 años repitiendo los mismos diálogos. Los niños del pueblo crecen asumiendo que algún día les tocará ser Melchor o Gaspar, una tradición que sobrevive al paso de las eras y las cosechas.
Notas para el camino
No busques platos de carta con el sello de Alhama; pregunta en la plaza de abastos un sábado por la mañana. Las empanadillas de rabo de toro se hacen en casas concretas, con recetas que no se escriben. El queso de cabra local tiene un punto amargo que proviene de las matas de albahaca silvestre que pastan los animales en el campo.
Si vienes en primavera, lleva algo de abrigo para las noches. El viento baja de la Sierra de Carrascoy y refresca incluso en mayo. Evita el mes de agosto: el calor aprieta y el pueblo se llena de coches buscando la foto del castillo, perdiéndose lo que realmente importa: el silencio de las siete de la mañana, el olor a pan recién hecho y la sombra fresca de San Lázaro cuando el sol aprieta en la plaza.