Artículo completo
sobre Ansoáin
Municipio moderno pegado a Pamplona; combina zonas residenciales con espacios verdes y una intensa vida cultural propia
Ocultar artículo Leer artículo completo
A las nueve de la mañana, cuando el sol todavía no ha secado del todo el rocío de la vega, Ansoáin huele a pan reciente y a tierra removida. Las calles aún están medio vacías y lo que más se oye es el agua del Arga pasando al fondo del valle. Desde la parte alta del municipio, donde las casas empiezan a separarse y aparecen los primeros caminos hacia el monte, se entiende bien cómo ha cambiado este lugar: de un núcleo pequeño pegado a Pamplona a una localidad de más de diez mil vecinos.
Hoy forma parte de la Cuenca de Pamplona, prácticamente unida a la ciudad, pero todavía quedan rincones donde asoma el pueblo que fue.
El tiempo que se quedó en la piedra
La iglesia de San Cosme y San Damián marca el centro del casco antiguo. No es un edificio grande, pero tiene esa presencia tranquila de las iglesias que llevan siglos viendo pasar generaciones. Algunas partes del templo son claramente antiguas —los muros gruesos, los sillares desiguales, el pórtico sencillo— y otras se añadieron más tarde, algo habitual en iglesias de pueblos que fueron creciendo poco a poco.
A última hora de la tarde la piedra cambia de color. La fachada coge un tono cálido y aparecen pequeñas marcas en los bloques, señales del trabajo manual de los canteros. Dentro, el ambiente es fresco incluso en verano. Huele a cera y a piedra húmeda, y el silencio suele ser casi total entre semana.
Alrededor de la iglesia se conservan algunas de las casas más viejas del municipio. En varios dinteles todavía se ven escudos y fechas grabadas. No abundan, pero bastan para recordar que Ansoáin fue durante siglos un pequeño núcleo agrícola a las puertas de Pamplona.
Subir al monte donde cambia el aire
El perfil del monte Ezkaba —más conocido por muchos como Monte San Cristóbal— se levanta justo al norte del pueblo. Desde Ansoáin salen varios caminos que empiezan entre huertas y pistas de tierra y poco a poco se meten en la ladera.
La subida es constante pero llevadera. A medida que se gana altura el ruido de la ciudad se va apagando y aparecen los pinares. Entre los árboles surge la silueta del Fuerte de Alfonso XII, una enorme construcción militar levantada en la cima del monte. Sus muros, el foso que rodea parte del recinto y las galerías excavadas en la roca recuerdan el papel estratégico que tuvo esta altura sobre la cuenca.
Desde arriba la vista es amplia. Pamplona queda extendida al sur, con los barrios encajados entre carreteras y campos, y hacia el norte el paisaje empieza a ondularse camino de los valles prepirenaicos. Los días claros permiten ver bastante lejos, aunque lo más llamativo suele ser el viento: llega primero como un murmullo entre los pinos y luego limpia el aire de golpe.
Conviene llevar agua y evitar las horas centrales del verano. La ladera tiene tramos con poca sombra.
Cuando el pueblo se reconoce
Ansoáin tiene ritmos distintos según la hora. Por la mañana, las calles cercanas al casco antiguo se mueven despacio: gente paseando al perro, persianas que se levantan, algún vecino charlando apoyado en el portal.
Por la tarde el ambiente cambia. Muchos vecinos regresan de trabajar en Pamplona y las plazas se llenan de chavales jugando, bicicletas que pasan de un lado a otro y conversaciones mezcladas en castellano y euskera. Ese rato entre el final de la jornada y la noche —cuando todavía queda luz y las farolas no se han encendido— suele ser el momento más agradable para caminar sin rumbo.
La calle Mayor conserva algunos tramos donde se adivina la estructura del antiguo pueblo: casas pegadas, portales anchos y patios interiores que apenas se ven desde fuera. A pocas calles de ahí empiezan los barrios más recientes, con bloques y adosados que muestran cómo Ansoáin ha ido creciendo pegado a la capital navarra.
La primavera en la vega del Arga
Cuando llega abril o mayo, la ribera del Arga cambia de color. Los caminos junto al río se vuelven verdes y el aire huele a hierba cortada y a humedad. Es un buen momento para recorrerlos caminando o en bici, porque todavía no hace calor fuerte y el monte Ezkaba aparece limpio y cercano.
En pleno verano el ambiente es distinto. El calor se queda atrapado en la cuenca y algunas calles pierden esa calma que tiene el pueblo durante el resto del año. Si vienes en esa época, lo más agradecido suele ser madrugar o salir al atardecer.
Para aparcar, la zona alta cercana al cementerio suele tener más espacio que el centro. Desde allí se ve bien la mezcla que define hoy a Ansoáin: el pequeño casco antiguo, los barrios modernos y, justo detrás, la ladera del monte cerrando el horizonte. Un lugar pegado a Pamplona, sí, pero con todavía suficiente margen para respirar.