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sobre Ulea
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El sol de la mañana golpea las fachadas encaladas de Ulea y el blanco rebota con una intensidad que obliga a entrecerrar los ojos. Apenas se oye el motor de un coche lejano; lo que domina es el sonido del agua en las acequias y el roce de las hojas de los limoneros. A unos 35 kilómetros de Murcia, este pueblo de apenas 900 vecinos se mantiene al margen de las prisas, aferrado a una ladera que mira hacia la vega del Segura.
La arquitectura de la pendiente
El casco antiguo es un ejercicio de equilibrio. Las calles suben y bajan con una inclinación que se nota en las pantorrillas y obliga a caminar despacio. Aquí las casas tienen muros gruesos, pensados para que el frescor aguante dentro cuando el termómetro aprieta. Si te fijas en los dinteles y en la disposición de los callejones, todavía se lee el trazado de origen árabe, una estructura que no se diseñó para el coche, sino para la sombra y la convivencia.
La iglesia de San Bartolomé marca el punto más alto del entramado urbano. No busques grandes alardes arquitectónicos; lo que hay es una construcción que ha ido sumando capas a lo largo de los siglos sobre lo que fue una mezquita. Desde su entorno, la vista se abre hacia el valle: una franja de verde intenso que corta el terreno seco, donde el río Segura actúa como eje central de todo lo que sucede en la comarca.
El agua y la tierra como guía
Para entender Ulea hay que bajar a la vega. Es ahí donde el paisaje se vuelve llano y el aroma a azahar se vuelve denso, casi pesado, durante los meses de primavera. El Paraje de la Umbría es el lugar donde mejor se observa cómo el sistema de riego tradicional ha configurado el territorio. Las acequias siguen siendo las venas de este pueblo; sin ellas, el contraste entre el árido monte y el huerto frutal no existiría.
Si decides caminar, los senderos que conectan con los pueblos vecinos, como Ojós o Villanueva del Río Segura, son pistas de tierra que se adentran en zonas de cultivo. No esperes senderos balizados con señales metálicas constantes; aquí la orientación se basa en seguir el cauce o subir hacia las zonas más altas para tomar perspectiva. Es terreno de olivos, de arbustos bajos y de una tierra que, bajo el sol de mediodía, desprende un olor seco, a polvo y piedra.
Notas para el camino
El calendario manda en Ulea. Si buscas el momento en que el aire cambia, ven cuando los naranjos florecen. Por el contrario, evita los días de julio y agosto al mediodía; el calor en el valle es intenso y la piedra de las calles refleja una reverberación que hace difícil estar en la calle.
En cuanto a la mesa, lo que se come es lo que sale de la huerta y el monte cercano. El arroz con conejo y caracoles es la referencia habitual, pero son las verduras de temporada —alcachofas, habas o tomates, dependiendo del mes— las que definen el sabor real del pueblo.
Para llegar, la ruta más directa desde Murcia es tomar la A-30 hacia Albacete y desviarse hacia Cieza. El trayecto final por la carretera comarcal que se interna en el Valle de Ricote es donde realmente dejas atrás la ciudad. Aparca el coche al llegar y sube a pie; es la única forma de sentir la inclinación real de sus calles.