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sobre Archena
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Llegué a Archena con la pereza de quien va al médico. Un amigo juraba que las aguas del balneario le habían arreglado la espalda, esa que arrastra desde que se compró el colchón de oferta en una gran superficie. Yo llevaba tres meses durmiendo en el sofá, así que apreté el acelerador y dejé que el Segura me guiase hasta este rincón del Valle de Ricote que, visto desde la autovía, parece un pueblo cualquiera pegado a una carretera regional.
Agua, sudor y el olor a azufre
Lo primero que ves al aparcar es la fila de plátanos centenarios que hacen de guardaespaldas al río. Parecen esos abuelos que se ponen al sol con la boina puesta: callados, tiesos, sabiendo que nadie los va a mover de ahí. El balneario los tiene enfrente, con sus hoteles que parecen hermanos mayores que se han quedado con todo: el agua, la fama y las habitaciones con vistas a las piscinas. Eso es lo que sorprende: ver cómo el agua brota a 52 ºC, como si la tierra tuviese fiebre. Los romanos ya lo vieron claro. Hoy el sitio es un complejo con toboganes y gente flotando en una piscina que huele a azufre.
Me metí una hora. Salí arrugado como una pasa y con la piel tan suave que hasta me dolían las palmas de las manos. ¿Curó mi espalda? No, pero al menos me duché sin que me entrase agua fría por el desagüe, que ya es un logro.
De la Casa Grande al bikini de esparto
El pueblo es un túnel de sombras y calles cortas. La Casa Grande, con sus balcones de hierro, parece la sede de un club de jubilados que se resiste a cerrar. Ahí dentro se decide todo desde que el ayuntamiento se mudó tras ser almacén de trigo. La iglesia de San Juan Bautista, al lado, es de esas que no llaman la atención: fachada de ladrillo, campanario cuadrado y un retablo que parece puesto con prisas. Entré cuando sonaban las campanas y un vecino me soltó: "Si quiere verla bien, venga a la misa de ocho, que encienden las luces". Dato útil.
El Museo del Esparto es otra historia. Está en un palacete modernista que parece casa de muñecas. Dentro hay de todo: cepillos, sillas, cestas y un bikini de esparto que alguien debió usar como castigo. El jardinero me contó que el eucalipto del patio tiene seis metros de perímetro: "Lo midió la policía local, por si un día se cae y hay que repartir culpas". Me quedé mirando la copia a tamaño real de la iglesia hecha con fibra de esparto y pensé que eso es lo que pasa cuando a un artesano le sobran tardes de domingo.
El arroz que sabe a campo
La comida es la excusa para volver. El arroz con conejo se hace "a la lumbre", que viene a ser como cocinar en una hoguera sin prisa y con sarmiento de vid. El resultado sabe a campo, a humo y a domingo. Lo sirven en casas de comidas donde los camareros te miran raro si te pones exquisito con los ingredientes. Las gachasmigas —una especie de papilla que se vuelve contundente si le añades cerdo— son el plato de lluvia: si cae agua, se cocinan. Es como una ley meteorológica. Y los postres tienen nombres que parecen de broma: pitisú, negritos, cordiales… como si los hubiese bautizado alguien con mucha hambre.
Subir al Ope sin pedir el rescate
Para quemar el arroz hay dos opciones: el paseo fluvial de siete kilómetros con poemas de Vicente Medina grabados en piedra o la subida al Ope, un cerro de 250 metros de desnivel que parece poca cosa hasta que llevas diez minutos y sudas más que en el spa. Desde arriba, Archena se ve como un LEGO tirado junto al río: casas blancas, el balneario que parece un oasis y el Segura que serpentea buscando salida. Bajé con las rodillas temblando y la sensación de haber pagado el arroz dos veces.
Fiestas que no venden entradas
Si vienes en abril te encuentras con moros y cristianos disparando trabucos a las cuatro de la tarde y bebiendo en la puerta del bar. En mayo, la Virgen de la Salud baja en procesión hasta el balneario como quien va a llevar la toalla a casa del vecino. Y en junio las alfombras de Corpus Christi cubren las calles con pétalos que duran lo que un story de Instagram. Nada es gratuito, pero tampoco te cobran por mirar. Ese es el truco: Archena no te pide que compres, solo que no estorbes.
Consejo: ven en primavera, cuando los albaricoqueros del Valle florecen y el aire huele a miel y cloro. Prueba los vinos de la zona sin preguntar la uva y, si el cuerpo pide tregua, métete una hora en el spa. Luego sube al Ope, baja con agujetas y termina en una mesa que no aparezca en los primeros resultados de Google, comiendo arroz con conejo y pensando que, al final, el agua caliente no cura la vida, pero ayuda a sobrellevar lo que pesa.