Artículo completo
sobre Villanueva del Río Segura
Ocultar artículo Leer artículo completo
Villanueva del Río Segura es como ese primo que se fue al pueblo a plantar naranjos y, de repente, se le ha llenado la calle de coches. En 1990 eran menos de mil almas; hoy rondan los 4.000. El crecimiento se nota en las urbanizaciones nuevas y en que hay más rotondas que hace una década, pero lo que realmente importa es que aquí la gente sigue viviendo de lo que da la tierra, no de venderse al visitante. Y eso, en pleno Valle de Ricote, se agradece.
Un pueblo que huele a azahar (y no es marketing)
Llegas por la A-30, bajas la ventanilla y te entra el olor. No es ambientador de coche, es el azahar de los naranjos que bordean el Segura. La primera vez pensé: «vale, esto lo han puesto para que la foto quede resultona». Pero no. Es la huerta real, la que da trabajo a medio pueblo y alimento a toda la región. Caminas por la calle Mayor y ves tractores aparcados como si fueran scooters. En la terraza del bar de la esquina, un señor explica cómo este año el albaricoque «se ha adelantado tres semanas» y nadie le interrumpe. Aquí la fruta no es decorado; es el sueldo de la semana.
Subir al Corazón de Jesús para ver el truco del pueblo
La ermita está en lo alto, a unos 2 km del centro. La subida es suave, se hace en chanclas si no tienes prisa. La estatua del Sagrado Corazón —tres metros, blanca, estilo «te vigilo desde lejos»— se ilumina por la noche y se ve desde cualquier punto. Arriba descubres el truco del pueblo: está encajonado entre el cerro y el río, como si alguien lo hubiera puesto ahí con calzador para que cupiera justo. A la izquierda tienes Ulea, el pueblo vecino. Un vecino me contó que, de críos, se tiraban piedras desde la Asomada. Ahora se lanzan mensajes para avisar de la procesión de San Roque. Cosas de la edad.
Comer como si tu abuela murciana te hubiera adoptado
El zarangollo aquí no es un experimento; es lo que hay. Calabacín, cebolla, huevo, punto. Pide media ración y te dan para tres. Luego vienen los michirones —habas estofadas que parecen garbanzos con carnet— y, si hay suerte, arroz con liebre. El secreto es sencillo: la liebre se caza en los montes de al lado y el arroz lo compran en la cooperativa del pueblo. De postre, un paparajote: hoja de limonero rebozada que sabe a churro con un toque cítrico. Con el café, te dan un mantecado de almendra que se deshace solo con mirarlo. No esperes carta de autor ni platos deconstruidos. Es la comida de casa, de la que te deja la siesta obligatoria.
Fiestas de las de antes
San Juan, 24 de junio: encienden unos fuegos en la plaza y la gente se acerca con sus sillas de camping. Nadie cobra entrada, nadie graba vídeos para las redes. El 17 de agosto, el desfile de carrozas empieza en el barrio de San Roque y acaba en la plaza del Ayuntamiento. Los niños van en camiones decorados con papeles de colores, sueltan caramelos y se oyen pasodobles de toda la vida. El lunes de Pascua, la romería de la Mona: familias suben al Cajal con bocadillos y limonada bajo los pinos. No hay DJ ni puestos de comida moderna. Solo la pinada y alguna abuela que todavía canta la jota.
Un río que se deja ver
El sendero El Golgo baja desde el puente hasta el cauce. Son 1,5 km ida y vuelta, plano, cómodo para caminar sin complicaciones. Antes había cangrejos autóctonos; ahora los americanos se comieron el chollo, pero el agua sigue fría y limpia. Si quieres caminar más, la ruta de la Huerta Vieja te mete entre acequias y plantaciones de albaricoque. En primavera huele tanto que te dan ganas de morder los árboles. Y si te da por subir, la Cañada Cartín te lleva hasta casas de aperos abandonadas que parecen escenarios de una película de vaqueros. Lleva agua: la única barra es la sombra de un almendro.
¿Cuándo merece la pena acercarse?
Vente en primavera: la flor del naranjo está en su punto y la temperatura no te derrite. O en agosto si quieres ver el desfile y no te importa sudar la gota gorda. No hay hoteles de lujo; hay alguna casa rural y poco más. Tampoco hay tiendas de souvenirs; si quieres llevarte algo, compra unos kilos de albaricoques en la cooperativa: te duran dos días maduros, pero esos dos días son gloria. Villanueva del Río Segura no es un destino para tachar de una lista. Es un pueblo que funciona mejor cuando lo usas como se usa la cocina de un amigo: llegas, comes, das un paseo y te vas antes de que el anfitrión se canse de ti.