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sobre Améscoa Baja
Valle espectacular a los pies de la Sierra de Lóquiz; famoso por ser el acceso natural al Nacedero del Urederra
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A primera hora, cuando el valle todavía está medio en sombra, se oye el agua antes de verla. Corre entre hierba alta y pequeños puentes de piedra. El turismo en Amescoa Baja empieza así: con sonidos suaves, olor a tierra húmeda y la sensación de estar en un lugar donde nadie tiene prisa.
Este municipio de Tierra Estella reúne varios pueblos pequeños al pie de la sierra de Urbasa y Andía. La carretera atraviesa el valle sin estridencias. A un lado aparecen prados, al otro manchas de bosque. Aquí viven poco más de setecientas personas repartidas entre casas de piedra clara, tejados rojizos y corrales donde todavía se oye ganado.
Pueblos con piedra antigua y calles tranquilas
Caminar por Amescoa Baja es sobre todo fijarse en detalles. Las puertas de madera oscurecidas por los años. Los escudos tallados en algunas fachadas. El olor a leña cuando refresca al atardecer.
En San Martín de Améscoa, la iglesia dedicada a San Martín de Tours conserva elementos del románico tardío con añadidos posteriores. En la portada se notan bien las piezas más antiguas: piedra algo desgastada, relieves simples, proporciones robustas.
Zudaire suele ser uno de los pueblos con más movimiento del valle. Su iglesia de la Asunción tiene una torre que se ve desde bastante lejos cuando llegas por la carretera. El interior, según cuentan los vecinos, guarda un retablo barroco que contrasta con la sobriedad exterior.
En Artaza todo parece más abierto. Casas separadas, prados alrededor y una pequeña ermita cerca de los caminos ganaderos. No es raro ver vacas o ovejas pastando muy cerca del pueblo.
El agua y el bosque alrededor del valle
La presencia del agua se nota enseguida. Hay fuentes en varios puntos y pequeños cauces que atraviesan prados y arboledas. En Artaza está una de las fuentes más conocidas del valle. Mucha gente se acerca a llenar botellas o simplemente a sentarse un rato en el borde de piedra, sobre todo en días calurosos.
Hacia las laderas aparecen hayedos y zonas de pasto que suben en dirección a Urbasa. En otoño el cambio de color es muy visible: marrones oscuros, amarillos apagados, hojas húmedas pegadas al suelo del sendero. En verano, en cambio, lo que se busca es la sombra. El aire bajo las hayas suele ser más fresco que en el fondo del valle.
Cerca de algunos ríos quedan restos de antiguos molinos. Muros bajos, canales de piedra, estructuras a medio cubrir por la vegetación. Son huellas de cuando el agua movía buena parte de la economía local.
Caminos entre pueblos y subidas hacia Urbasa
Entre los pueblos hay caminos y carreteras secundarias que se pueden recorrer andando o en bicicleta. Las distancias no son grandes, pero el terreno sube y baja con frecuencia. Conviene mirar bien el perfil antes de salir si no se conoce la zona.
Los senderos que se acercan a Urbasa ganan altura poco a poco. En días húmedos el barro aparece enseguida, sobre todo bajo arbolado. Un calzado con buena suela evita más de un resbalón.
Quien venga en verano suele agradecer empezar a caminar temprano. A media tarde el sol cae directo en el fondo del valle y el calor se nota más de lo que parece en el mapa.
Recorrer el valle sin prisa
Con un par de horas se puede caminar por Zudaire, acercarse a su iglesia y seguir luego hasta Artaza para ver la fuente y las casas con escudos en las fachadas. Son paseos cortos, de los que se hacen sin mirar mucho el reloj.
Si queda tiempo, merece la pena acercarse también a San Martín de Améscoa y perderse un rato por sus calles estrechas. No hay grandes monumentos ni plazas monumentales. Lo que aparece son pequeños gestos del día a día: un tractor aparcado, ropa tendida entre balcones, el sonido de un perro al fondo del pueblo.
La carretera del valle tiene curvas suaves y algún tramo donde el ganado puede acercarse al asfalto. Conviene conducir despacio. Y si se va a caminar por pistas o senderos, mejor llevar el mapa descargado. La cobertura móvil suele fallar en algunas zonas abiertas hacia la sierra.
Amescoa Baja funciona mejor cuando se acepta su ritmo. No es un lugar de visitas rápidas. El interés está en lo que ocurre entre un pueblo y otro: el agua corriendo junto al camino, el viento moviendo las hojas altas del hayedo, el silencio que aparece cuando el coche se queda atrás. Aquí el paisaje habla bajo, pero durante mucho tiempo.