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sobre Mazarrón
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Las gambas rojas tiemblan en la cesta de mimbre mientras el pescador las pesa a la luz de una linterna. Son las cinco y media de la mañana en el puerto de Mazarrón y el cielo todavía conserva ese azul oscuro que parece líquido. El mar huele a yodo y a gasoil, una mezcla que resulta extrañamente reconfortante. Aquí no hay mercadillo turístico: es la lonja real, donde los restaurantes vienen a comprar lo que luego encontrarás en el plato a mediodía.
El sabor de la roca y el hierro
El caldero mazarronero lleva el sabor del fondo de piedra donde vive el cabracho, esa carne firme que se deshace en hilos entre los granos. La ñora le da un punto dulce que equilibra el amargo del pescado. Lo sirven en la misma paellera, humeante, con una cuchara de madera que ha visto generaciones.
En la taberna, un viejo me cuenta que su abuelo trabajó en la factoría de Santa Elisa, cuando Mazarrón era el primer productor de hierro de España. Señala hacia el horizonte donde ahora solo quedan escombros cubiertos de tomillos. "El hierro se llevó el oxígeno del pueblo", dice, "pero dejó el carácter". Hay algo en la forma de mirar del mazarronero, directa, sin florituras, como si todavía resistieran el viento del mar y el peso de la minería.
Arena que guarda barcos fenicios
La playa de Bahía tiene un fondo de arena blanca que se hunde entre los dedos. Pero bajo esos metros cuadrados descansan dos barcos fenicios del siglo VII a.C. que transportaban plomo. Los hallaron hace décadas y ahora solo queda una boya que marca el punto exacto. Es curioso: los bañistas tumbados en sus toallas ignoran que están encima de una de las rutas comerciales más antiguas del Mediterráneo.
Si caminas hacia el este, encontrarás la senda que bordea el cabo. Las medusas flotan cerca de la orilla, transparentes como lágrimas gigantes. Octubre suele ser el momento preciso: el agua conserva el calor del verano pero las playas ya no suenan a música alta. Entonces puedes nadar solo, con las gaviotas como únicos testigos.
El pueblo que se rebeló
En la Plaza del Convento, un miliar romano indica que estás a 48 millas de la Vía Augusta. El siglo IV d.C. parece ayer cuando tocas esa piedra erosionada. Pero también está el edificio del Ayuntamiento, modernista, con sus azulejos verdes y su torre que se inclina ligeramente hacia el mar. Es el único de la Región declarado Monumento Nacional.
Detrás de la iglesia, una placa recuerda que el 18 de julio de 1873 Mazarrón proclamó su Junta Revolucionaria Cantonal. Los cartageneros huidos de la represión encontraron refugio entre estas calles de casas bajas. La historia no lo cuenta en los libros de texto, pero el pueblo guarda esa herida con orgullo, como si la rebelión hubiera quedado impregnada en las paredes de tapial.
Apuntes para el camino
Evita agosto. No es solo el calor que se queda pegado a la piel: es el ruido, las dificultades para aparcar y el cambio en el ritmo del pueblo. La primera quincena de septiembre suele ser más amable: el agua mantiene la temperatura, los lugares de comida aún abren sin agobios y en el puerto puedes ver atardecer con calma.
Si vienes en invierno, lleva algo de abrigo. El viento de levante corta la cara y la humedad se cuela en los huesos. A cambio, tendrás las playas para ti solo y en los bares encontrarás tapas de atún rojo de calidad. El domingo de noviembre, la romería de Bolnuevo llena el campo de carromatos y olor a romero. Es cuando el pueblo vuelve a su pulso habitual, antes de que llegue la próxima oleada de veraneo que lo transforma en otra cosa.
Mientras escribo esto, desde el mirador de la Torre de Santa Isabel veo cómo el sol se pone detrás de Sierra de las Moreras. El mar se vuelve de un gris plateado que duele en los ojos. Abajo, en el puerto, las barcas regresan con el último caladero. Mañana es otro día, pero hoy Mazarrón huele a sal y a historia.