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sobre Fortuna
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Fortuna es como ese tío del pueblo que se pasa el día en el bar diciendo que tiene un contacto importante en la capital y que él mismo descubrió las aguas termales. Y resulta que, bueno, no va tan desencaminado. Porque aquí, en este rincón del interior murciano que suele esquivar los mapas de los turistas, llevan dos mil años metiendo la pata en agua caliente y sacándole partido.
El agua que todo lo cambia
Lo primero que ves al llegar es el balneario. No esperes música ambiente ni velas aromáticas. El de Fortuna es de los de toda la vida: azulejos de otra época, olor a cloro y a historia, y un señor en la entrada que te mira como si fueras a pedirle la receta de la juventud eterna. Las termas romanas están ahí, debajo, como los cimientos de tu casa pero con mejor pedigrí. Construyeron esto cuando por aquí solo había romanos, conejos y una fuente que salía caliente sin que nadie la pidiera.
Te metes en la piscina de agua sulfúrica (que huele un poco a huevo podrido, pero tú hazte el loco) y sales jurando que te ha desaparecido el dolor de espalda. Entre que el agua está a 36 grados y te relajas, hasta te olvidas de las facturas que dejaste pendientes en casa.
La Cueva Negra y los mensajes en latín
A unos kilómetros del casco urbano está la Cueva Negra. Suena a nombre de película del Oeste, pero es un santuario romano donde hacían rituales para pedir salud o fidelidad. Las paredes tienen inscripciones con mensajes del estilo "Marco, si lees esto, soy tuyo para siempre", pero en latín y con mejor caligrafía que la tuya.
La ruta para llegar es sencilla. Eso sí, lleva agua de sobra: en el interior de Murcia, el verano es como una sartén donde alguien te está dando la vuelta constantemente.
Tradiciones entre túnicas y tracas
El tercer fin de semana de agosto celebran las Sodales Íbero-Romanas. Es como un carnaval con túnicas y sin caramelos. La gente se disfraza de lo que puede y recrean batallas que nadie sabe quién ganó realmente. Hay cerveza, porque los romanos también bebían, aunque ellos lo llamaban "cervesa" y lo hacían con agua del Tajo.
Después viene San Roque, con su procesión y su traca. Una traca que suena a metralleta, pero es legal. Los locales dicen que es la mejor de la comarca. Como no he oído las otras, pues les creo.
La comida: contundencia pura
El gazpacho jumillano es el plato estrella. Olvida el gazpacho andaluz de verano; esto lleva conejo, verduras y es de esos platos que te dejan listo para echar la siesta hasta el lunes. Luego está el zarangollo —revuelto de calabacín y cebolla— y las migas ruleras, que son pan duro, ajos y panceta. Te las comes y entiendes por qué los abuelos se levantaban a las cinco: necesitaban ese margen de tiempo para digerir el almuerzo.
De postre, los roscos de vino. Son duros como piedras, pero una vez que les coges el punto, enganchan. Como los anillos de matrimonio, pero más baratos y sin tanto compromiso.
Un pueblo que no vive de la foto
Fortuna no está preparado para el turismo de masas. Tiene un par de casas rurales, el balneario y poco más. Y se agradece. No verás souvenirs de plástico ni camisetas con eslóganes prefabricados. Lo que sí verás es gente en la plaza, un bar donde sirven café como Dios manda y un carnicero que te pregunta "¿para hoy o para mañana?" como si fueras de la familia.
La mejor época para venir es entre octubre y mayo. Si te empeñas en venir en agosto, hazlo por la noche. Existe una ruta nocturna de leyendas donde te cuentan que el médico del pueblo era tan bueno que hasta el rey Alfonso XIII hizo parada aquí en 1925. Dicen que fue por los caballos, pero yo creo que era para que le miraran la gota.
Cómo llegar y qué esperar
Coges la A-7, sales en dirección a Fortuna y te metes por una carretera que parece que no lleva a ninguna parte. Llegas, aparcas y piensas "¿esto es todo?". Pero te bajas del coche, hueles a limonero, oyes a un señor que regaña a su burro en murciano cerrado, y de repente entiendes por qué la gente se queda. No es el pueblo más visitado de España, pero tiene agua caliente, comida que te obliga a desabrocharte el cinturón y gente que no te mira raro por llevar mochila.
Cuando te vayas, llevarás en los bolsillos un par de roscos de vino y la sospecha de que, quizá, ese primo del bar tenía razón.