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sobre San Pedro del Pinatar
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A las ocho y media de la mañana, el barro del Mar Menor aún conserva la temperatura del amanecer. Hay que hundir los pies con decisión, hasta los tobillos, y esperar a que la textura densa y fría te sujete como una mano húmeda. Desde la zona de baño de Lo Pagán, las salinas brillan al fondo con un blanco que cansa la vista. Un flamenco levanta el vuelo y deja caer una pluma que flota un instante antes de posarse sobre el agua oscura.
El olor a sal que lo impregna todo
El parque regional ocupa lo que antaño fueron lagunas. Todavía se extrae sal de forma tradicional: dejando que el sol y el viento hagan el trabajo. El camino de tierra que bordea las charcas cruje bajo las suelas y el aire sabe a yodo, a alga seca, a algo antiguo. Desde el observatorio de Las Amoladeras se ven los grupos de flamencos que pasan aquí el invierno; a veces, con el plumaje manchado de barro, como si se hubieran peinado con las manos sucias de un niño.
El molino de Quintín se alza en medio de este paisaje. Es uno de los pocos que quedan en pie de los que antaño movían el agua en las salinas. Sus aspas de madera ya no giran, pero cuando sopla el Levante parece que van a hacerlo en cualquier momento. El interior huele a grasa vieja y a piedra caliente. Desde su base, el Mar Menor se extiende como una losa azul verdosa, tan quieta que refleja las nubes como un espejo cuarteado.
Dos mares en un solo municipio
San Pedro del Pinatar abraza dos mares distintos. Al sur, el Mar Menor: agua salada sin apenas oleaje, que en agosto alcanza una temperatura que recuerda a un baño termal. Al norte, el Mediterráneo: abierto, con fondos de arena que cambian con las corrientes. Entre ambos, un istmo de dunas donde crecen palmitos y donde las tormentas dejan conchas rotas y maderas blanqueadas por la sal.
La playa de La Llana muta cada invierno. El viento desplaza las dunas y el mar reclama su espacio. A veces, el arenal se estrecha tanto que el agua llega a formar lagunas temporales. Es una zona de tránsito donde la vegetación de costa aguanta el salitre. Si decides caminar por aquí, ten en cuenta que el entorno está protegido: los senderos están marcados para no dañar la flora dunar, así que mantente siempre sobre la arena pisada o las pasarelas.
El tiempo de los calderos
Cuando el viento de Levante arrecia, las cocinas del pueblo humean. El caldero del Mar Menor requiere pescado de roca: sargo, mújol o gallineta. Se prepara en una cazuela de hierro que ha pasado por varias generaciones, usando ñora y el tiempo necesario para que el arroz tome el sabor del fondo marino.
En la lonja de Lo Pagán, los barcos regresan al caer la tarde. Las cajas de plástico azul se llenan de sepias, doradas y mújoles. En los salazoneros cercanos, las manos trabajan rápido, cubriendo el pescado con sal gorda en barriles de madera. El olor es intenso, una mezcla de mar y conserva que se queda pegada a la piel.
Notas para el camino
Septiembre es un mes agradecido. El calor baja, los flamencos se dejan ver con calma y el ritmo del pueblo se vuelve más pausado. Evita la segunda quincena de julio si buscas tranquilidad, ya que las procesiones de la Virgen del Carmen concentran mucha gente y los accesos al centro se complican.
Si visitas el parque en invierno, el calzado cerrado es necesario. Las lluvias pueden convertir los caminos de tierra en zonas de barro arcilloso. Es, precisamente en estos meses fríos, cuando el cielo plomizo hace que el rosa de los flamencos resalte más sobre el agua gris.
Desde la zona de Punta de Algas, se entiende la dualidad de este rincón: el mar tranquilo frente al mar bravo, las salinas blancas y las dunas. Al atardecer, el sol se oculta tras las montañas y tiñe de naranja las aspas de los molinos y el lomo de las aves que duermen en el barro con el pico bajo el ala.