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sobre Belascoáin
Famoso históricamente por su balneario; situado en el valle de Etxauri junto al río Arga entre cerezos
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El primer ruido que escuchas al parar el coche es el de un tractor arrancando en una nave, ese sonido seco y metálico que corta la quietud de la mañana. Belascoáin, en la Cuenca de Pamplona, tiene ese olor a tierra seca y a hierba recién cortada que se pega a la ropa. Con poco más de cien habitantes, las calles están vacías a mediodía; solo se ven cortinas moviéndose detrás de los cristales.
Desde aquí, Pamplona queda a unos veinte minutos por carreteras locales que serpentean entre campos. El paisaje es de lomas bajas, parcelas rectangulares de cereal que en junio ya tienen un color pajizo, casi blanco bajo el sol.
La torre de ladrillo y las calles sin aceras
La torre de la iglesia de San Juan Evangelista es lo primero que se distingue al acercarse. El ladrillo tiene un tono rojizo que se enciende con la luz horizontal del atardecer. Alrededor, el pueblo se organiza en unas pocas calles: casas de piedra con portones lo suficientemente grandes para que entre un tractor pequeño, fachadas encaladas que necesitan una mano de cal, algún escudo borroso por la erosión.
No hay tiendas. Tampoco bares con terraza. Lo que hay son bancos de cemento junto a algunas puertas, huertos traseros con lechugas y tomates, y el sonido de una radio encendida en alguna cocina. Las aceras son la propia calle; si pasa un coche, te apartas hacia la pared.
Los caminos que salen del asfalto
Por detrás de las últimas casas arrancan pistas de tierra compactada. Son vías agrícolas, rectas y sin sombra, que se pierden entre los campos de cebada. Caminar por ellas en pleno julio requiere gorra y agua; el sol pega directamente y el viento, cuando sopla, levanta un polvillo fino que sabe a tierra.
Si sigues una de estas pistas hacia el norte, llegas a percibir la humedad del río Arga antes de verlo. La vegetación cambia, aparecen chopos altos y el rumor del agua se cuela entre el sonido del viento en los cereales. No es un paseo espectacular, es un paseo agrícola: se ven surcos, lindes con amapolas secas, alguna perdiz cruzando a toda prisa.
Venir sin expectativas
Belascoáin no es un destino. Es una parada. Un lugar para estirar las piernas si vas por la carretera NA-6010, para dar una vuelta a pie cuando el asfalto cansa. Conviene venir con la gasolina llena y sin prisa por encontrar algo más de lo que hay: calles tranquilas, campos abiertos, silencio a partir de las ocho de la tarde.
Los días de cierzo, el viento baja la sensación térmica diez grados aunque haga sol. Agradeces entonces haber traído una chaqueta ligera incluso en verano. Los mejores momentos para pasear son las primeras horas de la mañana o esa hora larga antes de la puesta de sol, cuando la luz es dorada y las sombras se alargan sobre los muros de piedra.
Un ritmo marcado por las cosechas
Las fiestas patronales en honor a San Juan Evangelista suelen celebrarse hacia finales de junio. Son una cosa local: música en la plaza, una comida para los vecinos, partidos de pelota en el frontón. El resto del año, el movimiento se reduce al ir y venir de coches hacia Pamplona y al trabajo en los campos.
Quedarse un rato sentado en uno de esos bancos de cemento da la medida del lugar. Pasa un vecino con una bolsa de la compra, otro arranca una furgoneta, una mujer riega las macetas de su ventana. Es la rutina de un pueblo pequeño donde la vida gira alrededor del trabajo en la tierra y del camino a la ciudad. Nada más, pero tampoco nada menos.