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sobre Yecla
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Yecla se asoma al Altiplano murciano desde los 602 metros de altitud. El aire huele a La Mancha y a Levante al mismo tiempo. Desde la Plaza Mayor, la campana de la Basílica de la Purísima marca las horas con parsimonia. Aquí el tiempo se mide en fermentaciones y en secaderos de madera. El vino y el mueble marcan el ritmo de esta tierra desde hace siglo y medio.
El vino que dibujó el paisaje
La Denominación de Origen Yecla nació en 1975, pero la vid llegó mucho antes. Los romanos dejaron lagares en Los Torrejones y los árabes perfeccionaron los sistemas de riego. Hoy, 45 kilómetros de viñedos rodean el casco urbano sobre suelos calcáreos. El Monastrell, la uva autóctona, aguanta el rigor del invierno y la sequía del verano. Produce vinos oscuros como la tierra que los alimenta.
La Ruta del Vino permite entender por qué Yecla es como es. Las bodegas reciben en la sala de barricas. Explican por qué fermentan a 28 grados y sirven un crianza con notas de tomillo y romero. Si llueve en abril, el olor a tierra mojada se mezcla con el del mosto. Entonces se entiende por qué los yeclanos hablan de su vino en posesivo.
Piedras que hablan de frontera
Subir al Cerro del Castillo ayuda a entender la frontera entre al-Ándalus y los reinos cristianos. La fortaleza almohade del siglo XI, Hisn Yakka, ya no existe. Sus piedras sirvieron para levantar la ermita de San Roque, el único edificio mudéjar del Altiplano. Terminada en 1451, conserva su alfarje de madera y muros de mampostería reforzados con sillares en las esquinas.
Más abajo, la Iglesia Vieja de la Asunción comenzó a construirse en 1512. Es un alegato gótico-mudéjar con torre renacentista. La piedra caliza cambia de color según la hora. Al amanecer es casi blanca; al atardecer se vuelve ocre. Dentro, el retablo mayor guarda un Calvario del siglo XVI. Los vecinos lo desmontaban cada Semana Santa para llevarlo en procesión por las calles empinadas.
Cuando la ciudad se vuelve teatro
Las Fiestas de la Virgen del Castillo, del 6 al 8 de diciembre, son la forma que tiene Yecla de reconocerse. El 7 de diciembre, a las ocho de la mañana, los arcabuceros disparan sus trabucos desde el castillo. El estruendo rebota en las paredes de cal. Luego llega la bajada de la Virgen, una procesión que recorre las calles que ella protege desde 1642.
En mayo, los Judas se queman en la Plaza Mayor. Son muñecos de papel y trapos que representan sátiras políticas. Siempre hay uno que representa al forastero, el que no entiende por qué aquí se cena a las diez. La quema dura poco y el humo huele a pólvora y resina. Al día siguiente, los niños recogen los clavos oxidados como trofeos.
El gazpacho que no es andaluz
Pedir gazpacho en Yecla es un acto de fe. No llega frío ni lleva tomate. Es un caldo de trigo con albondiguillas de conejo, pimentón de la Vera y trozos de pan duro. Se sirve en cuencos de barro durante el invierno, cuando la tramontana baja desde Albacete. Es la comida de los días de vendimia, cuando los viñadores necesitaban algo caliente y rápido.
En las panaderías todavía hacen los roscos de vino, galletas duras aromatizadas con anís y clavo. Se mojan en la copa de Monastrell que queda en la mesa. Las monas de Pascua se decoran con pluma de azúcar y se regalan el Domingo de Resurrección. Si te quedas hasta el lunes, verás cómo los vecinos comparan el tamaño de la mona recibida.
Notas prácticas para el recorrido
Yecla no tiene estación de tren. El autobús desde Murcia tarda hora y media, pero conviene ir en coche. Los viñedos, los yacimientos y las bodegas están dispersos. El casco antiguo se recorre en dos horas, incluida la subida al castillo. Si llueve, el empedrado se vuelve resbaladizo; usa calzado con suela de goma.
La visita a Monte Arabí compensa. Son 7 kilómetros de pista desde la carretera de Fuente-Álamo. Los abrigos rupestres conservan pinturas esquemáticas de hace 4.000 años. La zona está señalizada, pero no hay servicios. Lleva agua y evita subir en agosto: el sol castiga y la piedra quema.
La Feria del Mueble se celebra en septiembre. Es un almacén al aire libre donde los fabricantes muestran sus diseños. Los precios son de fábrica y se puede negociar. Muchos visitantes cargan el coche de sillas de roble y se van antes de cenar. El mueble es industria, no folclore. Al anochecer, Yecla se convierte en un lugar donde la tierra dicta el ritmo.