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sobre Moratalla
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El tambor suena a las seis de la mañana del Jueves Santo, antes del amanecer sobre el Peñón de la Encantada. No es una banda organizada; son hombres y mujeres que salen a la calle, cada uno con su instrumento, y empiezan a tocar donde están. El ritmo se propaga por las calles empedradas como un latido. Esta práctica, arraigada desde hace generaciones, es un ruido colectivo que nace del silencio.
La roca que lo explica todo
Moratalla se entiende mejor si se mira desde arriba. El pueblo se agarra a un cerro calcáreo a 600 metros de altitud, dominando el valle del Alhárabe. Aquí el relieve no es decorativo: condicionó quién vivía aquí y cómo. Los musulmanes eligieron este promontorio en el siglo IX para construir un hisn, una fortaleza que controlara la frontera con el reino taifa de Murcia. De esa época queda el castillo, reformado después, pero también la distribución irregular de las calles que suben en zigzag buscando el punto menos inclinado.
La roca también explica por qué aquí se conserva uno de los conjuntos de arte rupestre más relevantes del Mediterráneo. En los abrigos de Cañaíca del Calar o Fuente del Sabuco, a pocos kilómetros del casco urbano, hay pinturas que datan del Neolítico. Son líneas rojas y figuras esquemáticas, testimonio de comunidades que eligieron estos mismos riscos para refugiarse hace 7.000 años. La UNESCO declaró la zona Patrimonio de la Humanidad en 1998.
El tambor como identidad
La Fiesta del Tambor de Moratalla no es un desfile. Cada tamborista elige su propio ritmo y su recorrido. Visten túnicas de colores vivos —azul, rojo, amarillo— y se cubren la cara con un pañuelo, una particularidad de esta zona. Durante el Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección, el pueblo se convierte en una caja de resonancia.
El origen de esta tradición no está documentado con precisión. La versión más aceptada habla de una promesa hecha durante una peste en el siglo XVII, pero la fecha importa menos que la transmisión oral: el tambor se aprende en casa, de padres a hijos. Los más jóvenes rivalizan en duelos individuales, buscando el ritmo más rápido; los mayores tocan más lento, con una cadencia que busca la persistencia.
El castillo y la justicia popular
Desde la plaza de la Constitución, una cuesta empinada lleva hasta la puerta del castillo. Lo que se ve hoy es fundamentalmente una reconstrucción del siglo XV, aunque conserva elementos de la fortaleza islámica original. La planta es irregular, adaptada al terreno, con una torre del homenaje que sirve de mirador sobre el valle.
En el dintel de la entrada principal aún se conserva una reja de hierro. Ahí colgaron al comendador Alfonso de Vozmediano en 1465, acusado de abusos contra la población. El linchamiento fue tan sonado que llegó a oídos del rey Enrique IV, quien tuvo que intervenir. La reja, oxidada, permanece como recordatorio de que en Moratalla la justicia popular ha sido históricamente contundente.
Bajando por las calles que rodean el castillo, la arquitectura popular revela otro capítulo de la historia. Las casas se construyen con muros de mampostería, techos de vigas de madera y cubiertas de teja árabe. Muchas conservan los escudos de armas de las familias que las habitaron, tallados en piedra. La iglesia de la Asunción, iniciada por Francesco Fiorentino en el siglo XVI, cierra el conjunto con una fachada renacentista que contrasta con la rusticidad de las construcciones vecinas.
La cocina de interior
La gastronomía de Moratalla aprovecha lo que da la tierra: conejo de monte, pollo de corral y hongos silvestres en otoño. El arroz con conejo y pollo se cocina caldoso, como corresponde a una zona de interior. La morcilla lleva cebolla, arroz y especias —cada carnicería guarda su proporción exacta— y es un habitual en cualquier comida del día.
En las panaderías todavía hacen mazapán siguiendo recetas tradicionales. Aquí es más seco, con almendra de la comarca y menos azúcar que en otras variedades conocidas. Los vinos llegan de Las Cañadas, viñedos plantados en terrazas a 800 metros de altitud donde la garnacha y la monastrell maduran despacio, con producciones familiares y artesanales.
Notas para el viaje
Moratalla está a una hora y media de Murcia por la A-30 y la RM-714. El último tramo es de carretera comarcal, con curvas.
Los veranos son secos y calurosos. Primavera y otoño permiten caminar por los abrigos rupestres con mayor comodidad. Si el interés es la tamborada, conviene gestionar el alojamiento con antelación; la ocupación en las casas rurales suele completarse pronto. Un día es suficiente para recorrer el casco antiguo y el castillo; dos permiten visitar algún abrigo rupestre y adentrarse en el entorno natural.