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sobre Los Alcázares
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A las cinco de la tarde, el agua del Mar Menor está más caliente que el aire. Es ese momento en que los windsurfistas recogen las velas y los bañistas se quedan flotando boca arriba, mirando el cielo anaranjado. Desde el muelle de Los Narejos, se oye el chasquido de las tablas al posarse y alguna conversación en inglés mezclada con murciano. El agua salada sostiene los cuerpos sin esfuerzo, como si el mar fuera una mano enorme y tibia.
El olor a algas y a puchero
Los Alcázares huele diferente según la hora. Por la mañana, a las siete, el aire tiene rastro de pan recién horneado cerca de la plaza y de algas secadas por el sol en la orilla. Al mediodía, el viento trae el aroma del caldero que se cuece en las cocinas: pescado de la gola, ñoras, ajo y ese punto de azafrán que llega antes de entrar al local. En agosto, cuando los novenarios cumplen su rito de bañarse nueve días seguidos, el ambiente se vuelve más denso, más salado, más humano.
La plaza de la Constitución es un rectángulo de sombras y palomas. Las palmeras mueven sus hojas con un sonido seco, como de papel de seda. Los bancos de hierro suelen estar ocupados por vecinos que hablan en voz baja. El reloj del ayuntamiento, ese edificio blanco que antaño fue balneario, marca las seis y media. Es la hora en que el pueblo decide entre quedarse o retirarse a casa.
Las torres que vigilan el agua
Desde la Torre del Rame, la vista es una línea recta de agua azul verdoso que se confunde con el cielo. La torre tiene siglos de historia y sigue ahí, como un centinela gastado. Las piedras están alisadas por el viento y el salitre. Abajo, el sendero del Criptohumedal de La Hita se enreda entre los carrizos. Si te acercas demasiado, el barro te atrapa las suelas; huele a hierro y a vida antigua.
Al otro extremo, la Torre de los Alcázares es más pequeña y redondeada. Está pegada a la playa, como si se hubiera sentado a descansar. Entre ambas, siete kilómetros de costa que se pueden recorrer caminando. El paseo marítimo es ancho, de baldosas blancas que acumulan el calor del día. Las bicicletas pasan silenciosas y, a veces, alguien escribe con tiza en el suelo alguna consigna sobre el estado del mar.
Cuando el agua reclama su espacio
Los alcazareños saben que el mar puede ser generoso y puede ser cruel. La llanura aluvial donde se asienta el pueblo es una boca abierta que se traga el agua cuando llueve con fuerza. En el invierno de 2016, las calles se convirtieron en cauces. Los vecinos sacaron las barcas a la carretera. El agua entró en los bajos y se llevó los muebles, los recuerdos, los años. Pero también dejó algo: la certeza de que aquí se vive con lo puesto, con lo que el mar decide darte o quitarte.
Por eso, cuando alguien pregunta por el mejor mes para visitar Los Alcázares, los locales se encogen de hombros. "Depende", dicen. Depende de si buscas la calma de los campos de amapolas en abril o el bullicio de agosto, cuando las terrazas están llenas y el aire huele a protector solar y a cerveza. Depende de si prefieres el silencio de diciembre, cuando el mar está gris y las palmeras parecen solitarias.
Historia entre aviones y tranvías
En el Museo Aeronáutico, un avión amarillo descansa sobre sus ruedas de goma. Fue el primero que aterrizó aquí, en 1915, cuando este trozo de tierra era un aeródromo militar. Ahora los niños suben a la carlinga y hacen ruidos de motor con la boca. En la pared, una foto en blanco y negro muestra a los primeros veraneantes llegando en tranvía desde Cartagena. Llevaban sombreros de paja y miraban el mar como quien mira una promesa.
El tranvía ya no existe, pero la carretera RM-F23 sigue siendo la arteria que trae a los visitantes. A los que vienen por el agua, a los que vienen por el viento, a los que vienen por el caldero. Los Alcázares no tiene montañas ni grandes catedrales. Tiene siete kilómetros de agua salada que cambia de color según el día, y eso suele bastar.
Cuándo ir: septiembre es el mes más honesto. El agua sigue templada, los precios se ajustan y los alcazareños recuperan sus playas. Evita la Semana Santa si prefieres huir de las aglomeraciones.
Cómo llegar: la A-30 desde Murcia te deja en unos veinticinco minutos. Si vienes en coche, intenta aparcar en el paseo antes de las diez de la mañana o después de las seis de la tarde. En agosto, el coche es un estorbo hasta que cae el sol.
Qué llevar: chanclas resistentes y tiempo para no hacer nada. El resto lo pone el mar.