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sobre Totana
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A las seis y media de la mañana, el olor a pan recién hecho baja por la calle La Puerta y se cruza con el de las habas cocidas que ya traen los cocineros para los michirones del mediodía. En la plaza de la Constitución, los primeros clientes esperan con el periódico bajo el brazo y la suela desgastada. Nadie habla alto: Totana despierta despacio, con la certeza de que el día va a ser largo y el sol, implacable.
El pueblo se extiende en llano, pero al girar la cabeza siempre hay una montaña que lo recuerda: Sierra Espuña, blanca de caliza, vigilando. Aquí el horizonte se acorta: la huerta hasta donde alcanza la vista, el olivar en bancales, el limonero quebrándose de fruta. En julio, cuando la tramontana seca la boca, el aire huele a tierra caliente y a clorofila quemada. En enero, después de una gota fría, el mismo campo huele a barro y a hierba nueva, y los zuecos se quedan pegados en los caminos.
La huerta que marca el ritmo
Totana no se entiende sin su campo. Los canales árabes —el Sendico del Agua— aún marcan la huella: acequias de piedra que serpentean entre limoneros, naranjos y hortalizas. Caminar por ellas es aprender la geografía del olor: primero el azahar, luego la menta silvestre que crece en la orilla, después el humo de las hogueras con las que se quema la poda.
En los meses de cosecha, los tractores atraviesan el pueblo a las siete de la mañana con la cesta llena de limones que aún conservan el rocío. En el mercado de los jueves se venden habas por sacos, esas que se pelan sentadas en el umbral mientras suena la radio.
Santiago y la madera antigua
La iglesia de Santiago aparece de golpe, al final de una calle estrecha que huele a jabón y a masa de pan. La fachada es severa, piedra que se ha vuelto negra con el tiempo, pero al cruzar la portada el techo se abre en un abanico: artesonado mudéjar firmado por Esteban Riberón en 1549. La penumbra huele a cera y a incienso viejo. Afuera, en la plaza, un limonero plantado hace cien años da sombra a los bancos de piedra donde se juega a las cartas con naipes desgastados.
Si entras un domingo a las doce, la misa huele a colonia y a pan bendito. Cuando las campanas dan las doce y media, el eco se pierde por los tejados.
La subida al Santuario de Santa Eulalia
Desde el pueblo, el Santuario de Santa Eulalia parece una mancha blanca encaramada en la ladera. Son ocho kilómetros de subida, un ascenso que requiere calma. La primera parte discurre entre pinos carrascos que huelen a resina y a tomillo aplastado. Más arriba, la senda se vuelve caliza y cruje bajo las suelas.
A mitad de camino aparece la Nevera: un hoyo de nieve del siglo XVIII, construcción de piedra seca donde se guardaba hielo para la costa. El aire que sale del interior huele a humedad y a moho, como una bodega abandonada. La última rampa es una serie de zetas expuestas al sol. Al llegar, el santuario huele a incienso y a piedra recalentada. Las monjas suelen vender pastas de cierva hechas con almendra de la zona. El agua del grifo, que sabe a hierro, es el alivio necesario tras el esfuerzo.
La Bastida: el poso argárico
A tres kilómetros del centro, el paisaje cambia: es matorral seco, romero y cantueso. Allí está La Bastida, la ciudad argárica que hace cuatro mil años fue un punto clave en la península. El yacimiento se abre en una loma calcárea; las murallas de piedra se adivinan bajo la tierra roja.
En la visita, te entregan un casco y caminas por pasillos de tierra que huelen a polvo y a salitre. El guía suele explicar que aquí se enterraba en tinajas de cerámica y que las mujeres llevaban collares de cobre que se oxidan con un tono verde mar. En la parte alta, el viento trae el olor de las cabras que pastan entre los matorrales. Al bajar, las suelas cargan con una capa fina de barro rojo que no se desprende hasta tocar el asfalto.
Notas para el camino
Octubre es un mes honesto: la temperatura baja a veinticinco grados, la uva se vende en los portales y el olor a mosto impregna las calles. Los bares sirven zarangollo y el vino de la comarca acompaña la conversación.
Evita, si buscas calma, los días de las fiestas patronales, cuando el bullicio ocupa las plazas. Si vas en agosto, lleva sombrero de ala ancha: el sol pega de frente y no hay sombra en las huertas. Y si vienes en domingo de mercado, aparca en la rotonda de la estación; el centro se convierte en un embudo donde los coches circulan a paso de peatón entre bolsas de habas y carritos de la compra.
Al caer la tarde, cuando las campanas de Santiago dan las ocho y el cielo se tiñe de óxido, el pueblo huele a leña y a comida recién hecha. Las familias se sientan en los porches; se escucha el tenis de mesa en algún garaje y el olor a gazpacho con conejo sale por las rendijas de las puertas. Totana no vende postales, solo ofrece una tarde cualquiera que sabe a limón y a vida lenta.