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sobre Aranguren
Valle periurbano que incluye la localidad de Mutilva; mezcla zonas residenciales modernas con un entorno rural y forestal cuidado
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A eso de las seis de la tarde, cuando el sol cae detrás del monte San Cristóbal, la luz se vuelve más blanda y las casas de Aranguren cogen un tono dorado que hace que la piedra parezca madera vieja. Desde el pórtico de la iglesia se oyen los pájaros que anidan bajo los aleros, y en las calles apenas pasan coches. A esa hora el valle huele a tierra removida y a pan reciente, porque todavía hay huertas y campos trabajados a pocos minutos de Pamplona.
Aranguren no es un solo pueblo sino un valle con varios núcleos: Tajonar, Ilundáin, Lakidáin y otros más pequeños. Hoy forma parte de la vida diaria de la Cuenca de Pamplona —mucha gente vive aquí y trabaja en la capital—, pero basta caminar un poco hacia los bordes del término para encontrar campos abiertos, caminos agrícolas y ese silencio de final de tarde que en la ciudad dura muy poco.
Los nombres de los pueblos, pronunciados por la gente mayor, suenan antiguos. Y lo son: el valle aparece en documentos medievales del antiguo reino de Navarra. Aun así, lo que se ve hoy es una mezcla curiosa de historia rural y crecimiento reciente, sin grandes gestos monumentales pero con muchos detalles pequeños.
La cruz latina que no se dobla
La iglesia parroquial se levanta en el centro con esa presencia tranquila de los templos que llevan siglos viendo pasar generaciones. Es un edificio gótico, levantado hacia el siglo XV, con planta de cruz latina. Desde fuera parece sobrio, casi austero; dentro la bóveda se abre en nervios que forman estrellas de piedra.
El retablo mayor es renacentista. Tiene tonos oscuros, con ese verde apagado que solo aparece cuando la luz entra de lado por la puerta sur al final de la tarde. En uno de los laterales, una Santa Catalina pintada en el siglo XVII mira con gesto serio; las proporciones no son perfectas, pero tienen algo directo, muy de taller local.
La casa parroquial está pegada al conjunto. Es posterior, del siglo XVIII, y conserva puertas bajas y muros gruesos que mantienen el interior fresco incluso en verano.
Los palacios que no saben que son palacios
Entre las casas del valle aparecen edificios que recuerdan la importancia que tuvieron algunas familias en otros siglos. El llamado palacio de Armería tiene aspecto de casa fuerte más que de residencia noble. El torreón medieval aún domina el entorno, aunque hoy lo único que pasa por delante es el tráfico tranquilo de la carretera comarcal.
Algo más arriba está el palacio nuevo de Góngora, construido en el siglo XVII. La fachada es sobria, casi severa. Al cruzar el umbral aparece un patio con columnas donde el sonido cambia: las conversaciones rebotan en la piedra y todo parece quedarse más quieto.
Las ventanas miran hacia el oeste. Cuando el sol cae, la luz entra rojiza y durante unos minutos las paredes parecen encendidas. Es uno de esos momentos que pasan rápido y que casi nadie espera.
La fuente junto a la carretera
En la carretera que conecta Pamplona con Góngora, a la altura de Tajonar, hay una fuente del siglo XVIII. No llama demasiado la atención si vas en coche: piedra sencilla, caño metálico y un pequeño espacio donde apartarse.
El agua sale muy fría incluso en verano. Existe la tradición de que por aquí bebió el rey Sancho el Fuerte durante una parada de camino, aunque esas historias en Navarra a veces mezclan memoria y leyenda.
Lo que sí se ve todavía algunos fines de semana es a gente del valle acercándose con garrafas para llenarlas. Se paran un rato, hablan, vuelven a casa. Un gesto sencillo que lleva décadas repitiéndose.
Ilundáin y el pueblo que volvió a tener voces
Ilundáin tuvo vida municipal propia hasta mediados del siglo XX. Después quedó prácticamente vacío durante años, convertido en finca agrícola dependiente de la Diputación. Durante un tiempo apenas quedaban unas pocas personas viviendo allí.
Con el paso de los años se rehabilitaron edificios y se instaló una granja‑escuela. Desde entonces volvieron las excursiones escolares, el ruido de los chavales y el olor a comida saliendo de las cocinas.
Paseando por el lugar todavía se ven muros antiguos mezclados con instalaciones más recientes. En una pared queda un mapa de Navarra hecho con baldosas. No está del todo bien colocado: el valle aparece más cerca del mar de lo que realmente está. Los profesores, según cuentan, decidieron dejarlo así para recordar que los mapas también son una interpretación.
Cuándo acercarse al valle
La primavera suele ser el mejor momento para recorrer los caminos que rodean Aranguren. Los campos de cereal están verdes, las lluvias limpian el aire y el valle tiene un olor claro a hierba y tierra húmeda.
Si vienes desde Pamplona, merece la pena hacerlo entre semana o a primera hora del día. Al estar tan cerca de la ciudad, algunos fines de semana el tráfico aumenta y el ambiente cambia bastante.
Una buena forma de entender el lugar es sencilla: aparcar cerca de cualquiera de los núcleos, caminar sin prisa por los caminos agrícolas y esperar a que caiga la tarde. En ese momento el valle se calma y los sonidos vuelven a ser los de siempre: perros a lo lejos, alguna herramienta en una huerta, el viento moviendo el cereal.