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sobre Ojós
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Llegar a Ojós es como entrar en una habitación donde alguien dejó la radio puesta hace décadas. No hay estridencias ni prisas. Es un pueblo de apenas 500 almas metido en el Valle de Ricote, donde el río Segura hace una curva tan cerrada que parece que se arrepiente de seguir adelante.
El paisaje manda sobre la piedra
No esperes grandes museos ni edificios de esos que salen en las postales retocadas. Aquí el protagonista es el agua. Las acequias siguen dibujando el terreno como lo hacían hace siglos. Ver cómo el agua llega a los bancales es entender por qué la gente se quedó a vivir aquí. El pueblo es una sucesión de casas blancas apretadas contra la ladera. Si subes a cualquier punto alto, verás olivos y almendros que aguantan el tipo. Es un paisaje sobrio, sin filtros de Instagram.
Paseos sin mapa y cuestas sin premio
¿Qué se hace aquí? Pues caminar. No busques rutas de senderismo señalizadas con paneles brillantes. Sigue los caminos de tierra que usan los agricultores. Las cuestas se notan en las piernas, pero el silencio compensa el esfuerzo. Si traes la bici, las carreteras secundarias hacia Blanca o Ulea son tranquilas. Eso sí, prepárate para subir un poco. El asfalto es viejo y el tráfico es casi inexistente, lo cual es un lujo hoy en día.
Comer como en casa de alguien
Olvídate de encontrar cartas plastificadas con fotos de comida. En los locales que encuentres, pregunta qué han guisado hoy. Es probable que tengan algo de verdura de la huerta o algún plato de cuchara que sepa a lo que debe saber. El aceite de la zona es el verdadero tesoro. Si buscas un menú sofisticado, te has equivocado de sitio. Si buscas comer algo que no ha viajado mil kilómetros en un camión frigorífico, vas bien.
Cuándo acercarse
Si vas en pleno agosto, prepárate para el calor. Murcia no perdona. Mi consejo es que elijas los meses de primavera u otoño. El campo tiene otro color y no acabarás empapado en sudor a los diez minutos de bajar del coche. Ojós es el lugar donde vas cuando te hartas del ruido y quieres ver si todavía queda algún rincón donde el día pase despacio. No es para ir todos los meses, pero sí para desconectar cuando el mundo se pone demasiado pesado.