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sobre Corella
Joya del barroco navarro; ciudad monumental con palacios
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A las siete de la mañana, las campanas de San Miguel rompen el silencio con un golpe seco que rebota entre las fachadas de ladrillo rojizo. En la plaza todavía hay sombras largas. Un vecino levanta la persiana de la panadería y el olor a masa caliente se mezcla con la humedad que llega de las huertas de alrededor. A esa hora, el turismo en Corella casi no existe: el pueblo funciona a su propio ritmo, el de los agricultores que ya vuelven del campo y el de las persianas que empiezan a subir una a una.
Cuesta imaginar que este lugar tranquilo llegó a alojar durante un tiempo a la corte de Felipe V. En Corella lo recuerdan a menudo, aunque más como anécdota histórica que como gesto de grandeza.
Cuando el rey se quedó en Corella
A comienzos del siglo XVIII, Felipe V pasó una temporada aquí junto a su corte, buscando un clima más seco para la reina María Luisa. Aquella estancia dejó huella en varias casas nobiliarias del casco histórico. Basta caminar unas pocas calles para ir encontrando escudos de piedra sobre portales de ladrillo bien trabajado, señales de familias que prosperaron en aquellos años.
La llamada Casa de las Cadenas conserva todavía las cadenas de hierro que cuelgan del balcón principal. Según la tradición, se colocaban cuando un monarca se alojaba en una casa. No es un detalle grande, pero llama la atención cuando levantas la vista desde la calle estrecha.
El palacio de los Arrese —uno de los edificios civiles más conocidos del municipio— guarda salones decorados en estilo barroco tardío, con tonos claros y molduras que aún conservan cierta delicadeza. No siempre es posible visitarlo por dentro, pero el edificio ya marca la escala de lo que fue la Corella próspera de los siglos XVII y XVIII.
El Museo de la Encarnación ocupa un antiguo convento. El claustro es sobrio, de piedra, con ese silencio que suelen tener los edificios que durante siglos fueron lugar de clausura. Dentro hay pintura religiosa, escultura y algunas piezas de arte sacro. La luz entra desde arriba y cae en rectángulos sobre el suelo, especialmente a media mañana.
Calles barrocas y procesiones cuesta arriba
El casco antiguo de Corella tiene algo particular: muchas calles suben y bajan sin aviso. No son pendientes exageradas, pero sí lo suficiente como para que caminar despacio tenga sentido.
En Semana Santa se nota. Las procesiones avanzan entre esas calles estrechas y los pasos barrocos giran con cuidado en las esquinas. El sonido de los tambores se mezcla con el eco de las paredes de ladrillo y con el olor del incienso que se queda suspendido en el aire frío de la noche.
Es una celebración muy arraigada en la Ribera y bastante participada por la gente del pueblo. Quien haya cargado un paso por estas cuestas sabe que el empedrado no perdona mucho a los pies.
En algún momento de septiembre suelen celebrarse unas jornadas dedicadas al pasado barroco de la localidad. Durante esos días se abren patios de palacios que normalmente permanecen cerrados. Algunos conservan frescos en los techos y escaleras amplias que recuerdan la riqueza de otra época. En la plaza del Mercado suele haber música, puestos de comida y bastante movimiento, sobre todo por la tarde.
Espárragos, huerta y cocina de la Ribera
La Ribera de Navarra vive pegada a la huerta, y Corella no es una excepción. En primavera aparecen los espárragos blancos, cultivados en los suelos arenosos cercanos al Ebro. Se recogen temprano, cuando todavía conservan la humedad de la noche, y durante la temporada es habitual verlos en cajas recién cortadas.
El mercado municipal se anima especialmente esos meses. Agricultores de la zona llevan producto que ha salido del campo esa misma mañana: espárragos, alcachofas, borraja, a veces pochas si la temporada acompaña.
Entre los dulces tradicionales siguen apareciendo los bollos de chicharrones. Son esponjosos, con una superficie dorada que se rompe al morder. A media mañana ya quedan pocos.
En muchas casas de la Ribera el cordero se cocina despacio, con vino y hierbas del monte cercano. Es una cocina sin demasiadas complicaciones, basada en producto cercano y en cocciones largas. En otoño también aparecen torrijas hechas con vino dulce, más oscuras que las habituales.
Pasear junto al Alhama
A las afueras del núcleo urbano, el río Alhama dibuja una franja verde entre campos de cultivo. Hay caminos que siguen el cauce y que muchos vecinos usan para caminar o salir en bicicleta. En primavera el río baja con más fuerza; en verano, en cambio, el agua se reduce y aparecen tramos de canto rodado donde se escucha más el viento que el propio río.
A lo largo del recorrido quedan restos de antiguos molinos y algunas casas que hoy se usan en fines de semana o en verano. Los huertos aparecen de vez en cuando, con tomateras, parras y pequeñas acequias que reparten el agua.
Quien pasee por allí a última hora de la tarde verá cómo la luz baja sobre los campos de la Ribera, más dorada y polvorienta que en otras partes de Navarra.
Fiestas y final del verano
A comienzos de septiembre llegan las fiestas dedicadas a la Virgen del Villar, muy presentes en la vida local. El pueblo se llena de pañuelos rojos y blancos, charangas que recorren las calles y gigantes que bailan en las plazas.
Es también tiempo de vendimia en los alrededores. En algunos días el aire huele a mosto y a uva recién cortada. En los puestos improvisados aparecen cestas con pochas frescas y otros productos de huerta.
Si se quiere ver Corella con algo de calma, conviene evitar precisamente esos días o los fines de semana más concurridos del verano. Entre semana y a primera hora de la mañana, cuando las campanas vuelven a sonar y las calles aún están medio vacías, el pueblo se parece mucho más a sí mismo.