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sobre Fuente Álamo de Murcia
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El olor a limón recién cortado te golpea antes de ver el pueblo. Es septiembre y los campos que rodean Fuente Álamo están cargados de fruta que pesa las ramas hasta el suelo. Desde la carretera, el campanario de San Agustín se recorta contra el cielo blanco como un trazo de grafito. Abajo, en la plaza, los hombres llevan las camisas abiertas y hablan con las manos, pausados, como si el calor les hubiera enseñado que no hay prisa.
Cuando el pueblo era frontera
Fuente Álamo no guarda la historia en callejones de piedra ni murallas medievales. Se fundó en 1520, cuando esta tierra todavía conservaba el eco de la conquista y el campo se abría paso entre la incertidumbre. El pueblo se extiende plano, con calles anchas que parecen trazadas con regla: aquí no había que defenderse tras los muros, había que sembrar.
La iglesia de San Agustín lo cuenta sin palabras. Empezaron a levantarla en el siglo XVI y conserva esa mezcla de solidez y aire seco que tienen los templos del sur. El barroco murciano es así: menos oro, más sol. Por dentro huele a cera y a madera vieja. Si entras un martes por la mañana, es probable que estés solo. La luz entra por las claraboyas y dibuja rectángulos sobre el suelo de baldosas rojas.
La mesa donde no sobra nada
Aquí se come lo que el campo da. El cordero que pastó en los montes de Carrascoy, los limones que cuelgan de los árboles hasta bien entrado el invierno y los productos de la matanza que aún conservan algunas casas. No busques cartas largas ni formalidades. Hay asadores donde el humo sale por la chimenea desde primera hora de la mañana y mesas de formica donde el vino se sirve en jarra.
El zarangollo es la base: calabacín, cebolla y huevo revuelto hasta conseguir algo que no es tortilla ni salteado. Lo hacen con la sartén de toda la vida, esa que tiene el mango sujeto con cinta americana. Si te lo sirven, come. No preguntes por la receta: cada casa tiene la suya y todas son correctas.
Cuarenta kilómetros de surco
La Vía Verde cruza el término municipal de lado a lado. Son 40 kilómetros de lo que fue la vía del tren que conectaba la minería de Cartagena con el interior. Ahora es tierra compactada, sombra de pinos y silencio. Se puede empezar en Fuente Álamo y avanzar hacia el puerto de Mazarrón sin cruzarse con un coche. De vez en cuando, un corredor local te adelanta sudando la camiseta.
En otoño, cuando el sol baja, la sierra de Carrascoy se vuelve púrpura. Es el momento de subir hasta La Peña del Águila, a 1.066 metros. El sendero empieza entre pinos y termina en roca caliza. Desde arriba se ve el Valle de Guadalentín, un mar de limoneros interrumpido por los tejados rojos del pueblo. El viento sube por la ladera y arrastra el olor seco de la tomilla.
Agosto y sus ruidos
Las fiestas de San Agustín empiezan el 28, pero el pueblo se prepara desde principios de mes. La feria dura una semana y transforma la calle Mayor en un túnel de luces. Los bares sacan las mesas a la acera y los adolescentes se citan en el recinto ferial como sus abuelos hacían en el frontón.
Si vienes en estas fechas, encontrarás música hasta altas horas y calles atestadas. También colas y precios que se ajustan al exceso de demanda. Es el momento en que Fuente Álamo deja de ser suyo para ser de todos. Para bien y para mal.
Cómo llegar y cuándo visitar
La carretera RM-2 une Fuente Álamo con Murcia en media hora, atravesando campos de limoneros y algún invernadero de plástico blanco que rompe el paisaje. No hay estación de tren, pero los autobuses conectan con la capital cada hora. Aparcar es sencillo, salvo en agosto, cuando hasta los solares baldíos se llenan.
El mejor momento es octubre. La feria ha terminado, el calor afloja y los limoneros están en flor. Por las mañanas hay niebla baja en el campo que se disuelve antes de las diez. Por las tardes, la luz es dorada y suave. Los bares vuelven a ser de los vecinos y el camarero ya te reconoce. Evita Semana Santa si buscas silencio, ya que las procesiones llenan las calles de nazarenos, y en pleno julio, cuando el termómetro roza los 40 grados, el pueblo se vacía: solo quedan los que no pueden irse y los limoneros, resistiendo.